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"La librería", la audacia de una gran mujer no cabe en pueblos pequeños

 

 

 

 

Ocurre que para quienes somos amantes de los libros, un lugar repleto de libros suele ser un espacio sagrado, privado de maldades y desconsuelos. Una especie de Olimpo donde podemos descansar, creyendo que dioses de letras nos protegen de todo aquello negativo que puede pasarnos. Sin embargo, esa sensación que tenemos los lectores suele ser muchas veces un juego más disparado por nuestra propia imaginación, esa que comenzó a rodar en el mismo momento en que abrimos una historia, y resulta que una simple librería, a veces, es como cualquier otra parte del mundo, o un papel sobre nuestras cabezas bajo un terrible temporal.

 

Esto es un poco lo que le pasó a Florence Green, la protagonista de esta bella, dura y entrañable novela de la inglesa Penélope Fitzgerald, publicada por primera vez en 1978, que llega ahora a nuestras manos gracias al sello Impedimenta, que logró su traducción al castellano por Ana Bustelo y se puede conseguir en formato ebook en diferentes plataformas nacionales.

 

Ambientada a fines de los `50, específicamente en 1959, la historia tiene por escenografía una pequeña población costera de Inglaterra llamada nada más ni nada menos que Hardborought. Conservador, callado y acostumbrado al paso del tiempo, este “pueblo duro”, como puede traducirse literalmente de su nombre no es más que un lugar donde la gente trabaja sobreviviendo a las inclemencias climáticas, observando/criticando a quien tiene al lado, sin tener mucho interés en sus propios anhelos. Algo que no le ocurre a la Florence, una mujer de grandes propósitos por cumplir, aún cuando se encuentra sola en la vida, morando el sitio más inhóspito y húmedo del pueblo , llamado Old House.

 

Ocurre que ella sí tiene un sueño: abrir una librería.

 

La novela comienza justamente cuando Florence se decide a firmar en el banco un préstamo que la hace propietaria del lugar y comienza a proyectar todos aquellos libros que pronto se ubicarán en los anaqueles.

“¿Está usted hablando de cultura?”, le pregunta inquietante el escéptico Mr. Kebel, contador del banco, al enterarse para qué era semejante desembolso de dinero. “La cultura es para aficionados. No puedo permitir que mi tienda tenga pérdidas. Shakespeare era un profesional”, le responde sagaz Ms. Green. Y la escena, que puede parecer un tanto inocente en un principio, no hace más que servir de puntada inicial para comenzar a tejer la trama de engaños, envidias y poderes que se desatarán después. La sociedad de Hardborough estará pisando los talones de Florence, y ella jamás se percatará de la sombra que la persigue.

 

Nada puede parecer terrible al pensar que una mujer quiera abrir una librería. Sin embargo, varios conceptos de esta frase puede que hayan tenido sus problemas hace algunas décadas, y quizás, por que no, también ahora. En primer lugar estamos hablando de una mujer, y no de cualquier mujer. Florence decide vivir sola y, por ende, emprende un comercio en esas condiciones, o sea, sola. Segundo, decide abrir una tienda que nada tiene que ver con las tareas femeninas de la época. Ella no pone una tienda de ropa, ni de alimentos, ni de accesorios (como muchas le aconsejan), ella, siguiendo su amor por la lectura, decide abrir una librería. Y por último, ella le da la espalda a la petición de abrir su tienda en otro lugar, quizás más alejado del centro, que le hacen los representantes del poder del pueblo –personificado en la pendenciera Violet Gamart. 

 

Por lo tanto, Florence es mujer, emprendedora y desobediente. Pero no se confundan, ella no tiene ni el carácter irascible, ni la vehemencia, ni la imprudencia de la heroína que quizás imaginamos. El poder de Florence parece estar, justamente, en su audacia de seguir hasta las últimas consecuencias, incluso en el mayor de los silencios. Su moral y su inteligencia son mucho más grandes que el odio de sus ignorantes y ricos adversarios. 

Sin embargo no siempre se hace justicia. 

Es increíble cómo un libro escrito en los `70 y ambientado en los `50 siga interpelándo(nos) con tanto ahínco en la actualidad.

 

Los únicos aliados de Florence serán un anciano ermitaño y avesado lector (odiado por Violet Gamart), una niña de diez años que la ayudará por las tardes en la tienda, y un viejo pescador que en pocas palabras le irá dando algunos consejos.

Página tras página, la delicada pluma de Fitzgerald nos irá relatando lo que ocurre con Florence, quien ingenuamente sigue tomando decisiones sin tener en cuenta las consecuencias de las mismas. Incluso, poner a la venta la polémica “Lolita”, de Vladimir Nabokov. 

Es que, mirándose al espejo, ella simplemente es una mujer rodeada de libros, ¿qué mal podría ocasionar?

 

Con muchos datos autobiográficos –la autora se mudó al pequeño poblado inglés Southwold cuando su marido perdió el trabajo y debió colaborar en una librería para enfrentar la pobreza- “La librería” (escrito por Fitzgerald a los 68 años) es un relato sumamente atrapante, que retrata la vida social, política y cultural de un pueblo -que puede ser cualquiera- donde los límites están trazados de una manera tan profunda, que hasta los mismos habitantes los pierden de vista y los naturalizan.

 

Llevada de manera maravillosa al cine por la catalana Isabel Coixet, la historia también puede verse en pantalla grande, con excelentes interpretaciones de Emily Mortimer, Patricia Klarkson y Billy Nigh. La producción, basada en la novela, respeta y pone en valor detalles narrativos del libro y de cada uno de sus personajes, aunque modifica datos personales de alguno de ellos. Además, le da un giro al final potenciando, a mi entender, mucho más el imaginado por la escritora.

 

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