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Hoy leemos a… Isabel Lagger

Desde Carlos Paz, la escritora Isabel Lagger nos propone un texto repleto de recuerdos y nostalgias, que se centra en un extraño regalo que recorre varias generaciones. Se trata de un monólogo que forma parte de «Las meigas dicen» (Quo Vadis), texto en el que también participan Adriana Peroglia, Roxana Ferreyra y la ilustradora Amapola Campanini.

El libro, según lo comenta la escritora Canela, fue escrito por «cuatro mujeres que deciden encontrarse a lo largo del tiempo para crear un aquelarre de palabras».

 

 

Monólogo de la abuela 

 

Dices que resulta feo mi obsequio a tus quince años… que te he decepcionado. Ay, ay, ay niña, que en tus manos hoy coloco este regalo y no porque esté bromeando. Sabía que iba a ofuscarte que cumpliese mi palabra de ofrecer algo distinto, difícilmente imitable, porque así viejo como es, este par sostuvo sueños que se fugaron andando.

 

Y no chocheo, querida. Recuerda que, claramente, me pediste unos zapatos. Calzado que se impusiese sobre todo lo existente. Éste no se halla en los shopping ni en los negocios del barrio: es obra de un artesano.

Tan importante regalo no aceptaría jamás berrinches de quince años. ¡A cambiar la cara, niña! ¿No alcanza con que tu abuela ceda un valioso tesoro en éste tu aniversario? ¡A cambiar la cara, dije!, que ahora paso a contarte.

 

Tu fecha se me acercaba con el fresco mañanero que ensalza lo cotidiano y sólo quise afianzar el perpetuo compromiso que tengo con la familia, preparando los zapatos que te parecen extraños. En ellos, alguna vez, en un pueblo de montaña y cuando estaban flamantes, mi madre escondió sus pies de pichoncito emplumado. El tiempo es sólo tiempo si uno no aprende a apreciarlo, y quería que mi regalo fuese de veras fantástico. Claro que no va a enamorarte ni a nutrirte con su savia si no sabes valorarlo. Este par es mucho más que objeto de suela y clavos: es también lluvia de lágrimas y poderoso cansancio. Su cuero no es sólo cuero: esconde frío de glaciares y humedad de las praderas que recorría mi madre. Te lo doy porque tu rostro se parece al de esa niña; tus hoyuelos son los suyos, y se parecen tus pies, tan puros como la tierra que abandonó aquella vez. El viejo par de zapatos embarcó un día sus miedos y se durmió en camarote completamente hacinado cuando el hambre la expulsaba de su cantón solitario.

Ya sé que no vas a usarlo –no necesitas decirlo- pero te anuncio que él puede, con su cuotita de magia, llevarte al otro país que era el tuyo no hace tanto. No quiero que te los pongas – no estoy mal de la cabeza- sino que veas por él la boca oscura del campo que se tragó sus fatigas arañando como gato. Que sientas su obstinación, sus promesas y renuncios, y el repetido suspiro que exhalaba su añoranza.

 

No digas que el cuero apesta – por favor, no seas mala-. Tiene olor a calendario y a la porfiada rutina que acompañaron sus años; porque vibró de emoción ante el surco germinado o cuando arribaron sus hijos sin permitirle descansos.

No llores, nieta querida. Un juvenil arrebato es natural a tus años.

Alcanza con que percibas el titubear ambulante de mi madre, tu abuela gringa, que deseaba estar presente y brindar en tus quince años.

 

Un par de viejos zapatos es experiencia vivida; cuero, gamuza, cordones; siempre pasión encendida. Aprende de su trajín, su espera junto a la cama, de sus pasos sometidos cuando el patrón ordenaba. Testigos de un tiempo ido regalo a tus quince años. Un mapa de cicatrices que te conecta a mi madre… Y no divago, pequeña. Cumplo mi rol en la posta regalando este calzado. Sé que aprenderás a amarlo cuando te lleguen olores de sus gastados milagros que de una tierra sombría trajeron los inmigrantes.

 

Ah, casi me olvidaba: ¡felices tus quince años!

 

Sobre la autora 

 

 

Isabel Lagger (1948) es escritora y artista plástica.

 

Autora de novelas como «La fuente de los sapos»; «Una mujer llamada Pablo»; «Nonatos»; «La Pasto Verde»; «Una tal Pancha Hernández», entre otras.

 

Tiene también publicado «Diálogos con tonada»; «Cantata a Margarita Weild»; «El hijo del piloto muerto y otros cuentos», «Los fundadores». Vive en Villa Carlos Paz.

 

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