El libro de Carolina Aguirre recopila algunas de las columnas que domingo a domingo publicó en el diario La Nación. La autora no solo devela el arte de narrar una buena historia en la pantalla chica sino que además incorpora anécdotas personales que enriquecen el recorrido de estas páginas.

“El amor, el amor, el amor. Siempre el amor. Ahí está el programa”. Esas fueron las palabras que utilizó Adrián Suar cuando convocó a Carolina Aguirre para ser guionista de la serie “Farsantes”. Así, con esa anécdota, la autora empieza a desentrañar el arte de contar para la TV. Construir personajes, elaborar diálogos, crear escenas, mantener la tensión, respetar la coherencia… En fin, una construcción difícil en el que cada pieza debe ocupar el lugar correcto para que el producto -tira, novela, unitario- funcione en la pantalla.
La escritora, blogger y guionista, rescata en estas páginas no solo elementos técnicos mixturados con su experiencia profesional, sino también anécdotas personales que ayudan al lector a comprender que toda creación narrativa (cualquiera sea su género, formato o soporte) está anclado en el mundo interno de quien la lleva a cabo.
Muchas veces hemos escuchado decir a los autores, “este personaje no tiene nada que ver conmigo”, “esta historia no tiene puntos en común con la mía”. Sin embargo, y más allá de las distancias impuestas, toda experiencia es a la larga un condimento esencial que volcamos en la ficción. Como diría Virginia Woolf, «cada secreto del alma de un escritor, cada experiencia de su vida, cada atributo de su mente, se hallan ampliamente escritos en sus obra”.
De hecho, hay un capítulo en el que Aguirre cuenta cómo su trabajo en la carpinterìa familiar le sirvió, años más tarde, para construir diálogos que sonaran creíbles en la voz de los personajes.
Los textos y subtextos; las distintas formas de entender una historia de amor; la escena fundacional de un buen romance; esos son algunos de los tópicos que recorre este libro que resulta fascinante tanto para quienes están en el universo de la escritura como para quienes en su rol de espectador reconocen el valor de una buena historia.
Uno de los capítulos imperdibles es aquél en el que habla sobre “El Chavo”. Allí Aguirre narra que en su primer día de clases en la facultad manifestó que quería escribir como Gómez Bolaño, y sobre todo como ese Gómez Bolaño de «El Chavo». Sus argumentos para decir aquello son tan válidos y sinceros que más de un lector sentirá algo de nostalgia por las criaturas de esa vecindad que acompañaron por años y años a varias generaciones de niños.
“Quizás todos escribamos para eso. Para no morir, para no matar, para que los que queremos, de ficción o de verdad, sigan vivos para siempre” afirma Aguirre en este libro en el que, como era de esperar, la ficción y la realidad se unen en el abrazo de un gran amor.