Un mapuche, una historia territorial y la re-significación de la muerte

 

Solemos estar acostumbrados a policiales donde el detective, o el personajes develador del misterio es alguien con un temperamento tal, que aunque las cosas se les escapen de las manos, parece sabérselas todas. También, solemos estar acostumbrados a que los policiales sean libros de  una lectura amena, de mucho drama, pero pasado por el tamiz del humor, que aliviana pesares. Y quizás también abrimos un policial sabiendo que al final descubriremos todos los cabos sueltos y el protagonista resultará vencedor.

Quizá por todo eso, y después de leer “Los muertos siempre pueden esperar” del chileno Colil Abricot, podríamos preguntarnos, ¿qué tipo de policial está planteando el autor? 

 

Ganadora del concurso cordobés “Córdoba Mata 2016”, esta novela se sitúa en Santiago de Chile, en sus zonas más densas y oscuras, a decir verdad, donde personajes marginales sobreviven –casi con necesaria delincuencia- a un mundo que les es indiferente. En esa atmósfera de crimen y desdicha, un joven mapuche se ha quitado la vida –o así lo hacen ver los indicios en su pequeño apartamento- y allí irá el detective Larrondo, como parte de la Brigada de Homicidios, a investigar el caso.

Es imposible que este relato no nos cruce de cuajo en este momento, donde el nombre de la comunidad mapuche y Santiago Maldonado parecen estar suspendidos en el aire. Y por eso este libro se presenta como revelador, no sólo por marcar nuevos puntos narrativos que marcan el hilo de una historia policial, sino porque saca a la superficie, y de manera ficcional, una realidad que parece no encontrar eco ni solución en la dimensión real.

La literatura, una vez más, hace justicia simbólica con los hechos. Y no porque la novela hable sobre Maldonado, ni la resistencia mapuche en el sur argentino, ni de las protestas por las tierras a manos de Benetton. Sino porque echa luz  y hace foco en sitios y personas casi olvidadas actualmente.

 

Larrondo es un detective recién integrado a la Brigada de Homicidios, y ese recién, le valdrá la astucia y también el instinto algo inconsciente para hacer cosas que otro en su lugar jamás haría. Luego de analizar la escena del homicidio donde Neculpán, un joven mapuche por quien nadie reclama y  nadie lucharía, que vivía de prestado en una pensión de mala muerte en los suburbios de Santiago, parece haberse suicidado, él ve algo más allá.

Él, Larrondo, que es nuevo allí, pero tiene ya mucha experiencia, se da cuenta que algo está mal. Él sabe que se están ocultando datos importantes a la hora de pasar en limpio los elementos de la escena del crimen. Y los errores en una escena del crimen, pocas veces son errores.

 

A partir de ahí Larrondo inicia, al principio sin darse mucha cuenta, y luego poniendo en riesgo su propia vida, una investigación para descubrir qué se esconde detrás de la muerte de un joven que parecía no tener ni pasado ni futuro. Y por añadidura, el autor nos invita a descubrir capítulos de la historia latinoamericana que aún permanecen ocultos donde conceptos como la territorialidad de pueblos originarios, crímenes de lesa humanidad y la búsqueda de la verdad en tiempos dictatoriales vuelven a re-significarse.

Para el poder, para el sistema, para la justicia, Neculpán no era nadie. Incluso para Larrondo,  hasta que lo vio yacer en su departamento sin vida. A partir de ahí, decide re-construir la historia.

Desde el título, el autor nos invita a re-pensar sobre la muerte y sus posibilidades. Neculpán ya está muerto, sin embargo mucho todavía puede hacer para cambiar la historia, esta vez, hacia adelante.

 

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