Siete razones para leer “Un cuarto propio”, de Virginia Woolf

Convertido en un clásico de la literatura universal, el ensayo de la escritora inglesa nació como un discurso construido por Woolf para una disertación a pedido en dos universidades de mujeres en 1928. En esta nota, elegimos siete ideas o conceptos principales que –creemos- lo vuelven un indispensable de cualquier biblioteca.

1.

“Todo lo que podía (yo) ofrecer era una opinión sobre un punto de vista sin demasiada trascendencia: que una mujer debe tener dinero y un cuarto propio para poder escribir ficción”.

Tal como lo mencionamos, este ensayo fue construido/ pensado por Woolf para una disertación a pedido de dos universidades de mujeres, que invitaron a la autora para hablar de “Las mujeres y la ficción”. Explica Woolf en las primeras hojas de su discurso, que cuando le propusieron tan inabarcable temática sintió un enorme peso por creer que era imposible y bastante improbable llegar a una conclusión o, menos aún, alguna verdad. Y que, dejando de lado las cuestiones ligadas a lo meramente artístico o el mundo de la creación, pensó que lo más sensato sería descubrir, analizar, cuestionarse por qué las mujeres aparecen en la literatura sólo como protagonistas de ficción y no como hacedoras de la misma.

Por eso su primera argumentación será plantear la frase/idea que da nombre al libro: una mujer para escribir ficción necesita dinero y un cuarto propio. Y para hacerlo, se pone ella como ejemplo al decir que puede darse el lujo de escribir tan sólo porque tiene una pensión de 500 libras al año (herencia de una tía) y un cuarto propio.

Así, desde el vamos, Virginia plantea uno de los pilares fundamentales del feminismo moderno, la imperiosa necesidad de una mujer de contar con independencia económica y un espacio privado donde poder desplegar su talento, oficio o deseo. Y esta frase es, sin dudas, la punta del iceberg que irá transparentando una base bajo el agua que muestra cómo en aquellos años, y ahora también, existe un sistema político, cultural y social que ubica naturalmente a las mujeres fuera de los círculos económicos, por ser quienes trabajan dentro de la casa cuidando a la familia, y que les impide, por ende, acceder a las libertades intelectuales.

2.

 “No es necesario brillar. No es necesario ser nadie más que uno mismo”.

Virginia Woolf no va con vueltas y desarrolla cada una de sus ideas con esmero, tranquilidad y un gran listado de datos y observaciones. Por eso pone mucha dedicación en señalar (o señalarles a aquellas estudiantes que la estaban escuchando en esa disertación) que la condición de ser mujer, a pesar de las desigualdades que presenta en su mundo de entreguerras (y en la actualidad también) debe ser tomado como una particularidad.

Quiero decir, que si bien hombres y mujeres se han destacado por lo que hacen, por nada del mundo vale la pena copiarlos o repetir sus vidas para conseguir el mismo éxito. Al leer la frase de Woolf se me vino a la mente Sor Juana Inés de la Cruz, Clarice Lispector, Alfonsina Storni o Irene Névirovsky. Sus vidas estuvieron marcadas por coordenadas de tiempo y espacio que las invitaban a ser muchas veces otras, sin embargo, ahondaron en su ser más profundo y descubrieron que podían dejar una huella diferente con su escritura, a pesar de que el mundo les pedía otra cosa. La propia Woolf, de hecho, se caracterizó por tener una vida totalmente diferente a las mujeres que la rodeaban. Sin hijos y con una relación matrimonial (con Leonardo Woolf) abierta a otros vínculos amorosos (de hecho ella fue amante de la escritora Vita Sackville West), Virginia desarrolló una narrativa que es reflejo real de su mirada hacia el mundo, sin importar que en aquel momento sus escritos fueran leídos por un grupo minúsculo de la sociedad y criticados por el status quo.  

3.

“A lo largo de todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre del doble de tamaño del natural (…) No importa el uso que se les dé en las sociedades civilizadas, los espejos son imprescindibles para toda acción violenta o heroica. Por esta razón, tanto Napoleón como Mussolini insisten tan enfáticamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos dejarían de agrandarse”.

Luego de realizar una argumentación detallada sobre la situación de desigualdad en que se encuentran las mujeres en la sociedad en que le toca vivir, Woolf apunta directamente a la mirada que tienen los hombres sobre esto. Y para hacerlo pone a dos figuras de la historia universal señaladas por su despotismo.

Para la autora, el hombre necesita que la mujer sea inferior porque si no, no podría realizar las proezas que ha realizado a lo largo de todos los siglos. Y más aún, Woolf señala que así como necesita sentirla inferior teme profundamente sus críticas, ya que si alguien inferior lo señala o contradice su propia imagen se achica.

 

4.

“(…) las mujeres han ardido como faros en las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos: Clitemmnestra, Antígona, Cleopatra, Lady Macbeth, Fedra, Gessida, Rosalina, Desdémona la duquesa de Malfi entre los dramaturgos; luego, entre los prosistas, Millamant, Clarisa, Becky Sharp, Ana Karenina, Emma Bovary, Madame de Guermantes. En realidad, si la mujer hubiera existido únicamente en las obras escritas por los hombres, podríamos imaginarla como una persona de máxima importancia; diversa, heroica y malvada, espléndida y sórdida, infinitamente bella y horrible a más no poder, tan grande como el hombre, más según algunos. Pero esta es la mujer de la literatura. En la realidad, como dice el profesor Trevelyan, las encerraban bajo llave, le pegaban y la zarandeaban por la habitación. (…) Algunas de las más inspiradas palabras, de los pensamientos màs profundos salen de sus labrios en la literatura; en la vida real, sabían apenas leer, apenas escribir y era propiedad de su marido”.

Este concepto es, a mi entender, uno de los mejores del libro de Woolf, además de la ya mencionada independencia económica. La autora inglesa se mete de lleno aquí en ese mundo de fantasía creado por autores de todos los tiempos, donde la mujer ocupaba en los libros una figura esencial.

¿Cuán distorsionada estaba esta imagen de la realidad en las páginas de una novela, en la rimas de una poesía o en el guion de una obra? Woolf se enoja bastante con esta situación ya que para ella engrandecer la figura femenina fue, de alguna manera, faltar a la verdad, ya que todas esas mujeres plenas (o casi) de libertades para elegir su amor y su destino en la vida real apenas podían leer (de vez en cuando) algo que sus padres o maridos le permitieran, de hecho, ella misma no fue al colegio mientras sus hermanos sí. De todas maneras, yo me pregunto, ¿no habrán sido todas esas mujeres ficticias las que fueron sembrando las semillas de las mujeres del hoy? ¿No habrá habido en las lectoras anónimas de todos los tiempos el sueño de ser Lady Macbeth para pergeñar una corona o Emma Bovary para vivir una pasión desenfrenada? Quién lo sabe.

5.

“La indiferencia del mundo, que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difíciles de soportar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad. El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: “Escribe si quieres, a mí no me importa”. El mundo les decía burlándose: “¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?

Para llegar a esta idea, Woolf se imagina que el mismísimo Shakespeare el padre y mentor de la literatura inglesa tuvo una hermana igual o más talentosa que él. Y que, al igual que él, deseaba conocer el mundo. Sin embargo, piensa nuestra querida Virginia, que al joven Williams, tan intrépido, testarudo y de mal comportamiento lo mandaron al colegio a leer Virgilio y Horacio, luego lo enviaron a Londres, donde se pudo codear con gente cosmopolita y pudo despuntar la vida que más le gustaba. Mientras que su (ficticia) hermana, tuvo que conformarse con aprender a leer, zurcir medias para sus padres o «vigilar el guisado». Según Woolf los genios como Shakespeare no florecen de la noche a la mañana, sino que se hacen a fuerza de tallar día tras día su talento como una piedra que se convierte en escultura. Esfuerzo que era imposible de pensar para una mujer que tenía que dedicar su vida (literalmente) a los otros.

Y Woolf va más allá. ya que señala lo triste que debe haber sido para una mujer de otros siglos nacer con talento. “Pobre de ella”, señala, “hubiera tropezado con tanta frustración, la gente le hubiera creado tantas dificultades y la hubiera torturado y arrancado de tal manera sus propios instintos contrarios que hubiera perdido la salud y la razón”.

6.

“Cierra con llave tus bibliotecas, si quieres, pero no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.  

Esta frase Woolf la usa para imaginar lo que deberían haber pensado las mujeres a principio del siglo XIX frente a la imposibilidad de escribir ficción. Pensamiento que no era la común, pero que, evidentemente se ha multiplicado tanto desde el momento en que ella la pronunció hasta ahora, que se ha vuelto real.

Woolf nos dio la llave para abrir todas las puertas, la de la libertad individual y la lucha de géneros. 

7.

“La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no sólo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres no han tenido, pues, la menor oportunidad de escribir poesía. Por eso he insistido tanto sobre el dinero y sobre tener un cuarto propio”.

Mucha agua ha pasado desde que Woolf pronunció este discurso en 1928 hasta hoy y es realmente maravilloso cómo aquellas palabras que soltó al viento en una habitación, o sala en Inglaterra a un grupo de mujeres estudiantes, se haya reproducido hasta el infinito, convirtiéndose en uno de los libros fundantes del movimiento feminista del siglo XX.

Hoy, la lucha continúa, y si bien la mujer ha conquistado territorios en la política, el poder, el arte y la ciencia, de vez en cuando es bueno retomar las ideas de Virginia y dejar en claro que no se trata de maldecir, señalar o combatir, sino simplemente visibilizar aquello que de tan natural se ha hecho invisible.

Florencia Vercellone

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