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Natalia Mardero: “El mundo no se cambia a través de las redes sociales”

La joven escritora uruguaya editó de la mano de Eduvim “Cordón Soho”, nouvelle ambientada en Montevideo que narra las vivencias urbanas de chicos y chicas que marchan -no sin conflictos ni contradicciones- hacia la adultez. Una fotografía generacional. Un relato de época. En esta nota, hacemos foco junto a ella de su propuesta narrativa y aprovechamos, además, para charlar sobre el nuevo mapa literario latinoamericano.

Cobijando y respaldando esa nueva narrativa latinoamericana que se muestra diversa y particular, comprometida y audaz, la editorial Eduvim editó en los últimos años novelas y cuentos pertenecientes a escritores de esta parte del continente.

 

“Cordón soho”, de la uruguaya Natalia Mardero (Guía para un universo / Gato en el ropero y otros Haikus) fue uno de los textos elegidos para sumar a la colección –que se completa con “Hogar”, de Fernando Mena y “Soja en la banquina”, de Adrián Savino- donde la autora retrata -a partir de un puñado de personajes- el movimiento urbano del céntrico barrio de Montevideo que le da título a la obra, que sirve al mismo tiempo para acompañar el vaivén de una generación de jóvenes en la puerta de la adultez.  

 

La historia gira en torno a Valentina, quien trabaja de publicista en una agencia, que vive con su amiga Tati, y que de lunes a lunes se alistan para encontrarse con sus pares y salir a esa zona de bares, restos y pubs y colorear las páginas en blanco de una vida que sería demasiado aburrida si sólo tuviera los trazos del deber ser.

 

Sus encuentros y desencuentros, pero también el deseo del amor libre, el gusto por el rock, el arte y la poesía serán entonces los ingredientes de este interesante relato, que sirve al mismo tiempo para retratar el universo de aquellos que pasan los 20 y no quieren llegar a los 30, y también como botón de muestra de un panorama literario regional que poco a poco toma terreno en todo el continente.  

 

Junto a Babilonia, desde Montevideo, Mardero hace en esta nota una nueva relectura de “Cordón Soho” y habla sobre una historia que pone en relevancia –en plena globalización- la conexión entre las ciudades y sus habitantes. 

Natalia Mardero P.H. Cecilia Torres

  La cotidianeidad de Valentina, la protagonista, es la puerta de ingreso a las vivencias de un grupo de jóvenes en en el submundo de esa zona particular de Cordón Soho. Se marcan formas de ser y actuar de hombres y mujeres, solteros, de novios, artistas, desempleados o asalariados, que van pintando toda una aldea. ¿Cómo surgió el deseo de escribir el libro haciendo foco, casi en primer plano, de estos personajes?

-Allá por 2010, o 2011, el barrio Cordón estaba cambiando sus dinámicas y su fisonomía. Es un barrio que conozco porque lo frecuento y porque viví muy cerca. Me gusta mucho porque tiene un aire triste, nostálgico, con fachadas de estilo español y un ritmo que no es de barrio pero tampoco céntrico, una calma relativa. Hubo un boom de cafés y boliches y espacios que en la noche se llenaban de jóvenes, pero no cualquier tipo de jóvenes. Un poco como en Cordón Soho, eran universitarios o post universitarios, artistas, músicos, personajes raros, interesantes, inquietos. Me gustó la idea de sacar una foto de ese momento, de enfocarme en ese tipo de personas en particular. De alguna manera transmitían algo nuevo, cierta libertad y actitud que contrastaba con esa belleza quieta y gris de Cordón (o de Montevideo en general).

 

  Los relatos contemporáneos son justamente fotografías de una realidad que muchas veces no nos detenemos a observar y/o analizar, y que sirven para –años después- entender los puentes que unen pasado y futuro ¿Qué sentiste (en ese momento) que era necesario retratar en palabras del mundo que te rodeaba?

 

-Había algo efervescente en el aire, una energía particular, eso de ir caminando de un boliche a otro, la calle llena de gente que se encuentra y copa las veredas, las voces, la música, el ruido, me pareció interesante que estuviera sucediendo esto en ese lugar de la ciudad. Años antes había sucedido algo similar en la Ciudad Vieja y luego el asunto se diluyó. La ciudad tiene nuevas formas de comportarse, existe el fenómeno global de la gentrificación que va atrayendo y expulsando gente en sus propias ciudades. Si bien la novela no tiene tantos años, hoy el barrio como bastión juvenil bajó su intensidad, estamos en medio de una pandemia, no sé, creo que la novela terminó siendo una fotografía –o un acercamiento con lupa- de un momento bien determinado, con personajes que no estaban siendo retratados.

Libertad sí, transgresión no

Atravesados por las ganas de experimentar todo lo que el mundo o el barrio tiene para ofrecerles, los personajes creados por Mardero cumplen con los estereotipos de los jóvenes actuales donde el amor libre es moneda corriente. Sin embargo, y lejos de sentirse transgresora, Mardero señala que la historia  entre Valentina y Carolina le sirvió para poner sobre la mesa no tanto ese derecho adquirido, sino «la ligereza postmoderna del amor».   

 La novela narra de manera detallada las vivencias/experiencias amorosas de Valentina tanto con Pablo como con Carolina. Hay una historia de amor genuina entre ellas, que se ve atravesada –al mismo tiempo- por mandatos que las interpelan continuamente. Parecen ser amantes, pero solo puertas adentro. ¿Mandatos sociales? ¿Un mundo regido desde lo heteronormativo? ¿Qué quisiste poner sobre la mesa con esa historia?

-Bueno, parte de lo que se podía o se puede ver en estos jóvenes en particular, es cierta libertad sexual, menos prejuicios y más interés por explorar otras posibilidades amorosas. Me pareció natural que Valentina pudiera sentirse atraída por una chica o por un chico, sin conflicto. No creo que los mandatos sociales frenen la relación entre las dos, lo que más daña a este vínculo es que se comportan de manera egoísta, nadie quiere comprometerse demasiado, solo vivir el momento y experimentar sensaciones nuevas. Valentina es la única con cierto sentido romántico –un poco anticuado-, pero no deja de ser una chica caprichosa y egocéntrica. Hay una generación que vive las relaciones o el amor de manera más ligera, y sin querer hacer juicio de valor al respecto, es lo que es. Valentina se resiste un poco a eso, sufre, se deprime, pero ese también es el costado adolescente que se resiste a crecer.

 

– ¿Hubo allí una necesidad de ser transgresora y narrar aquello que no muchas veces se narra, la historia de amor entre dos mujeres?

-No realmente. No creo que sea transgresor hoy en día plantear una relación entre dos chicas. Lo vemos todo el tiempo en la tele, en el cine, en la calle. Quizás lo fue Patricia Highsmith cuando publicó Carol. Había que ser muy valiente para escribir ese libro a principios de los años 50. Lo que sí me interesaba en este caso era que la relación en sí no fuese un problema, un dilema moral, sino que lo que complicara al vínculo fueran los desencuentros y la ligereza posmoderna del amor.

No creo que sea transgresor hoy en día plantear una relación entre dos chicas. Lo vemos todo el tiempo en la tele, en el cine, en la calle. Quizás lo fue Patricia Highsmith cuando publicó Carol. Había que ser muy valiente para escribir ese libro a principios de los años 50.

 

Natalia Mardero P.H. Cecilia Torres

Vecinos del mundo, jóvenes uruguayos 

 Cordón Soho, esa zona moderna y joven de Montevideo, le da nombre a la novela, enmarcando la historia, y aunque no se apunta de manera constante, sí se convierte en un personaje más que permite el fluir del relato. ¿Crees que la urbanidad condiciona nuestras acciones, lo que somos dentro de la sociedad?

-Siempre pienso que los montevideanos tenemos con la ciudad una relación de amor-odio. Tiene una dimensión que no agobia, la belleza y la calma de la ciudad pequeña, pero si querés vivir a un ritmo frenético como en una gran urbe no vas a tener tanta suerte. Ya el epíteto “soho” ironiza un poco con eso. Estos jóvenes podrían encontrarse en cualquier lugar del mundo, son hijos de la globalización, escuchan música en inglés y miran cine de Hollywood. Lo que los hace especiales es que viven en un barrio particular de una ciudad en particular. Con sus ritmos, sus colores y aromas. Andan mucho caminando, apropiándose de los lugares; es una zona que los acoge y los deja ser. En ese sentido el barrio funciona como decís, como personaje.

Con siete libros editados, Mardero se ubica dentro de la camada de nuevas escritoras que pinta de tonalidades el mapa literario latinoamericano contemporáneo. Los personajes de Cordón Soho están teñidos también por esa necesidad de poner sobre la mesa nuevas formas de ver el mundo y, sobre todo, pararse y accionar en él. “El mundo no se cambia a través de las redes sociales”, señala convencida.

 ¿Qué mirada en particular tenés sobre esa generación entre los 25 y 45 años en Latinoamérica, que nació luego de dictaduras y se enfrenta a un mundo en continuo cambio? 

-No veo una masa homogénea, creo que hay cientos de divisiones y lugares de pertenencia; me es difícil pensar en características en común. No a todos les preocupan los asuntos ambientales, o la política partidaria, o los temas sociales o de género. Lo que sí es constante es la hiperconectividad y la ilusión de estar formando parte de algo mayor. El gran desafío que enfrentan, o enfrentamos, es encontrar los mecanismos para coincidir, para asumir responsabilidades y tratar de mejorar cuestiones que ponen en duda nuestra supervivencia. El tema de la pandemia es solo una muestra de las incertidumbres que se nos vienen, y el mundo no se cambia a través de las redes sociales. Vamos a tener que encontrar la manera de ser más activos y comprometidos.

 La novela se publicó en 2014, por lo que ya pasaron seis años y el tiempo siempre permite hacer nuevas miradas de lo escrito. ¿Qué crees que habrá pasado con esos personajes que dudaban y renegaban del ingreso a la adultez y sus formalidades?

-Nunca me puse a pensar en ellos como adultos. Pero si hago el ejercicio creo que con suerte habrán encontrado ciertas certezas, sobre todo porque parecen tener las herramientas para llegar a eso. Todavía serían jóvenes, pero más cínicos y experimentados; supongo que los golpes habituales de la vida y la proximidad del futuro los ha obligado a ceder en algunas cosas, pero no creo que hayan perdido la capacidad de disfrute y la necesidad de estar cerca de los amigos.  

– ¿Y de la literatura contemporánea latinoamericana? ¿Qué te llama la atención de manera personal de lo que se escribe actualmente?

-La literatura latinoamericana está pasando por un buen momento. Cuando yo empecé a escribir a fines de los noventa no conocía casi a nadie de mi edad que estuviera en lo mismo, ni acá ni en Latinoamérica, me sentía un bicho raro. Pero han surgido voces muy interesantes; escritores y escritoras geniales, con estilos ya bien definidos. En Argentina en particular sobran los escritores buenos. Selva Almada, Mariana Enríquez, Pedro Mairal, María Gainza, Gabriela Cabezón Cámara, y puedo seguir y seguir, hay toda una camada imparable. Otra cosa buena del mundo conectado es que ha permitido conocernos y mantener contacto con escritores de otros países. De a poco nos vamos leyendo más, hay una noción de pertenencia, y algunas editoriales van atreviéndose con autores de otras latitudes. Todo el continente es tierra fértil para las historias, y el talento literario es rico y diverso.

Florencia Vercellone

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