“Me interesa saber hasta qué punto tenemos control de nuestra vida”

“Desarmadero” es la nueva novela de la escritora cordobesa Eugenia Almeida. Un relato contemporáneo que atraviesa con solidez el policial y el drama y que ahonda sobre temas como el poder y la delincuencia.


El próximo martes se presenta en el Aula Magna de la Facultad de Cs. Exactas.

P.H. Cecilia Cortés

La destacada escritora y periodista cordobesa Eugenia Almeida acaba de publicar “Desarmadero” (Edhasa), libro que en tono policial/dramático pone sobre la mesa temas que -para ella- son “nodales”: las tramas de poder en una sociedad -tanto formales e informales-, los vínculos que hay entre las personas, y esa idea de un hilo invisible que nos atraviesa y que nos invita a pensar que somosmenos dueños de nuestras vidas de lo que creemos.

“Desarmadero” es su cuarta novela pero llega luego de “Inundación” (DocumentA/Escénica, 2019), primer ensayo de Almeida (más abajo contamos más al respecto), por lo que se convierte en el “regreso” de la autora a la narrativa, aunque ella misma señale que el género estuvo siempre cerca. “Nunca me fui de la ficción, porque si bien el registro de Inundación es de ensayo, no se aleja demasiado. La colección Escribir (que la incluye) tiene un marca autobiográfica y las autobiografías son también ficción, ¿no?”, argumenta.

Finalizada en pandemia (dice Almeida que la comenzó antes y la retomó luego de la cuarentena más estricta, cuando pudo conectar con el deseo de escribir), “Desarmadero” plantea un relato que tiene forma de iceberg, con pequeños movimientos alrededor de un personaje (¿central?)  que luego terminarán desencadenando tramas mayores. Cuando nos percatemos de lo tremendo de la historia, ya nos habremos estrellado contra ella.

En diálogo telefónico, Eugenia habló con Babilonia y nos contó un poco más sobre este libro, que se presentará el próximo martes 10 de mayo a las 18 en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas.

Observar los márgenes

La trama de “Desarmadero” es cruzada, compleja aunque perfectamente reconocible en todos sus caminos y atajos, donde el lector se mueve de manera instintiva, casi como sus personajes que entran y salen de escena de la mano de un narrador que se acerca y se aleja dependiendo del momento y la situación.

El foco está puesto en Durruti, el dueño de un taller mecánico que funciona también como mercado de autopartes. Durruti es un tipo duro e implacable, que opera desde la informalidad en su barrio, aunque articula también con el poder institucional. Él sabe que pagando la policía no molesta. Durruti está en el medio y, a su vez, presenta bordes que se desdibujan por momentos. Como su entorno. Vive, según vamos descubriendo mientras avanzamos en el relato, en un barrio popular y marginal donde nadie parece tener un futuro prometedor, salvo él que tiene la sartén por el mango. Sin embargo, Durruti es y no es el protagonista, porque de a poco y cada uno a su manera los personajes empiezan a aparecer en una trama que comienza a abrirse como abanico mostrando otros hombres (también feroces en sus tratos) y mujeres (atravesadas por el dolor) que terminarán influyendo en su vida y sus cosas. Durruti cree tener el poder y estar sobre todo y todos, y ese será su primer error.

Este estilo, esta forma de narrar de Almeida se percibe también en sus otras novelas (El colectivo, La tensión del umbral), forma que se vincula con la idea de plantear un relato que se despliega con el correr de las páginas y que nos obliga –como lectores- a hacer foco en cada uno de esos nombres que irrumpen y tienen algo para contar.  

-Hay una especie de protagonista, Durruti, pero también otros personajes que van apareciendo y que por momentos parecieran que llaman más la atención. Pichón o el Nene, por ejemplo. ¿Cuál de todos disparó la historia principal?

-Es difícil decir cuál personaje es el más importante porque además tengo más afinidad afectiva con personajes que están en segundo plano en todas mis novelas. Acá, por ejemplo, el personaje que detonó el empezar escribir la novela fue el Nene, el hermano más chico de Durruti; ese era el personaje que estaba mirando desde hacía rato. Después sí Durruti se convierte en el ojo del ciclón, por donde van a pasar gran parte de las historias, pero hay otros personajes también con los que yo voy a tener mayor afinidad como el Pichón, o Rita, que construyen la trama y que invitan a (re)pensar los roles protagónicos y secundarios.

Porque, digo, la vida real, la que vivimos, no está hecha así. O sea, el protagonismo depende de dónde están los ojos, y si corrés un poco la mirada, el personaje secundario pasa a ocupar un lugar central. A mí me gustan esas historias en que la mirada trata de abarcar quienes están alrededor, y pensar que podría haber escrito esto mismo pero focalizándome más en uno de los otros personajes. A veces la cabeza nos trabaja como si fuera posible recortarnos de los personajes que nos rodean, y eso es algo que a mí me interesa mucho: hasta qué punto hay redes que no terminamos de ver y de comprender.

-En la historia hay un poder en la luz y otro en la oscuridad que se equilibran y desequilibran. Ninguno de los personajes puede verlo salvo el lector, vos como narradora nos das ese poder. ¿Qué hay detrás de esa elección? ¿Sos una observadora omnisciente también de la sociedad?

-No sé si me sale, si trato, si es una falla de nacimiento, pero en muchas situaciones miro las cosas como dando un paso atrás. No quiere decir que no me comprometa ni que esté zarandeada por el momento, sino que es una actitud de observación. Creo que a veces uno está muy dentro de las cosas y ese estar sumergido te hace tener una mirada muy sesgada, poco compleja. Y nuestra cultura nos invita a tener una mirada dicotómica, entre buenos y malos, sin grises. Y ahí sí hay algo de la voluntad, que con mi personalidad he tratado de hacer en los últimos años o décadas, que es combatir la idea de que no hay grises. Yo a veces soy muy tajante con muchas cosas y digo: “pará, no tenés la capacidad de ver la complejidad de las cosas”.

-Un ejercicio que se dificulta si uno tiene en cuenta la realidad política/social agrietada.

-Hay una percepción de que el percibir los grises es ser tibio o no jugarse. El no jugarse es otra cosa. Ver los grises es tener mis afinidades, mis ideologías, mi forma de ver las cosas, pero tratando de entender que hay matices, que hay una gradación de cosas que a veces se nos pasa porque es más fácil vivir en blanco y negro, porque si no estás de un lado estás del otro y no hay nada que pensar. El momento político, histórico, la ferocidad de las discusiones conspiran contra esa cosa de decir: voy a tratar de pensar luego de la primera reacción.

El poder y sus víctimas

-Volviendo a los personajes, vemos que en su mayoría son tipos impiadosos. Sin embargo, por momentos hay una mirada mucho más sensible con el rufián (o el estereotipo de) que con un tipo corrupto que imprime violencia desde el poder. ¿Lo ves así?

-Vuelvo a las tramas y cómo se arman. Hay personas que forman parte de tramas opresivas y de poder por ambición, y otras que quedaron entrampados ahí porque no tenían opción. Y sí, a mí me es más fácil  ver con una mirada comprensiva a quien queda atrapado que quien persigue. Yo creo que no es casual que escriba sobre esto: porque yo al poder por el poder mismo no lo entiendo. No digo que no lo juzgo, digo que racionalmente no entiendo que una persona haga tantos estropicios para tener poder. Sí entiendo que uno haga cosas –que en teoría están mal-, porque no tiene otra opción de la sociedad. Por ejemplo robar sin violencia; con esto no estoy diciendo que no esté mal, pero uno puede entender más fácilmente un padre que roba para darle de comer a sus hijos. Ahí entran esos grises de los que hablábamos antes.

Eugenia Almeida es también docente y bibliotecaria.

Desarmar el relato

Como dijimos antes, en 2019 Eugenia Almeida publicó “Inundación”, un libro bellísimo e inmenso, editado por DocumentA/Escénica, que ha sido recibido (y lo sigue siendo) de manera importante y amorosa por miles de lectores y colegas de todo el país. Tan es así que acaba de ser distinguido por la Fundación El Libro con el Premio de la Crítica al mejor libro argentino de creación literaria en 2019.

Inundación es el último libro de Eugenia AlmeidaInundación es parte de la colección Escribir, donde Almeida desplegó todo ese universo personal que para ella comprende el oficio de la escritura, organizándolo a partir del abecedario, donde cada letra abre una reflexión. En la M, Almeida habla de “Movimiento” para indagar sobre la pulsión de los escritores de trabajar constantemente la materia prima que es el lenguaje hasta llegar a desarmarlo completamente y encontrar ese concepto preciso, único. Esa palabra, desarmar, aparece ahora en primer plano como título para esta novela. “Desarmadero” como lugar, como acción y efecto de lo que se puede dividir en pedazos: un bajofondo, una pareja, una vida, un secreto, el poder.

La autora, aclara, no se había percatado de esa coincidencia entre Inundación y Desarmadero, aunque automáticamente piensa en la eternidad del lenguaje. “No lo había visto de esa manera, y de hecho me acabo de iluminar de que la palabra ‘desarmar` tiene que ver con desarmar partes, como en la novela, pero también con lo de quitar un arma a otro”, dice yendo a la raíz de la trama.

En tanto, sobre la elección particular de ese título y del por qué elegir narrar el comienzo del fin, señala: “Creo que no podría responder a ninguna pregunta programática o de mi voluntad de empezar a escribir porque a mí las historias ficcionales se me presentan, simplemente eso. Como si mi voluntad no estuviera ahí sino sólo en una actitud de observar y escribir lo que se va presentando en imágenes. Ni siquiera sabía dónde iba el libro cuando lo iba escribiendo. Es como reproducir en la escritura la misma experiencia del lector. Cuando uno empieza un libro no sabe por dónde va a ir o qué va a pasar, bueno, a mí eso es lo que me gusta de la escritura”.

-¿Y sobre los temas planteados?

-Creo que vuelven a aparecer en esta novela algunas preocupaciones que –evidentemente para mí- son nodales:  hasta qué punto estamos enlazados, tenemos control de nuestra vida y nuestra realidad o somos juguetes de las decisiones de otros; y hasta qué punto nuestras vidas personales están atravesadas por poderes sociales no formales, o sea no presidentes o ministros, sino poderes que están arriba del Estado y atraviesan el cotidiano, y que hasta que no te tocan no sabés que están ahí, que te pueden afectar directamente. Y también  cuál es la relación que establecemos con los otros, si es de violencia, persecución, sostén, de cuidado.  

En esas herencias de violencia es como si se fuera naturalizando y subiendo el umbral de ambición.

Fin y principio

Como dice la autora, la trama de Desarmadero está tejida por historias principales y secundarias que se entrelazan, generando cada vez más y más tensión, en un ambiente donde todo está por estallar. Y además, está planteado de manera circular donde las causas y efectos se reproducen una atrás de la otra por reacción continua y por lo tanto, sin salida aparente.

-La novela comienza narrando el comienzo del fin de un tipo como Durruti pero hacia final se percibe otro comienzo. Las coordenadas de una mafia eterna, ¿estamos inmersos en un sendero sin salida?

-Ojalá que no, ojalá sí haya escapatoria. En realidad yo soy de los que piensan que si todos hiciéramos un pequeño cambio, esto cambiaría, lo que pasa es que no existe esa voluntad.  Esos poderes o esas fuerzas siempre encuentran las formas de renovar el ciclo, la fórmula de: a soldado caído soldado puesto. Y además, quien entra voluntaria u obligadamente a esa matriz de dominación, siempre cree que es la excepción y no, es la regla. Y eso también se ve dentro de la corrupción política en el hecho de que los nombres cambian pero las estructuras de corrupción permanecen.

Yo de a ratos tengo una mirada desesperanzada sobre eso. El único trago de aire que me entra es la generación más joven, de los 20/30. Yo tengo 50 años y mi generación no pudo hacer, no digo “un mundo mejor” que era lo que soñaba la generación anterior, sino un mundo menos malo. Y eso es muy fuerte reconocerlo.

-Igual los personajes jóvenes que aparecen en la novela (como Pichón o la Negrita) ya están dentro de un espiral de violencia del que parece difícil salir.

-En esas espirales de violencia a veces hay detonantes, si uno piensa en Durruti, lo ve impiadoso, oscuro, y cuando uno conoce un poco más de su historia medio que el juicio se pone en tensión. En esas herencias de violencia es como si se fuera naturalizando y subiendo el umbral de ambición. Y eso yo lo he visto en todos los años que trabajé en colegios secundarios sobre qué era lo que se consideraba admisible y cómo ese umbral ha ido levantándose en términos de hostilidad y agresividad. Nos vamos acostumbrando a todo.

-Como le ocurre a Durruti

-Durruti es brutal, pero cuando le pasa lo que le pasa… yo no podría pensar qué sentimiento podría cobijar y qué estaría dispuesta a hacer. Entonces cuando nos cruzamos con alguien así, corriéndonos de lo delincuencial, hay muchas preguntas que nos podríamos hacer sobre cómo esa persona llegó ahí y nunca nos hacemos. Quizás porque no podemos vivir pensando en eso, pero es un ejercicio que desarma todo, porque quizás ni el otro lo tiene claro.

-Salir del egocentrismo…

– Tal cual, romper esa idea de que nuestro pequeño lotecito de vida nos pertenece, y lo podemos controlar. Pienso, por ejemplo, en la meritocracia, en esa gente que dice: yo me hice sola. Sí, vos te lo hiciste sola en un país que te dio escuela gratuita y universidad pública. Creo que existe un (des)dibujamiento de lo que hay en realidad, y eso hace que, en general, las clases sociales juzguen con mucho más rudeza a la clase que tienen que tienen por abajo y con mucho más permisibilidad a la que tiene por arriba. Entonces, si hay un empresario corrupto  que hizo una manganeta y se hizo millonario se convierte en un vivo, pero si hay un villero que busca alguna forma de compensar su economía con lo que –en la clase alta se ve como astucia- es un vago o un planero. Y eso es horrible.l

Cuándo y dónde

“Desarmadero” se presentará el próximo martes 10 de mayo a las 18 en el Aula Magna de la Facultad de Cs. Exactas (V. Sársfield y D. Quirós). Acompañarán a la autora Leticia Ressia y Camila Argüello. Con entrada libre y gratuita.

 

Florencia Vercellone

Read Previous

“Los herederos de la tierra”, un nuevo drama medieval con el sello de Falcones

Read Next

Novedades editoriales