“La aventura tiene que ver con el movimiento interno, con la atención detenida y abierta”

La poeta y escritora bonaerense Laura Forchetti conversó con Babilonia sobre “Tolvanera” (Fruto de Dragón), un bellísimo libro habitado por crónicas viajeras, sobre el recorrido que realizó desde Córdoba hasta el San Pedro de Atacama, Chile.

Somos energía y estamos rodeado de ella. Por eso conectamos o nos dejamos conectar por cosas que están a nuestro alrededor y sobre todo por personas que tienen una misma forma de ver y habitar el mundo. Tan solo una palabra, un gesto, una imagen bastan – a veces- para vincularnos con aquello que parece lejano pero no lo está tanto en verdad.

Fruto de Dragón es un sello cordobés que nació en 2020. Laura Forchetti, una (inmensa) poeta (premio de poesía Fondo Nacional de las Artes 2016), que nació y vive actualmente en Coronel Dorrego.

A Fruto de Dragón le encantan las personas que viajan y hacen de esa pequeña o gran aventura, una experiencia de sentidos. A Laura le gusta mucho viajar  y escribir y escribir viajando, y un día del 2020 decidió salir con un grupo de amigas desde Córdoba hasta Chile en colectivo, deteniéndose sin apuros en diferentes pueblos o ciudades para observar su gente y la diversa naturaleza de cada región. Escribió durante todo el trayecto y luego, guardó su cuaderno.

Laura no conocía Fruto de Dragón, pero nada más faltaba otro enlace de palabras en la red para que los puntos se conecten, escritora y sellos se descubran (como en un viaje) y surgiera “Tolvanera” una hermosa/interesante/conmovedora propuesta literaria que despliega –cual abanico y de la mano de cartas- un recorrido poético de paisajes, historias y recuerdos.

Desde Coronel Dorrego, Laura Forchetti (autora de “Donde nade la noche”, “Temprano en la noche”, “Cerca de la acacia”) recuerda en esta nota cómo surgió la idea de este libro, que cuenta además con imágenes intervenidas por el ilustrador Juan Lima, y por supuesto, nos relata parte de su aventura hasta el desierto de Chile.

– Fruto de Dragón aborda la literatura desde el movimiento, es un sello donde el anclaje del verbo viajar poco tiene que ver con el turismo como se vende o se compra, sino con una forma de habitar el mundo. Sabiendo esto, ¿cómo surgió Tolvanera?

-Siempre que viajo llevo un cuaderno, es lo primero que elijo al armar la mochila. Que sea liviano, con hojas sin renglones, amable. Durante el viaje hasta San Pedro de Atacama, fui escribiendo en un cuaderno, tapa de tela estampada, predominio del amarillo. Cuando volví a casa, febrero de 2020, empecé a compartir algo de lo que había escrito en el viaje, más algunas fotografías, en mis redes. En marzo, con la pandemia, tuvimos que quedarnos en casa. En ese tiempo, volví sobre los textos, pasé en limpio, corregí, busqué información sobre cosas que habían despertado mi curiosidad, descubrí palabras, nombres.

En algún momento, compartí el archivo de esa escritura con gente amiga y con mi familia. Entre esa gente amiga estaba Laura Escudero Tobler, escritora cordobesa. Ella fue el puente hacia Fruto de Dragón. Me comentó de la editorial y me conectó con Agustina Merro.

Yo me enamoré de los libros de Fruto de Dragón, el hermoso objeto que son. A Agustina le gustaron mis crónicas con forma de cartas y empezamos a trabajar sobre el libro.

– La mirada poética que tenés sobre lo que te(nos) rodea, sobre los vínculos con las personas, se percibe desde la primera línea. La poeta que habita en vos atraviesa este texto que camina sin reparar en géneros literarios aunque la estructura sea la de cartas viajeras. ¿Hubo algún desafío en cuanto a esto? ¿Cómo surgió esa idea narrativa?

 

-En el viaje, yo venía escribiendo diariamente impresiones, pequeños detalles, lo que quería guardar en la memoria.

La primera noche en San Pedro de Atacama, esto lo recuerdo claramente, me puse a escribir en el cuaderno, sentada en el patio del hostel donde parábamos y apareció la forma de carta. Pensé justamente en Laura Escudero porque habíamos hablado del viaje con ella, de la cordillera, de la película de Patricio Guzmán sobre el desierto de Atacama, sobre las estrellas. Y en ese momento empecé a escribir hablándole a alguien, empecé a usar la segunda persona y me gustó, me sentí cómoda. Las cartas son como un diálogo demorado, le hablamos a alguien, le contamos algo a alguien y ese era el deseo de mi escritura de viaje: conversar sobre lo que se iba desplegando a lo largo de los kilómetros de ruta.

Soy poeta y aún en estos textos que podríamos ubicar como narrativa, el lenguaje poético se me impone.

Así como vino de alguna manera la forma de cartas, también las palabras, la mirada, lo que aparece cuando nos sentamos a escribir, llega de algún lugar de una misma difícil de explicar. Mientras escribo, no pienso en la forma o en los géneros, escribo. Después sí, al volver sobre el texto, se va pensando la forma, entra en juego la corrección, las decisiones sobre la escritura, pero es algo posterior, al menos para mí.

Creo que el desafío lo asumió Agustina, la editora, que aceptó publicar el libro sin pensar en una demarcación rígida de los géneros literarios. Y fue muy respetuosa de mi manera de narrar, de mis textos.

Laura Forchetti tiene publicados varios libros de poesía para adultos y niños.

Diálogos demorados

En “Tolvanera” alguien le escribe a otro, le cuenta sobre los cielos y los suelos, sobre las estrellas y las flores, sobre las sensaciones que quedan en el cuerpo luego de un día al pleno sol o de flotar en un lago de aguas salinas. Laura le escribe a Laura, a una Laura que es ella misma y no lo es, como un juego donde uno mismo se descubre y se identifica a medida que avanza en el recorrido.

– Vuelvo a la estructura del libro porque es muy potente esa figura de quien explora por primera vez y se deja sorprender por aquello desconocido, del aventurero (aventurera en esta oportunidad) que -al menos a mí- me remitió a los orígenes de nuestra tierra. ¿Existió una intención de jugar con ese «personaje cronista» que avanza sabiendo (aunque no del todo) dónde llegará?

-El personaje era yo misma, la aventurera. No porque haya sido un viaje de aventuras, no soy para nada una viajera intrépida, fue un viaje tranquilo, hecho en ómnibus, a ritmo lento. Teníamos el destino final, en el intermedio íbamos eligiendo donde parar. Escribía en mi cuaderno sobre mis impresiones, sobre mí misma diría, sin ficción. Iba buscando algunas cosas que había escuchado que podría encontrar allí, pero siempre somos ignorantes en los viajes y esa es la condición del asombro.

La aventura no tiene que ver tanto con el movimiento externo como con el movimiento interno, con la atención detenida y abierta.

Hay una línea de Guillermo Hudson, el naturalista, que siempre está presente en mí:

Podríamos decir en realidad, que a menos que el alma se dirija al encuentro de cuanto vemos, no lo vemos, no  vemos nada, ni un escarabajo, ni una brizna de pasto.

Esa fue la aventura. Y en relación a lo que decís, a que los textos te remiten un poco a los orígenes de nuestra tierra, a mí me pasó igual. Los paisajes desérticos ejercen una atracción especial y te llevan a esos lugares iniciales. Yo lo sentí en el viaje y a la vuelta, leyendo, buscando información, entendí un poco esa sensación.

Dirigir el alma

– Volviendo al comienzo, este libro invita a recorrer paisajes naturales y humanos poniendo como centro la experiencia emocional que llevamos encima. ¿Cómo invitás a conectar con esa forma particular/tan humana de ser y estar aquí y ahora en los viajes? 

-Un poco lo que venía diciendo, eso que Hudson llama: dirigir el alma al encuentro de lo que vemos. Donde dice alma podemos poner la palabra con la que nos sintamos cómodas, pero el sentido es ese. Sostener una mirada abierta que permita el asombro pero que también tienda un puente con eso que encontramos, que conocemos, un puente desde nuestra emoción, memoria, deseo. Ser un poco como esa figura del flaneur que vagabundea, va por las calles sin rumbo, sin objetivo, abierto a lo que acontezca, a las vicisitudes del andar.

Tal vez, como turistas, nos hemos vuelto demasiado previsibles, llevamos nuestro itinerario establecido, lo que vamos a visitar, donde dormir, donde comer. Creo que cuando dejamos entrar un poco el azar, aparece la sorpresa, el encuentro inesperado, ese destello que vamos a guardar para siempre en nuestra memoria.

– Los viajes siempre son hacia afuera y -sobre todo- hacia adentro. No somos los mismos al volver. ¿Qué generó en vos esta travesía?

-Fue un viaje cargado de sentidos para mí por varias cuestiones personales, eso por fuera del libro. Además, un viaje compartido con dos amigas, Eva y Florencia, ellas son parte esencial aunque sólo las mencione en la dedicatoria. Hacía años que tenía el deseo de ir hasta San Pedro de Atacama, pensaba en el cielo limpio del desierto, en esa tierra que parece vacía y que sin embargo es como un libro de la memoria, encierra secretos y maravillas, belleza que tenés que descubrir. Iba buscando eso, el viaje me dio mucho más. Las intermedias, Córdoba, Salta, Jujuy me devolvieron a lugares íntimos que tienen que ver con la identidad, con  búsquedas, con lecturas desde la adolescencia. Además, el viaje en ómnibus te acerca a otras personas. Me gusta mirar a la gente en las terminales, en las largas horas de ruta, conversar, encontrarnos, intercambiar libros, mates en ese momento pre-pandemia.

Lo que generó el viaje en mí todavía se está moviendo, creo que no somos las mismas al volver, traemos un tesoro, cosas que suceden en el viaje las vamos descubriendo a lo largo del tiempo, perdidas dentro de nosotras.

Y por supuesto, generó el deseo de seguir viajando y escribiendo cartas.

– El libro lleva ilustraciones, intervenciones, fotomontajes de Juan Lima, ¿cómo fue ese trabajo en conjunto? ¿Cuál fue el punto de partida y cuál el objetivo a la hora de acompañar los textos?

-Cuando Agustina me ofreció publicar las cartas en Fruto de Dragón, en la colección Bitácoras, me preguntó si tenía algún material gráfico. Yo tenía las fotografías del viaje, de aficionada, nada más. Entonces conversando con Juan Lima, artista poeta amigo y con la misma Agustina, se nos ocurrió la idea de que Juan hiciera una intervención sobre mis fotografías. Le pasé una serie de imágenes y Juan eligió algunas. Hizo un trabajo creativo que las convirtió en imágenes casi oníricas, inmensamente poéticas.

Un libro es una cosa hecha por un grupo de gente y circunstancias favorables y amorosas, Tolvanera es enteramente así, por eso me siento profundamente agradecida.

Datos

Tolvanera se puede conseguir vía on linde desde la página de Fruto de Dragón y también en librerías como La Librería, El Espejo, Volcán Azul y Séptimo Arte. 

Florencia Vercellone

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