“Hablar de Antonia es hablar de inequidad y avasallamiento”

“Viento tras los ojos” es una interesante y lograda novela histórica de la platense Gabriela Romero que tiene como protagonista una mulata. En esta nota, la autora (que recién se inició en el oficio cuando se jubiló como docente) nos cuenta su proceso de escritura y la ardua investigación para llevarla a cabo.

La tapa del libro nos presenta directamente su rostro. Un rostro moreno y profundo, de mirada transparente y penetrante. Desde el comienzo, Antonia nos mira y observa y comienza su relato, un relato que se iniciará allá a finales del siglo XVIII, cuando la dejan abandonada siendo tan solo una niña en la Casa de Niños Expósitos de Buenos Aires.

Pero quien nos habla no es una niña, sino una mujer. Antonia entonces se presenta en estas páginas varios años después de aquel momento, para ir construyendo –muy de a poco- una especie de crónica sobre cómo esa infancia plagada de ausencias y de raíces expuestas -aunque nutrida por una noble amistad-, dio lugar a una adolescencia observada de cerca por sus (estrictos) amos y una juventud sedienta de libertad, como la nación que se iba gestando allí donde vivía.

Antonia, la niña de origen africano, la adolescente esclava, la mujer liberta con un don particular y que –además- escribe, atraviesa esta novela que recrea entonces toda una época.

Escrita de una manera original, con un pormenorizado trabajo de giros idiomáticos y lingüísticos de la época (primera mitad del siglo XIX), “Viento tras los ojos” es la segunda novela (luego de “Aquí estoy, mi querida E”), de la escritora platense Gabriela Romero -que se inició en la escritura luego de jubilarse como docente del nivel inicial-, que invita a revisar algunos de los episodios de nuestra historia argentina desde una mirada marginal, poniéndole voz a los desplazados.

En diálogo con Babilonia, la autora nos comentó sobre el proceso de escritura de “Viento tras los ojos”, reeditada por Del Fondo Editorial.

“Nací ó creen que así fue un 12 de febrero del año 1785. El año i el mes es lo único seguro. Dicen que era blanca como un copo de algodón, i por alguna extraña razón á medida que pasaban las semanas mi piel se fue tornando cada vez más oscura, pero á mi entender esto no puede ser verdad. Debe haber sido cosa del diablo, pues nunca nadie há visto semejante suceder”.

La novela cuenta de Antonia, una niña mulata y huérfana, abandonada a finales del siglo XVIII en una casa de Niños Expósitos en Buenos Aires. Un perfil que se repitió varias veces en nuestra historia, pero que se pone aquí como protagonista. ¿Por qué hablar de Antonia?

– Hablar de la esclavitud en la época en la que se desarrolla esta novela es poner a los personajes negros y mulatos (o pardos) como protagonistas de la historia. De una historia, por cierto, mencionada en las escuelas como algo secundario. Hablar de Antonia es, tal vez, el primer eslabón para reavivar el debate acerca del “blanqueamiento” y de la creencia que en la Argentina no hay negros porque fueron muy pocos, o porque murieron durante la peste de 1871, o en las guerras con Brasil y años más tarde en la de la Triple Alianza.

Pero no bastaba sólo con Antonia para mostrar que había una población marcadamente africana. Por eso Antonio, Sebastiana, Edinalva, Jacinta y algunos personajes más del mismo origen.

A sí mismo, hablar de Antonia es mostrar a esas mujeres que formaron parte de las Guerras de la Independencia. Es, también,  hablar de inequidad y avasallamiento Necesité meses de investigación para esbozar el argumento.  Sería una trilogía que abarcaría la vida de tres mujeres, unidas por la sangre, atravesadas por la esclavitud y ninguna sabría de la existencia de las otras dos.

-¿Cómo fue eso?

-Esta novela tendría que haber sido el segundo libro, pero solo escribí uno. No sé en qué momento exacto llegué a Antonia, pero sí fue parte de esa primera idea. Al conocer la historia de sus padres sabía que era una mulata con los ojos de un celeste muy claro. La característica de sus vientos se debe a que me gusta el realismo mágico. Me permitía mostrar de una manera diferente su enojo ante la injusticia, el miedo, los celos, la impotencia. Entonces ese sería su don. Un viento que arrase, que realmente arrasara. Y aquí radica su diferencia. Y en que escribía. En lo demás, no queda exenta de nada de aquella normalidad.

Pero la elección del nombre es fundamental. Necesito nombrar a mis personajes. Es más, si no lo tiene ni siquiera puedo empezar a volcar los datos en su ficha.

“10 de Abril de 1795, madrugada. Ni el gallo se há despertado. El día que llegué á esta casa, doña Isidora me condujo hasta el dormitorio de Blanquita. Estaba sentada en su cama rodeada de puntillas, muñecas i almohadones. Doña Isidora dijo: “Acérquese m´hijita a ver la cachorrita que le traje”. Y Blanquita le contestó: “Mami, no es un perrito, es una nena como yo”.

La estructura de la novela tiene un fuerte anclaje en el género de escritura personal, ya que es la misma Antonia la que va narrando su historia mientras relee su diario íntimo. ¿Por qué esa elección?

-Hay dos motivos. Uno es que quería mostrar desde la primera página que Antonia es diferente: una criada mulata que escribe. Una niña inteligente, curiosa y arriesgada, que además tiene un don. El otro es que siempre la vi adulta, la Antonia que habla en la Primera Parte es una mujer de 27 años. No era mi intención  desarrollar su niñez y su adolescencia, sino presentar esbozos. Retazos de recuerdos para que el lector conociera sus primeros años de vida. Por otro lado, Antonia es bastante reservada. Calla muchas cosas. No le es fácil traer el recuerdo de aquello que le duele o la lastima.

El diario íntimo (o personal) lo vivió como una ejercitación para su escritura. Y luego se convirtió en un anclaje a su pasado hasta el día que dejó de serlo. Y para mí fue un recurso para darle mayor veracidad a lo social y a lo íntimo, sin la interferencia del recuerdo. Que suele distorsionar los hechos u olvidarlos.

“A los cientos de esclavos que son llevados desde acá hasta Chile. Los trasladan en carretas, de a cuarenta, hombres y mujeres encimados. Y luego, a lomo de mula o a caballo, atraviesan las montañas de un lado al otro por caminos que asustan, con vientos helados que les congelan los huesos y las carnes”.

Su primera novela

La historia personal de Antonia sirve para reconstruir toda una época donde los conflictos políticos, ideológicos son centrales, ya que transcurre en pleno proceso independentista en el Virreinato del Río de la Plata. ¿Cómo fue equilibrar esos dos registros, el personal con el colectivo, el íntimo con el social?

-Fui docente de nivel inicial (hace 9 años que me jubilé) y en los últimos años abordábamos la enseñanza y el aprendizaje de la historia desde una perspectiva social. No era el hecho histórico en sí mismo, sino las costumbres, el ambiente, el entramado de la vida cotidiana. Por lo tanto me resultó natural integrar estas dos dimensiones. Eso sí, con mucha investigación a lo largo de los cuatro años que me llevó escribirla.

“Beber en las fuentes” (de la historia) dice José H. Svarzman. Y tal vez, el diario íntimo de Antonia sea eso, una “fuente escrita” (diarios, cartas). Algo de mi subconsciente de maestra se filtró ahí.

Es muy interesante el trabajo que se hace desde lo lingüístico en la reconstrucción de época, el cómo Antonia habla y cuenta, utilizando una oralidad que se plasma en la escritura. ¿Cómo fue ese trabajo de recopilación de giros idiomáticos/ discursivos?

-¡Muchas gracias! Fue un trabajo arduo de permanente investigación, de hacerme preguntas, de no quedarme con una sola mirada ni concepciones ideológicas y de tomar decisiones. Incluso, modificar algunas de ellas con la novela ya avanzada. Y acá retomo lo dicho en la respuesta anterior, me basé en documentos escritos como cartas, transcripciones de testimonios y estudios acerca del uso del “tú”, “vos” y “usted”, de la lengua bozal (extinta), del cultural y religioso. La web es un océano en el que uno bucea y descubre perlas. Solo hay que asegurarse de que no sean falsas. Es apasionante.

En este sentido los trabajos subidos a la web de lingüistas e historiadores me facilitaron el tiempo de investigación y el acercamiento a las obras.

 

-Por último, sabemos que fuiste durante muchos años docente y que tu pasión por escribir llegó luego de los 50. ¿Cómo fue esa decisión de convertirte en escritora? ¿Escribías desde antes pero no editabas?

-Así es, comencé a escribir a los 51 años, cuando me jubilé. Nunca antes lo había hecho. Amaba (y amo) leer novelas, y siempre me dije que me hubiese encantado ser escritora, pero como una fantasía totalmente irrealizable. Tanto así, que, sí alguien me hubiera vaticinado esto, no lo hubiera creído.  En fin, unos años antes de jubilarme viajé a la ciudad de Santa Fe y en el Museo Histórico vi el retrato de un hombre del cual me enamoré y se me ocurrió una historia para una novela. De regreso a casa abrí una carpeta en la computadora titulada NOVELA y ahí quedó, con algunos datos que investigué de la ciudad en 1853. Hasta que, años después (2011) vi un cartelito de papel en un local y me acerqué a leerlo. Oh, sorpresa: era de una clínica de novela. Estaba cerrado. Comencé a escribir ahí, el 3 de mayo de 2012. Fecha de cumpleaños de mi papá. Comencé porque creo en las señales y porque quería saber si yo era capaz de escribir una historia creíble. Sin intención de publicar. Así nació Aquí estoy, mi querida E; la que imaginé aquella mañana en el museo.

El excelente recibimiento que tuvo la novela me motivó a continuar. Es un antes y un después, un bonus track que me dio la vida. Desde entonces no he parado de escribir y de tomar cursos literarios.

Florencia Vercellone

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