Durante el mes de agosto, y tras algunos años de espera, la escritora Cristina Bajo le dio cierre a la historia de los Osorio, esa familia ficticia de la Córdoba del siglo XIX que conquistó el corazón de los lectores.
Un libro riguroso, adorable y nostálgico.

A los Osorio les llegó la hora de despedirse. Una despedida esperada por los lectores, pero de esas a los que a más de uno le gustaría una continuación. Es que quedan aún tantos jóvenes y niños dando vuelta que es imposible no pretender, aunque sea por curiosidad, asomarse al futuro y ver cómo sigue la vida de esta familia ya emblemática de la literatura.
Hace varias décadas Cristina Bajo nos presentó a integrantes de esta «manada». Y cuando decimos integrantes no nos referimos solo a personas unidas por la sangre, sino también a sus criados, amigos, vecinos… Un entramado de hombres y mujeres leales y valientes, enamorados y temerarios.
Con ese impecable manejo de la Historia que caracteriza a la autora y con esa enorme capacidad de imprimirle realismo y humanidad a sus personajes, Bajo construye un cierre en el que despliega sus lecturas y conocimientos, su arte de narrar, su pasión por el campo y cierto aire de nostalgia.
La ejecución de Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez es el hecho con el que abre la novela. Desde ese momento empieza a trazarse la caída inminente de Rosas, y de allí la única oportunidad de los Osorio por volver a unir los pedazos rotos, por volver a congregarse bajo el árbol añejo que los vio crecer antes de que la lucha entre unitarios y federales arrasara con todo.
Luego, estas páginas nos llevan a Europa. Allí emergen con fuerza dos seres ya conocidos: Edmundo y Ana. Son los mismos, pero también son otros. Los observamos desde el prisma de sus actividades sociales, culturales, laborales. Los redescubrimos a través de sus ideas y de una linda historia de amor salpicada con nombres de la época como Federic Chopin, Jane Austen, las hermanas Brontë, entre otros.
Sin embargo los fanáticos de la saga -esos que la adoraron desde que se encontraron por primera vez con «Como vivido cien veces»- disfrutarán de un modo especial a partir de la tercera parte. Allí es donde volvemos a encontrarnos con gran parte de los Osorio en sus tierras cordobesas. Luchas ya viejas tiñen el pasado y nuevos sueños alientan su presente. Los vemos un poco más maduros pero sin dejar de lado su esencia. Una vez más Luz, misia Francisquita, el Payo y Farrell cobran protagonismo. Hay momentos tristes, emotivos, románticos, divertidos y otros teñidos por la añoranza.
Casi al final, se respira un aroma a campo en el que sentimos que todo vuelve a reverdecer. Allí, entre las flores y las aves de Cabana, se dan las últimas puntadas de ese tapiz literario que Bajo ha diseñado con arte, tiempo, rigor, entrega y compromiso.
Vale advertir que hay bastante contenido histórico y muchos personajes y nombres que tal vez más de uno no recuerde con nitidez. Para eso, la autora nos ayuda con un árbol genealógico y una guía de personajes (ficticios y reales) que el lector agradecerá en más de una oportunidad.
“… las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían segunda oportunidad sobre la tierra”. Así finalizaba García Márquez su gran obra literaria. Aquí, también hay una familia que lleva a cuestas su marca y sus antepasados, pero esta es una estirpe diferente, una que no está sola sino acompañada por el amor y la lealtad de los suyos. Tal vez por eso es que para los Osorio sí hay segundas oportunidades.