Comentario sobre "La nohe de la Usina", de Eduardo Sacheri.

 

 

Da gusto cuando uno imagina, por un instante, qué se les cruzará por la cabeza a lectores del mundo, cuando tengan en sus manos este libro y descubran cosas que sólo pueden ocurrir en estas tierras. No es que me esté enorgulleciendo de aquellas miserias políticas a las que nos han sometido en las últimas décadas. No, por supuesto. Pero no deja de entusiasmarme pensar en el asombro que sentirán personas que habitan en remotos lugares del planeta, cuando leyendo “La noche de la Usina” se pregunten: pero cómo, ¿puede existir un país donde la gente no pueda sacar su propia plata del banco? Y si, existe. Existió, mejor dicho. Y por alguna razón (o no-razón, mejor dicho), la literatura nos permite reírnos de eso tremendo ocurrió en el pasado, y sentirnos como saliendo de una catarsis.

A Sacheri le encanta armar grandes historias a partir de pequeños personajes. Generalmente de personas frustradas, anónimas u olvidadas. Looser, en el lenguaje moderno. Les da como una redención a través de las páginas. Y aquí, en “La noche de la Usina”, no hay excepción.

Perlassi y Fontana son dos cualquieras. Es decir, dos personas humildes y de buena moral, pero que pueden pasar desapercibidos por este mundo exigente. De hecho viven siendo desapercibidos, incluso en un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires de pocos habitantes. Un día, ellos tienen un sueño. Un sueño que les permite imaginarse con deudas pagadas, presente consolidado y futuro asegurado.

Todo parece ir sobre rieles. El desafío es grande, pero las cosas parecen fluir de manera perfecta.

Pero hay algo que no imaginan. Es que, ¿puede uno darse cuenta que eso que sueña de manera personal puede cruzarse con las coordenadas políticas y económicas de un país? Difícil. Casi imposible, diría yo. Por más que leamos diarios, veamos noticieros y un par de cosas más, muchos siempre seremos ciudadanos de a pie, y los datos importantes nunca nos llegarán por adelantado.

Entonces Fontana y Perlassi caminan tras su proyecto, que por esas cosas del destino parece concretarse a fines de noviembre de 2001. Y para un argentino es fácil entender que en esa fecha no había posibilidad de soñar mucho. De repente, lo poco, o mucho recaudado para la mayor transacción de sus vidas, quedó guardado en el famoso “corralito” del ministro Cavallo.

Pero no se desanimen porque no les conté el final, apenas el comienzo de esta historia. Porque como dije, Sacheri redime a los tipos como cualquiera de nosotros. Por eso lo mejor vendrá después.

¿Revancha a quien sabía lo que se venía y no avisó? ¿a quien se quedó con lo que era de otro?

Poco a poco el plan se va consolidando. Es impresionante lo que las injusticias despiertan en uno, y lo que esos anónimos personajes pueden lograr si unen sus fuerzas. Pasar desapercibidos, a la larga, tiene sus ventajas.

Además de Fontana y Perlassi, otros tantos personajes más rondan la novela. Beleúnde, el empresario Lorgio, su hijo y el frustrado vínculo que los une, los hermanos López, Rodrigo y un par más, abanico por demás interesante de estereotipos masculinos argentinos, que construyen entre sí diálogos que equilibran la idiosincrasia nacional, entre humor y desgracia.  

“La noche de la Usina” es sin dudas la puerta grande por la que muchos lectores conocerán a Eduardo Sacheri en todo el mundo. Los grandes premios -como el Premio Alfaguara de novela 2016- generan esas cosas. Sin embargo, es necesario decir que detrás de esta puerta hay otras tantas historias más que valen también sus galardones, y que sorprenderán igual (o más aún), a los que se animen a descubrirlas.  

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