“Una casa sola” de Selva Almada construye un retrato de esa Argentina tierra adentro.
La desaparición de una familia, una propiedad abandonada y fragmentos de historias de vida sueltas, dan cuenta de las injusticias, la invisibilidad y todo aquello que ha quedado silenciado en el olvido.
Una obra potente, donde las voces narrativas son la clave.
Por Fernanda Pérez
“Si esa casa hablara…”, una frase popular que da cuenta de lo que no se ve, de lo que se silencia, o de lo que se desconoce… ¿Qué hay detrás de las puertas? ¿Qué hay realmente en aquellos que habitan o deshabitan ese espacio? ¿Qué tiene para decir esa casa, testigo silencioso de lo que nadie sabe?
Posiblemente esa sea la premisa de “Una casa sola”, la nueva novela de Selva Almada que una vez más nos sumerge en un mundo rural, donde el lector no escapa de esa vegetación indomable, de la crecida de los ríos, de las sequías extremas, de los insectos, de los animales domésticos que se han vuelto salvajes, y de hombres y mujeres salvajes a los que la mano férrea del patrón ha intentado domesticar.
Almada elige como narradora central (aunque hay otras voces también) a esa casa perdida en el medio del monte. Una propiedad sencilla que décadas atrás fue solo una tapera. Pero aún siendo tapera ha visto y escuchado lo suficiente.Desde el asesinato de Urquiza a los engaños de la mujer del patrón; de muertes y suicidios inesperados o esperables; de juergas y soledades; de las malas cosechas; del progreso arrasante; y también de la llegada de Lucero (domador devenido a peón) y de su mujer La Lorena.
Son ellos quienes hicieron de ese ranchito un hogar. Le dieron vida… Con los Lucero llegaron las gallinas, los perros, el calor del fuego, el aroma a comida, las nuevas piezas y los gurises. Ahí tal vez resida el alma de esta casa que aún los espera tras su extraña desaparición. ¿Qué pasó con ellos?… Mientras la espera se extiende los espacios mutan.
Selva Almada aquí no solo da cuenta de ser una narradora excepcional -tal como ya la conocimos en “No es un río”, “El viento que arrasa” o “Ladrilleros”- sino que vuelve a desplegar esa paciente observancia.. Mira, escucha e interpreta con serenidad y lucidez. Por eso todo resulta tan real, tan creíble.
De pronto el lector se sumerge en esos campos, en el sonido imperceptible del bicherío, en la fiereza de los animales hambrientos, en el misterio de esas almas humanas signadas por la pobreza, la sumisión, el despojo o la violencia.
La casa no tiene una voz cualquiera, esta ha sido construida con maestría. Sus palabras, modos y silencios están mimetizados con el territorio. “A mi no me levantó ningún patrón. Por eso yo los desconozco”, afirma con cierta rebeldía. Dice que su origen fue la tierra, el agua, la bosta y la paja brava. De allí ese modo de decir, de allí su visión y su modo de habitar el mundo o de dejarse habitar.
También en la novela hay otras voces: gauchos, matreros, hacheros… Y una sucesión de seres que componen el escenario envolvente para un relato que atraviesa décadas, interpela y se tensa ante la absurda ausencia de esa familia. ¿Adónde se van los que no se llevan nada ni dejan rastros?
“Una casa sola” es de esas obras que mixturan una semilla embrionaria poética atravesada por un inquietante misterio a desentrañar.
Visual, genuina, tierna y brutal a la vez.
Una novela que, al igual que una casa misteriosa, despierta la curiosidad y atrapa.