Para no perder el maravilloso vicio de la lectura , mes a mes compartiremos textos inéditos de autores/as locales y nacionales.
En esta oportunidad vamos con un inquietante cuento de la escritora de Alta Gracia.
Espejo
Por Laura Castellano
No fue un sueño. Tampoco una alucinación.
Lo escuché nítido, como si las palabras hubieran salido de mi boca y, sin embargo, no hubiera sido yo quien las dijo.
Esa noche, como siempre antes de acostarme, me miraba en el espejo del dormitorio, heredado de mi madre. El ritual era simple: ni un minuto frente al vidrio, un mechón de cabello retirado detrás de la oreja, el gesto mecánico de apretar los labios como si tuviera rouge, y acercarme al reflejo mirándome a los ojos como si eso verificara mi identidad.
La lámpara de la mesita derramaba su luz amarillenta sobre el marco de madera pintado de dorado, y el reflejo se sentía familiar hasta que no lo fue.
Sonreí, y mi reflejo se quedó inmóvil. Los labios no copiaron la curva. Los ojos —mis ojos— me miraban, pero con un brillo que no reconocí. Fue entonces cuando escuché esa frase, sin ver el movimiento de los labios, y sin sentir vibrar el sonido en mi garganta:
“Cuando esté muerta, replicarás a otra y a otra, y a otra…”
Retrocedí. El corazón me golpeaba en el pecho como si quisiera escapar antes que yo. Busqué explicaciones rápidas: cansancio, algún ruido confundido con voz humana, pura imaginación…
La habitación reflejada en el espejo no era la mía. Ya no estaba el ropero con las puertas siempre abiertas, ni las cortinas de flores que estrené hace poco. Detrás de mi reflejo se veía un pasillo interminable, iluminado por una luz blanca sin origen. Y allí, de pie a cada lado, me esperaban mujeres.
No eran desconocidas. O no del todo.
Reconocí mis facciones en todas ellas, pero con edades, gestos, y marcas distintas. Una niña de unos ocho años, con una cinta roja atada en el cabello, tal como me peinaba mi madre. Una joven vestida para una fiesta con los ojos húmedos como si hubiera llorado antes de llegar. Una mujer embarazada, acariciando con calma su vientre. Una anciana de manos huesudas, sosteniendo una llave.
No se movían. Me observaban como si estuvieran esperando algo.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté asustada.
Luego de un instante de silencio, una de ellas habló:
—Somos tú. Las que vinieron antes. Las que vendrán después.
Sin poder dominar mi cuerpo, sentí un frío que no venía de la noche, sino de algún lugar dentro mío.
—No entiendo—dije.
—Cada una vive una sola vez —dijo, con una calma que me perturbó más que cualquier grito—. Cuando una muere, su lugar lo toma otra. El espejo nos ordena.
No sé cuánto tiempo me quedé ahí solo mirándola. Quizás segundos, quizás siglos. El mundo parecía haberse detenido o apagado. Solo quedaba ese pasillo y la sensación de que todo lo que había sido mi vida, estaba a punto de terminar.
—Vení —dijo la mujer, y alzó la mano.
Yo hice exactamente lo mismo, como si fuésemos la misma persona. Como si aquella mujer fuera nada más que mi reflejo. Los dedos se encontraron, separados apenas por el vidrio. Esperaba sentir el frío y la rigidez habitual, pero el vidrio se ablandó, cediendo como si fuera piel.
Sentí un olor mezcla de madera vieja con algo metálico, y un silencio espeso, abrumador, sin grillos, sin ruidos de la calle, sin siquiera mi respiración. Cerré los ojos y cuando los abrí, estaba en el pasillo.
Las mujeres me rodeaban. Algunas sonrieron, otras no se movieron. La niña con la cinta roja me tomó de la mano y, sin decir palabra, me guio hasta un sitio vacío junto a la pared detrás de las otras como siguiendo una fila.
Miré hacia el final del pasillo, pero no había final. Solo más y más mujeres esperando. No supe si todas eran yo, o si era apenas un engaño que el propio espejo me imponía.
Quise preguntar cuánto tiempo tendría que esperar, pero mi voz no salió. Nadie parecía hablar en ese pasillo. Giré hacia donde debía estar el espejo. Lo encontré a unos pasos. Del otro lado, vi mi habitación.
Y en ella, otra mujer ocupaba mi lugar.
No se parecía del todo a mí. Tenía mis ojos, pero el cabello mucho más largo y canoso. Y en su gesto, una seguridad que yo nunca había tenido. Ella me miró, como yo la había mirado antes.
Me acerqué queriendo tocar el vidrio. Pero el espejo se endureció de golpe. Ya no cedía. La superficie se volvió opaca, tragándose la imagen.
Volví la vista al pasillo. La niña se había alejado en la fila. La anciana de la llave me observaba como si me conociera desde siempre. Tal vez así era.
En ese instante entendí que yo también estaba en espera. Que, llegado el momento, el espejo se abriría y me tocaría a mí decir la frase a la mujer de cabello canoso.
“Cuando esté muerta, replicarás a otra y a otra, y a otra…”, no como una advertencia, sino como quien recuerda a la siguiente que el tiempo pasa y no hay elección.