
El género de novela histórico-romántica argentina nos ha llevado por múltiples lugares y épocas. Nos ha contado sobre la suerte de hombres y mujeres atravesados por conflictos políticos y económicos, de sus destinos perseguidos y sus amores postergados. Pero en el mar de relatos que abundan entre los parámetros de la historia nacional, se encuentra “La puttana de Venecia”, de Ana María Cabrera, que se ubica en un horizonte poro conocido para nosotros.
Un poco por curiosidad, y otro por el orgullo que da “desandar” el camino inverso al que hicieron sus abuelos, la autora nacida en Buenos Aires regresa a la Italia de sus raíces y apunta su mirada en la figura de Verónica Franco, una “honesta cortesana” de Venecia, como quedó finalmente recordada en los libros, que en pleno siglo XVI, cuando las mujeres no podían si quiera pensar en su propio destino, se animó a desafiar los límites.
Pero a contramano de lo que uno piensa, y de la revolución que desde la modernidad imaginamos de esta muchacha, Verónica supo reivindicar sus deseos más libertarios desde los espacios que les eran más conocidos.
“La mujer que quiere ingresar a una biblioteca tiene que hacerse cortesana”, se aseguraba en la época, y fue así como ella eligió ser objeto de deseo para acercarse a sus anhelos artísticos más profundos. Aunque no lograra distinguir la diferencia entre el placer y el deber de entregar su cuerpo a la lujuria de los señores que la pretendían, sabía que sería sólo en ese marco que encontraría el deleite de sus propios sueños. Se dice de Verónica Franco que llegó a ser la cortesana «más cotizada de Venecia, y que su fama trascendía Oriente y Occidente». Pero lejos está aquello que decía ella misma, y lo que en realidad buscaba cuando se ponía al servicio de los artistas.
Verónica Franco fue retratada por Tintoretto, amante de muchos otros señores, pero su corazón sólo encontró sosiego junto a Marco Venier, aún cuando su futuro de esposa estaba ligado a un comerciante puntualmente elegido por su padre. Y desde allí es que partirá entonces esta interesante novela.
Al igual que con otros títulos como Felicitas Guerrero, la autora le da voz a una mujer que durante siglos estuvo callada, dándole así la posibilidad de decir eso que mantuvo en silencio. Sus verdades, sus sentimientos más profundos, sus odios viscerales. A través de la pluma de Cabrera es que conoceremos a la Verónica mujer, a la creadora de bellos poemas, a la inteligente persona que entendía en silencio cuáles eran los desquicios de aquella sociedad que le tocó vivir.
A través de un relato que mixtura mucho de historia, que logra describir esa escenografía tan peculiar de la Venecia del Cinquecento, de sus ambientes artísticos, de su violencia callejera, de sus hombres y mujeres detrás de un antifaz, Cabrera centra su atención en Verónica Franco, esa imagen retratada tantas veces en los lienzos de colores ocres y colorados, que durante siglos fue un misterio para muchos.
Con una gran investigación como respaldo, Ana María Cabrera nos invita entonces a ser parte de esta historia, que ocurre allá a lo lejos y en una época elegida en pocas ocasiones por los escritores de novela romántica, para ponernos frente a frente a una muchacha que supo que sólo a través del deseo sería libre.
Florencia Vercellone