Comentario de "El dueño del río" de Marcela Alluz

 

Marcela Alluz es una de las voces más prometedoras de la narrativa contemporánea cordobesa.

En esta novela el río no es sólo un elemento escenográfico sino una presencia dramática que potencia significativamente diversos aspectos del relato. Pero no se trata de cualquier río, sino de uno “verde, oscuro, profundo”. Uno que conecta a la escritora con su Santiago del Estero natal.

El poderío y la hondura de sus aguas, instala una especie de juego entre Ana e Ivonne, las dos hermanas protagonistas de la historia. En cada etapa de sus vidas a ellas les toca ser “la dueña de ese río”, rol que les permite tomar decisiones. Sin embargo,  a lo largo de la narración queda al descubierto que la vida es tal vez mucho más que un juego. La vida es un territorio en el que se ponen en jaque los sentimientos, las pasiones, las pérdidas, los dolores, las decisiones y las soledades.

Este libro nos habla –en primera persona- de un gran amor signado por la traición; de una maternidad no deseada y de otra maternidad mutilada por la pérdida; de un hijo descarrilado; de la muerte; de la presencia materna y paterna marcandoel destino de las hijas; de infidelidades; de culpas y traiciones; y de un cariño fraternal que trasciende las peleas, las críticas y las distancias.

Con gran lucidez, Alluz teje sin un orden cronológico una trama de personajes creíbles a los que se puede amar y odiar, casi al mismo tiempo. Son tan humanos, tan vulnerables, tan reales, que es imposible no reír en escenas como aquella en la que las hermanas beben hasta terminar en una borrachera descomunal; o llorar en el momento en que Ana debe enfrentarse a la hija agonizante que abandonó al nacer.

Inteligente, conmovedora y magníficamente escrita, “El dueño del río” es una obra para no perder de vista. Un novela poética y visceral que deja al lector sumido en un vendaval de emociones y reflexiones.

 

 Para conocer más

 

 

 

 

“El dueño del río” se editó en el 2014 bajo el sello Como pez en el cielo.

A continuación un pequeño fragmento que nos invita a ahondar en esta gran historia de una mujer que, en la madurez de su vida, reflexiona y mira hacia el pasado como una manera de asumir su presente.

 

“Tuve que cerrar varias puertas para poder sentarme frente a esta ventana, sola.

Cortar amarras, desanudar lazos, desprenderme.

Reavivar las cenizas de esa que fui; abrir las valijas marrones y sacar lo que quedaba de mí para volver a inventarme., Supe, que después de la devastación y las pérdidas, las laderas arrasadas por la lava hirviendo, quedaba la piedra dura y filosa de esa niña criada por dos peregrinos que confiaron que yo sabría andar por las cornisas sin caerme, y que les hizo caso.

 

                                                                      ***

 

Y cuando terminé de escarbar entre mis escombros, me encontré y aprendí a vivir con la parte más oscura de mí que se animaba a habitar mi cuerpo. Me di cara a cara con mi rostro en el río y supe, que seguía estando allí, que había sobrevivido”.

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