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Alma partida, cuando la música es un símbolo de paz

De trazos exquisitos, la nueva novela del japonés Akira Mizubayashi narra la historia de un luthier, que dedica toda su vida a reparar el violín que los soldados nacionalistas de su país le rompieron a su padre antes de secuestrarlo cuando él era un niño. Un relato tan sutil como tremendo y absolutamente conmovedor.

Quien alguna vez interpretó algún instrumento sabrá que éstos, más allá de sus cualidades materiales y a pesar de ser simplemente objetos, parecen tener vida propia.

Los envuelve alguna extraña magia, los resguarda una energía especial y parecen guardar en su interior, incluso aquellos que no tienen demasiadas profundidades, los ecos de los ecos de antiguas vibraciones o sonoridades que alguna vez generaron.

Los instrumentos son los responsables de mediar entre la humanidad y la música, entre lo físico y lo espiritual y, por qué no, entre el pasado y el presente. Porque al tocar un instrumento, creado hace quizás cientos de años, se arrastran en presente las antiguas sonoridades que surgieron antes en ese objeto, haciendo memoria.  

¿Y por qué empezar este comentario así?

Simplemente porque el libro al que haremos referencia, “Alma partida”, del escritor Akira Mizubayashi (de origen japonés pero radicado en Francia desde hace décadas) se inicia con la historia de un violín. Un violín pequeño, quebrado, dejado de lado durante años, pero que fue el responsable de volver a unir dos generaciones atravesadas por la tristeza y el rencor.

La historia

La novela comienza en 1938 cuando un grupo de instrumentistas aficionados se reúnen en un pequeño Centro Cultural de Tokio para ensayar una sonata de Shubert. Son tres estudiantes chinos guiados por su maestro japonés, quien busca abstraerse de la violenta dictadura nacionalista impuesta en su país, enseñando música clásica.

Un día, a estas reuniones cotidianas llegará un grupo de tareas para “verificar” si es cierto que un profesor nipón esconde ciudadanos de la China comunista, imputación que intentará en vano negar el maestro Yu, quien pronto se da cuenta que su vida corre peligro.  En pocos minutos, lo soldados irrumpen en la sala y tras cruzar algunas palabras con el profesor japonés, le destrozan su violín estrellándolo contra el piso. 

Esta escena, colmada de impotencia e impunidad es la que da fuerza a la novela de Mizubayashi, sobre todo porque es observada desde la oscuridad y el silencio por Rei, el pequeño hijo de 8 años del profesor Yu, escondido a propósito por su padre en un armario de la sala, para resguardarlo del peligro.

Rei, desde el interior del mueble, escucha y mira con atención cómo su padre intercambia algunas palabras con los soldados tratando de explicar su vocación artística, y cómo luego, ante el pedido de un capitán -que se suma con espíritu mucho más cordial que los soldados- interpreta un breve pasaje de Bach. Rei, ese niño escondido, no entenderá en aquel momento lo que está pasando, y esa imagen perdurará en su memoria durante toda su vida e irá tomando nuevos significados con el correr de los años.

Akira Mizubayashi

Sobre todo, porque no sólo observó a su padre desde la oscuridad de un ropero minutos antes que los soldados lo secuestraran, sino porque pudo mirar a los ojos al Capitán que recogió el violín del piso, y al intentar guardarlo, lo dejó sobre sus pies, como gesto de eterno perdón.  

“Alma partida” es la historia de ese niño, convertido de adulto en luthier, que pasará toda su vida intentando (re)construir el violín de su padre destruido por los soldados nacionalistas japoneses, y con él, el poder de la música como símbolo de paz.

Pero también es la historia de una autoridad militar, testigo (y víctima, por qué no) de un acto de barbarie, que busca resarcir en cada acto los errores cometidos. Y, por último, es la historia de un instrumento como un objeto de nobleza, que nos enseña a descubrir el perdón y la importancia del paso del tiempo.

Estructurada con un trama que cruza tiempos y espacios, la novela irá recorriendo la vida de Rei, su incansable labor para reconstruir el violín y también, en paralelo, la historia de una concertista, nieta de aquel viejo capitán, melómano y arrepentido, que jamás pudo olvidar ese niño dentro de un ropero que lo miró alguna vez a los ojos sin entender nada, y como acto reparador le pasó el amor por la música a su descendencia, confiando que alguna vez, conseguiría un perdón.

 De trazos sencillos y lectura pausada, “Alma partida” es un hermoso libro que despliega la idiosincrasia japonesa en la mirada de un escritor que se muestra tan amante de su cultura de origen como de la posibilidad de elegir otras lenguas para observarla.

De hecho, Mizubayashi es un autor que escribe tanto en japonés como en francés, y narra –en esta ocasión- y con destreza un relato que cuenta apenas con cuatro o cinco personajes, pero que trenzan una novela inolvidable.  

Florencia Vercellone

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