5 razones para leer “El lector de Julio Verne”, de Almudena Grandes

Esta novela, que integra la colección “Episodios de una guerra interminable” de la autora española, cuenta la historia de Nino, un niño de 9 años que vive en una casa Cuartel en un pequeño pueblo de las sierras sureñas del territorio ibérico. En esta nota, les dejo cinco argumentos para no perderlo de vista y descubrir, además toda la propuesta literaria de una de las grandes narradoras del siglo XX.

Durante el verano, elegí para leer una autora que hacía tiempo tenía entre mis “pendientes”. Es cierto que la noticia de su muerte aceleró la decisión, pero cierto es también que hacía rato tenía el nombre de Almudena Grandes en mi cabeza para sumergirme en sus novelas históricas. Comencé por un libro que no es ni el primero ni el último y que me llamó la atención simplemente por su nombre, tan ligado al universo de los libros: El lector de Julio Verne.

¿Quién será ese personaje que se presenta –ante la mirada de la autora- como un especialista en el escritor francés de aventuras? Bajo el catálogo de “Episodios de una guerra interminable”, que Grandes comenzó en 2010, la novela en cuestión se ambienta en la década del ’40 y reconstruye la vida de un niño de 9 años en pleno (y oscuro) Franquismo.

De más está decir que mi bautismo con Almudena Grandes fue excepcional y por eso elegí darles 5 razones para quienes están todavía como yo hace unos meses y no descubrieron el magnífico universo de la autora española.

1.Una narradora exquisita.

Este punto podría ir al final, como última razón, porque es verdad que el anclaje histórico de esta autora y los personajes que recrea en su trama son ejes centrales del reconocimiento de Grandes en todo el mundo, sin embargo lo pongo al principio porque es la puerta de ingreso a su escritura.

Como lectores sabemos que las primeras diez páginas de cualquier libro son el semáforo perfecto para advertir si podremos seguir caminando tranquilos por sus párrafos, estar alertas por los vacíos que encontramos entre frases y diálogos, o directamente, abandonar casi antes de empezar porque nada de lo que leemos conecta con nuestras emociones. Bueno, quiero decirles que Almudena Grandes es una de esas escritoras que construye una voz que narra tan sólida, tan poética y al mismo tiempo tan coloquial, tan sumergida en metáforas, que logra desde el inicio llevarnos de las narices hasta la última página. Seremos niños escuchando a una abuela contar la mejor de las historias. En esta oportunidad, El lector de Julio Verne está narrado en primera persona. Un yo que mira en retrospectiva su propia infancia reconstruyendo su historia vivida entre los años 1947 a 1949, cuando habitaba junto a su familia una casa cuartel en el pueblo de Fuensanta de Martos, como todos los niños que –en ese entonces- tenían un padre que era Guardia Civil.

Pero hay algo más. Generoso, sencillo (como el mejor de los halagos), profundo y detallista, el relato que nos cuenta en sus novelas la autora española en general, y en esta obra en particular, nos permiten no sólo ir reconstruyendo el perfil de personajes de manera individual, sino de un gran colectivo de gente, logrando así interpretar la historia de todo un pueblo.  

“En mi pueblo, el invierno empezaba cuando quería el viento, cuando al viento se le antojaba perseguirnos por las callejas y arañarnos la cara con sus uñas de cristal como si tuviera alguna vieja cuenta que ajustar con nosotros, una deuda que no se saldaba hasta la madrugada, porque seguía zumbando sin descanso al otro lado de las puertas, de las ventanas cerradas, para cesar de repente, como empachado de su propia furia, a esa hora en la que hasta los desvelados duermen ya”.

2. La reconstrucción del pasado histórico

Ahora sí nos detendremos en una de las bondades que mas se ha marcado de Almudena Grandes: su (obsesiva) intención de revisar la historia moderna de España, en particular en esta colección de Episodios de una Guerra Interminable, desde fines de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Franquismo. De hecho, “El lector de Julio Verne” es el tercero de la saga aunque se puede leer sin importar su orden de publicación.

Siempre ha dicho Grandes que a la hora de crear tramas, no le importaban los grandes hechos ni los reconocidos próceres españoles donde hacer foco, sino todo lo contrario. A ella la seducían, la cautivaban dos cosas: los eventos que han quedado marginados de los calendarios oficiales y personas sin nombres ni apellidos, que debieron soportar décadas de guerra a sus espaldas y aun así sobrevivir para amar, comer, educar a sus hijos y tratar de morir en paz.

Desde ahí se planta Almudena para crear historias como éstas, ambientadas en ocasiones en un pueblito cualquiera -como el elegido para esta novela-, bien al sur de su país, caracterizado por valles y montes, tan tan pequeño que los vínculos entre los que debían “defender” el orden y aquellos que supuestamente «provocaban» el caos era tan estrecho como la distancia que hay entre dos vecinos.

En 1947 en los alrededores de Fuensanta de Martos (población que toma el nombre de un lugar pero es pura invención de su autora) en esa Sierra del Sur castigada por el frío y el viento, grupos de guerrilleros, ex activistas o dirigentes comunistas, se mantienen en la clandestinidad tratando de liberar a España del yugo franquista liderados por Tomás Villén Roldán (alias Cencerro). Y por otro lado, un niño, hijo de un Guardia Civil, crece descubriendo cómo se divide (o dividen) el mundo entre buenos y malos.

3. Una hermosa amistad.

Dijimos que quien habla y narra desde el comienzo del libro es un niño. Su nombre es Nino, de 9 años, el segundo entre dos hermanas con un padre que tiene, por única aspiración en la vida, el ingreso de su hijo a la Guardia Civil cuando cumpla la mayoría de edad, tal cual lo hizo él. Sin embargo, a Nino no le da la talla para tremendo mandato porque es bastante retacón.

Eso a él lo desvela, más por la tristeza de su padre que por sus propias ambiciones, porque la verdad es que a él poco le importa dejar la vida en una batalla o enfrentarse a los enemigos. A él más bien le gusta ir al río, jugar a la pelota y charlar con la gente. Tanto le gusta esto que de a poco se irá haciendo amigo de Pepe “el portugués”, un forastero de mundo, sin mucho pasado ni futuro, que vive solo a mitad camino entre el pueblo y el monte, y se da el lujo de decir que es un soltero feliz, que come lo que se le da la gana (y los peces que le da el río) y apenas limpia su casa porque total, “para qué”. Nino quisiera ser como Pepe de grande, y esa ambición lo lleva a pegarse a este desconocido como cualquier niño a su héroe. Entre ellos nacerá una amistad tan grande y profunda, que le servirá a Nino para aprender no sólo el valor de la honestidad, la nobleza o la valentía, sino también para descubrir la gran lección de su vida.

 

“Mientras bajábamos juntos la cuesta, le comparé con mi padre, con los otros guardias, con los hombres que conocía, y que comprendí que no se parecía a ninguno, y algo más. Nunca en mi vida me había sentido tan cerca de nadie como me sentí aquella tarde de Pepe el Portugués, pero lo que me pasaba era todavía más grande, y tan confuso que no sabía qué nombre ponerle. Era la primera vez que me enfrentaba a la distancia que separa los ídolos de los modelos, y si alguien me hubiera preguntado si admiraba al hombre que caminaba a mi lado, habría contestado que sí, pero no habría dicho la verdad completa”.

4. Un niño que relata

Si uno se pone a analizar, la potencia, la contundencia de esta novela justamente está en este personaje tan pequeño, Nino, que va narrando su infancia, y sobre todo, ese punto de inflexión entre la niñez y la (pre)adolescencia. Ese limbo existencial donde ya no somos ni todavía nos convertimos, y miramos (o comenzamos) a ver el mundo que nos rodea sin los nombres que le dieron nuestros padres. 

Dentro de su Casa Cuartel, Nino sabe nombrar los valientes, los buenos, los  malos, los asesinos e incluso los traidores. Sin embargo, cuando traba amistad con Pepe El Portugués y su vida errante, cuando entiende que su deseo no está en ser Guardia Civil como su padre sino otra cosa, y, sobre todo, cuando descubre su pasión por los libros que le presta Doña Elena ya nada tendrá el nombre que tenía. 

Pero son épocas donde aprender a nombrar por voluntad propia tiene sus consecuencias, y Nino, tarde o temprano lo sabrá. A través de una historia que hilvana con maestría la rutina de un niño que va creciendo, Almudena Grandes nos invita a reconstruir años de dolor, crímenes, soledad y una profunda tristeza en un país sumido en un gobierno totalitario.

5. Un libro que lleva a otros.

Esta última razón lleva dos razones escondidas. La primera tiene que ver con el título, que hace referencia al referente de las letras francesas: Julio Verne. Este autor se hará presente en la vida de Nino cuando su destino pivotee entre el mandato de su padre, la benevolencia de su madre y la osadía de Pepe el Portugués.

Y Verne se hará presente de la mano de un personaje femenino que ha sido señalado más de una vez por todo un pueblo. La literatura se ubica aquí (o las aventuras de Julio Verne podríamos decir) como el tesoro de una casa donde habita la rebeldía en cada uno de sus rincones. Al principio Nino no lo sabrá, pero esas narraciones en tierras lejanas, mares profundos o el centro mismo de la tierra serán la analogía perfecta de su aventura en el pequeño pueblo donde vive. La voracidad con la que Nino descubre a Verne (y luego a otros y a otros también) es contagiosa, porque pocas cosas más lindas para un lector que un personaje de ficción aficionado a la lectura. El infinito perfecto.

Y la segunda razón tiene que ver con que la novela de Almudena Grandes, que, como toda buena novela histórica, abre la puerta para continuar descubriendo libros que se codean unos con nosotros. Ni bien terminé de leer El lector de Julio Verne tuve una necesidad imperiosa de comenzar a leer otro relato más de la autora española porque su pluma, sencillamente es atrapante. Algunos eruditos dirán que los libros se dividen en buenos o malos según la estética elegida. Para mí, los buenos libros son aquellos que no permiten un solo minuto de distracción, aquellos que se hacen extrañar el tiempo que no podemos prestarle atención y que activan aún más nuestras ganas de leer. Y  si les sirve el comentario, atrasé las páginas finales sólo para que esta novela no se terminara. Pero un día llegué al punto final y a pesar del duelo que me generó el cierre, conecté otra vez con esa felicidad tan especial que genera haber descubierto otra autora inolvidable.

Florencia Vercellone

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