Recomendados del Club de Lectura: “El viento que arrasa”

Durante abril en el Club de Lectura abordamos la primera novela de la escritora litoraleña, que terminó siendo el inicio de la Trilogía de varones junto a “Ladrilleros” y “No es un río”. En esta nota, 5 puntos a tener en cuenta para disfrutar de esta historia inolvidable.

“El viento que arrasa” (2012) es la primera novela publicada por la escritora entrerriana Selva Almada pero no su primer libro. Antes, ella escribió y publicó relatos y poesía reunidos en títulos como “Mal de muñecas” (poesía ilustrada, 2003) o “Una chica de provincia” (relatos, 2007). Por eso “El viento que arrasa” no suena como una primera novela sino como un texto sólido que por momentos conjuga verso y prosa y tiene un leve sabor a cuento.

“Esta novela fue casi como un accidente”, dijo Almada en una entrevista tiempo atrás, comentando que justamente la historia surgió de un relato corto donde la protagonista era Leni (Elena), la hija única de un pastor evangélico que recorre el norte argentino, pero que luego la trama se fue abriendo de manera inmanejable y los personajes comenzaron a aparecer y, sobre todo, a hablar.

En “El viento que arrasa” hay cuatro personajes que se encuentran ¿azarosamente? un día cualquiera en un camino perdido del interior chaqueño (y apunten el lugar porque el paisaje provincial, su insoportable calor y la soledad de su gente serán cruciales para darle clima a la novela). Estos cuatro personajes son: el Reverendo Pearson y su hija Elena (nadie la llama Leni salvo la narradora), el Gringo Brauer (un mecánico de la zona) y su ayudante Tapioca (José). El relato comienza cuando ellos se encuentran y esos mundos a los que cada uno pertenece comienzan a rozarse.

5 claves de lectura

La primera clave para leer “El viento que arrasa” es justamente tener bien estudiados sus personajes. La narradora se tomará el trabajo de cincelar una por una sus historias de vida para que nosotros como lectores podamos dar cuenta de la situación que se genera cuando ellos se encuentren y –más aún- lo que puede llegar a pasar.

De la suma entre:

Un reverendo que está convencido no solo de su vocación terrenal sino su misión evangélica (Pearson es el profeta que anda solo -dice ser viudo- de pueblo en pueblo –junto a su hija- llevando la palabra de Dios y sobre todo buscando ese mesías que anda perdido en la marginalidad).

Una adolescente –Leni– que ha crecido nómade por orden de su padre (al que detesta) y que ya no recuerda a su madre (o los recuerdos que tiene son demasiado oscuros) que lo único que desea es liberarse de ese destino errante.

Y en la otra orilla, el Gringo Brauer, un baqueano solitario, austero y montaraz que no cree en nada que no pueda ver más su ayudante Tapioca, un joven que fue abandonado por su madre cuando era “changuito” en el taller y se crió a su imagen y semejanza.

Actuamos como somos, nos irá diciendo la autora en cada párrafo, y por eso cada una de las reacciones de estos personajes tendrá una raíz profunda en su forma de ver el mundo.

Selva Almada irrumpió con fuerza en el panorama literario contemporáneo.

De aquí se desprende entonces la segunda clave, que es justamente la impronta de oralidad que tiene esta novela. Dijimos que Almada se encarga de describir minuciosamente cada personaje, pero es exquisito descubrir cómo ese universo personal se refleja en la forma que tiene cada uno de expresarse. La novela se sostiene de manera certera con diálogos precisos y puntuales que van construyendo una tensión que crece página tras página. Hacer hablar a los personajes no es tarea sencilla y Almada lo logra de manera natural sin abusar de explicaciones.

Mencionamos antes que el ambiente donde transcurre la trama no es menor, sino justamente un personaje más dentro del relato. Esta es entonces otra de las claves para su lectura. La inmensidad de una zona casi selvática en época estival a la hora de la siesta. En ese momento donde la quietud impera comienza esta novela en la que un reverendo y su hija deben pedir ayuda en un taller mecánico por la avería del auto. El arreglo tarda en solucionarse y esas horas muertas comienzan a ser el paño en blanco donde se cruzarán miradas y palabras, historias de vida, secretos y deseos. El clima en el litoral es cambiante, este relato también. Y el calor agobiante dará lugar luego a la esperada lluvia, no sin antes sentir en todo el cuerpo un viento que todo lo arrasa. ¿Qué indicios nos da la naturaleza para anticipar el desastre? ¿Somos capaces de verlos?

Como cuarta clave, desde el Club de Lectura destacamos la templanza con la que hay que leer esta novela que ocurre, paradójicamente, en menos de 24 horas. La trama parece dinámica, pero no lo es, por lo que se precisa de paciencia para leerla. Cada párrafo cuenta porque tiene un dato que nos servirá para armar la historia. Nada está puesto de más. Nada sobre ni falta, y esa escritura meticulosa, pulida, merece del otro lado un lector atento.

Como última clave, desde el Club hablamos de lo concreto y a la vez abstracto del conflicto planteado. Como drama contemporáneo, “El viento que arrasa” pone sobre la mesa diferentes problemáticas  puntuales de nuestra modernidad, como puede ser la marginalidad, las infancias abandonadas y los círculos cerrados de ciertas religiones. Sin embargo, si tratamos de observar un poco más, nos daremos cuenta que la novela invita también a plantear discusiones universales que atraviesan la humanidad desde miles de años como la fe, el amor, el destino y la libertad.

Florencia Vercellone

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