La escritora -nacida en Buenos Aires pero actualmente residente en Córdoba- publicó “La muerte del cisne negro”, una novela en la que una vez más toma como escenario a esa convulsionada Rusia de las primeras décadas del siglo XX.
La historia se centra en el asesinato de Rasputín y en tres personajes femeninos que, de una u otra manera, están involucradas en el hecho: la bailarina Vera Karalli, la joven condesa Marianne e Irina Yusúpova.
Aquella Rusia de inicios del siglo XX parece ser un escenario inspirador para Alina Mazzaferro. Sus raíces familiares están vinculadas a esas tierras lejanas y su curiosidad y oficio periodístico la impulsan a indagar sobre hechos, lugares y personajes de los que se conoce poco y nada.
A la hora de resumir la esencia de “El misterio del cisne negro”, Mazzaferro expresa: “El lector se va a encontrar con tres historias de vida que merecían ser contadas. Historias de mujeres que habían caído en el olvido y que valió la pena desempolvarlas. Había que devolverles el protagonismo a ellas, y también contar los hechos históricos desde el punto de vista femenino”.
Vera, Irina y Marianne son las principales protagonistas de este relato que hace foco en el asesinato de Rasputín- A partir de allí se teje una madeja de intrigas y pasiones.
En diálogo con Babilonia, Alina Mazzaferro narra los detalles de esta novela potente que se destaca por un minucioso y muy bien resuelto trabajo de investigación.
-Publicás una novela cuya historia se sumerge nuevamente en esa Rusia de las primeras décadas del siglo XX, ¿qué te atrae de ese escenario y qué desafíos conlleva trabajar esa época?
-Rusia es la tierra natal de mi familia materna y desde siempre tuve una fascinación por esa nación y esa cultura que geográficamente es tan lejana pero que, para quienes somos hijos de inmigrantes, se siente, a la vez, muy cercana. Las hijas de Rusia, mi primera novela, es de alguna manera un homenaje a mis abuelos y a mi madre, que son inmigrantes. Yo venía de escribir esa novela, muy empapada de toda la historia rusa, y descubrí -en el trayecto de aquella investigación-, que había otras historias de mujeres que no habían sido contadas. Historias fascinantes, de quienes incluso habían participado en acontecimientos políticos de relevancia -como el asesinato de Rasputín- pero que los historiadores habían dejado en el olvido. En esta segunda novela, La muerte del cisne negro, el disparador fue una pregunta: ¿Qué hacían esas mujeres allí, la noche en la que mataron al favorito del zar, ocultas entre los conspiradores? Yo me negué a creer que no habían tenido implicancia alguna, porque era inverosímil que unos hombres hubieran llevado a unas damas a la escena de un crimen sin razón alguna. A partir de allí empecé a trabajar en esta novela.
Por otra parte, los desafíos de abordar esa época son enormes. La reconstrucción debe ser precisa, los detalles históricos son los que le dan verosimilitud y valor al relato. Pero como yo vengo del campo de la historia cultural y me encanta investigar, disfruto enormemente de ese proceso.
-Las tres protagonistas femeninas de «La muerte del cisne negro» nos exponen mundos diferentes y fascinantes a la vez. Vamos primero con Vera, una voz narrativa potente. ¿Qué le aporta esta mujer (de la danza) a la trama argumental?
-Vera Karalli fue una estrella de la danza y la primera celebridad del cine mudo ruso. Su historia me cautivó: ella tuvo una carrera increíble, fue partícipe de algunos de los hitos más importantes de la historia de la danza, y hoy deberíamos recordarla como recordamos a Anna Pávlova. Sin embargo, el nombre de Vera Karalli se hundió en el olvido como consecuencia de un romance por el que lo perdió todo. Se enamoró de un Románov, un gran duque que la involucrará en este colosal crimen. Luego de la Revolución, su figura estaba tan vinculada a la dinastía imperial que no podía convertirse en el estandarte de la cultura soviética y ese fue el fin de su magnánima carrera. Su historia, además, es fascinante porque detrás de los éxitos y los aplausos a sala llena, de su participación en Les ballets russes (la célebre compañía de Diaghilev que cambiaría para siempre la historia de la danza), está la trastienda de la vida de una bailarina, los sacrificios, los sinsabores. Ella no es más que una jovencita que quiere encontrar a alguien que la quiera, pero los hombres que la buscan la consideran una mera amante, poco más que una prostituta. El punto de vista de Vera en esta historia es fundamental, porque ella no pertenece a las clases acomodadas. Es una artista, viene de un mundo muy diferente al de las otras dos protagonistas que son miembros de la aristocracia.
-Como bien lo explicás, Marianne – otra de las protagonistas- tiene un perfil diferente, es la aristócrata que rompe las reglas. ¿Cómo funciona su historia personal en el argumento?
-Marianne es esta jovencita devenida condesa, cuya historia comienza cuando su madre -que fue una adúltera y abandonó a su padre y a sus hijos para casarse con otro e irse a vivir a París- regresa a San Petersburgo. A partir de ese reencuentro, Marianne conoce a Dimitri, su nuevo hermanastro, y se enamora platónicamente de él. Como buen amigo, Dimitri arrastra a Marianne al submundo bohemio de San Petersburgo, a ese universo de los café concert y los espectáculos de gitanas, y también al famosísimo Teatro de Arte del gran maestro de las artes dramáticas, Konstantin Stanislavsky. Ella desea convertirse en actriz algún día, pero eso es algo impensado para una chica de su clase; de todas maneras, toma lecciones de teatro a escondidas de sus padres. Es una rebelde: se anima a romper las normas de clase y de género. Junto a ella, el lector también se adentrará en el círculo más íntimo de Rasputín, en ese mundo místico de sus fanáticos seguidores. Ese conocimiento que tendrá Marianne del monje siberiano será fundamental a la hora de planear el crimen.
Cada una de las historias de estas tres mujeres aporta un punto de vista bien diferente, por lo que el lector deberá recomponer los hechos fragmentariamente, como en un rompecabezas.
-Por último está Irina, quizá la más misteriosa de todas. ¿Cómo fue construir esta criatura literaria?
-El personaje de Irina fue uno de los más complejos, porque está basado en la vida de Irina Yusúpova, y estoy segura que a ella no le hubiera gustado que hubiera imprecisiones en su biografía. Irina es un personaje que va creciendo y cambiando a lo largo de la historia: comienza siendo tan solo una chica de dieciocho años que se encapricha con el hombre más bello de Rusia. Y como ella es la sobrina del zar y lo que quiere lo tiene, esas nupcias se arreglan de inmediato. Pero al poco tiempo de casada, su matrimonio no es el idilio que ella imagina: él esconde un secreto. Poco a poco, con el correr del tiempo, esa joven tímida se irá convirtiendo en mujer y se animará a enfrentar a su marido para revelar la verdad. Mientras ella vive este drama personal, toda su familia, los Románov, quieren ver muerto a Rasputín, quien maneja a los zares como un titiritero a sus marionetas. Pero quien finalmente tomará la iniciativa de matar al monje será su marido, y la tímida y frágil Irina se verá involucrada en el crimen.
-¿Cuánto de ficción y cuánto de verídico hay en esta novela?
-¡Ese es el gran dilema para quien escribe ficción histórica! Trabajar en esa delgada línea entre la ficción y la realidad… En términos generales, en esta novela, todo el escenario, los acontecimientos políticos, sociales y culturales que se mencionan, son verídicos. También gran parte de las biografías de los personajes principales y secundarios. Sin embargo, esto es una ficción histórica y para construir los personajes, con sus emociones, sus miedos y pensamientos más íntimos, es imprescindible utilizar la imaginación. ¿Cómo saber qué generaba la figura de Rasputín en Vera, Irina, Marianne? ¿Cómo estar segura de cuánto amaron estas mujeres a esos dos hombres que tienen un lugar protagónico en las tres historias? Me gusta pensar, como escuché decir una vez a Federico Andahazi, en la importancia de la hipótesis literaria: ella permite reconstruir aquello que no está en ningún libro de historia, porque no hay fuentes; ella permite rellenar los espacios vacíos. De todas formas, para que el lector no se quede con la duda, al final de mis novelas me gusta agregar un epílogo donde me permito detallar algunas de las licencias literarias que tomé como así también en las que me atuve a la estricta realidad histórica.
-¿Con qué se va a encontrar el lector/a que decida atravesar las páginas de «La muerte del cisne negro»?
-Se va a encontrar con tres historias de vida que merecían ser contadas. Historias de mujeres que habían caído en el olvido y que creo que valió la pena desempolvarlas. Había que devolverles el protagonismo a ellas, las mujeres, y también contar los hechos históricos desde el punto de vista femenino. Por otra parte, de trasfondo van a encontrar el universo del ballet, la ópera, el teatro, los comienzos del cine mudo, el submundo bohemio y libertino de San Petersburgo… Y también las intimidades de quienes ostentaron la más alta alcurnia, todo en el marco de un imperio en decadencia, al borde del naufragio.