#Soloaptoparalectores: “El ritual”, de Florencia Vercellone

Compartimos un fragmento de este cuento que es el primero del libro “La Cocina es puro Cuento. Historias y recetas de la Cultura Inmigrante Sirio Libanesa” (2020) escrito junto a Beatriz Massola, donde cada capítulo conjugan gastronomía, recuerdos de inmigración árabe y literatura.
Leila y su abuela zete se encuentran por azar un domingo por la mañana y allí comienza un relato mezclado con aromas y sabores, que las llevará hasta Líbano a principio del siglo XX, de donde vino el abuelo Asif escapando del imperio Turco Otomano. Escondida entre los recuerdos, estará también la receta del Laban, alimento base de la comida árabe.
 

«Apenas la vio sentada esa madrugada en el banco pequeño del balcón de su departamento, removiendo la tierra de sus macetas, sintió una mezcla de extrañeza y ternura que no se parecía a nada conocido. Como si nunca –hasta ese momento– hubiera visto a esa mujer de cabello blanco, rodete en alto y batón oscuro que parecía ser reina de su espacio. Como si fuera testigo, a causa del azar, de un secreto sobre el origen del mundo. Y, sin embargo, podía enumerar los años y meses que habían pasado desde que la había visto por primera vez hasta ese día, como así también el nombre de sus hijos y sus nietos entre los cuales se encontraba.

Pero al verla allí, por primera vez, en ese balcón del 2B de una de las esquinas más céntricas de la ciudad, quizás en una rutina que muchos desconocían, no pudo evitar que naciera en su interior una curiosidad instantánea y se preguntó qué podría estar haciendo la zete Victoria, con sus 90 años, despierta desde tan temprano.

Comenzó a observarla detenidamente. Sus movimientos eran lentos, muy lentos. Tomaba la pequeña pala, la introducía en cacharritos de barro repletos de plantitas, hacía bailar sus raíces y volvía a sacarla para apoyarla en el suelo. Se quedaba un instante en silencio mirando el cielo que se hacía más claro cada vez y volvía a comenzar la tarea.

Fue tal la curiosidad que sintió Leila en ese momento que sin pensarlo se acercó –como se acerca uno sin temor a ese abismo que a veces la vida presenta–, tal vez porque la tristeza que la había empujado a deambular esas calles al amanecer de un domingo cualquier con apenas 18 años podía ser mayor a cualquier caída. Caminó unos pasos, cruzó la avenida, se ubicó de la mejor manera para que, al girar, la anciana pudiera verla y apenas la llamó por su nombre se dio vuelta como si hubiera adivinado su presencia.

—Zete, zete, soy yo, Leila –le dijo, tratando de no gritar demasiado y asustarla.

La anciana la miró profundo y espió para todos los costados pensando que podría estar acompañada por alguien más, como su padre –por ejemplo– y por eso la joven se apuró a decirle:

—Estoy sola, ¿puedo pasar?

Entonces se levantó ligero, como si no le pesaran sus nueve décadas en los huesos, y entró al departamento. Leila, estando aún en la vereda, la imaginó cruzando el living, llegar hasta el baño, lavarse las manos de tierra, entrar a la cocina, avisarle a su hija Aída que la nieta estaba en la puerta y apretar el portero.

La zete Victoria había sido, y seguía siendo, una mujer muy inteligente. De gesto sereno, cauta y observadora. Contaban, quienes la conocían desde joven, que era fresca, de expresiones furtivas y mirada profunda, de lengua larga y carácter algo indómito, pero que esa mujer enérgica y por momentos aguerrida se fue apagando al morir su esposo, resguardándose, ocultándose –cada día más– en los rincones de su hogar. Leila, de hecho, la conocía así: pausada, introspectiva, vacilante. Las cuatro hijas de zete, que la acompañaban bastante en sus cuidados actuales, contaban con lujos de detalles las cosas que perdía en el camino de su

rutina de 90 años, sus mañas y olvidos, pero Leila siempre tenía sospecha de ese disfraz de abuela retirada que se ponía ante el público y que seguro no se condecía para nada con la lucidez que irradiaba puertas adentro. Lo que ocurría, simplemente, era que ella jamás participaba de ese paréntesis.

Nacida después de que su abuelo Abdul –el marido de zete Victoria– hubiera muerto, y que incluso sus padres hubieran decidido dejar de traer hijos al mundo, Leila llegó sin permiso de nadie con el rótulo vitalicio de ser la nieta más chica.

Tuvo las ventajas de ser malcriada por el cansancio de sus padres pero también la gran desventaja de llegar cuando la familia ya marchaba a ritmo acelerado. Y si sus primos eran grandes, más lo era su zete Victoria que ya para entonces estaba recluida en su departamento –abandonando su casa de toda la vida– y veía solo los domingos para el encuentro familiar. Pero lo que hacía antes o después de esa reunión, cuáles eran sus horas de sueño y vigilia, qué historias guardaba detrás de cada portarretratos de la sala o cómo emprolijaba ese rodete que permanecía estoico todas las horas del día era algo que Leila jamás se había puesto a pensar.

Por eso ese domingo de verano apenas alumbrado en que la vio tan pacífica frente a sus plantas le pareció, sencillamente, estar mirándola por primera vez.

Subió al ascensor, y al lumbral del 2B notó que la zete le abría la puerta algo sobresaltada expresando la extrañeza que le daba recibir a su nieta más chica en esa situación. Pero recién cuando su abuela le preguntó por qué estaba sola a esa hora de la madrugada y vio a tía Aída con cara de mal genio apoyada –un poco más lejos– en el marco de la puerta que da a la sala, queriendo saber a qué se debía su presencia un domingo tan temprano, cayó en la cuenta que su papá seguramente estaría notando también su ausencia en casa y que eso – seguramente– le traería problemas. Miró el celular, notó que él estaba en línea y le mandó un mensaje para no preocuparlo: “Papi, estoy bien, después te cuento. Estoy en casa de la zete”.

Cuando empezó a escuchar el sonido del teléfono fijo de línea a pocos metros de donde estaba, supo que su padre había leído el mensaje.

Aída corrió hasta el escritorio, atendió y confirmó la presencia de la adolescente a su padre sin dar demasiadas explicaciones. Ella nunca daba demasiadas explicaciones. “Leila está acá, ahora nos va a contar por qué. Pero no te preocupes, te esperamos al mediodía”. El mediodía, dicho así a secas, casi como un código familiar que no necesita descifrarse era, por supuesto, la gran rutina que los tenía a todos como invitados –hijos, yerno, nueras o como Leila, nietos y nietas– semana tras semana– en casa de la zete.

Y a decir verdad, ese ritual de ir a la casa de la zete no era algo que a Leila le gustara demasiado. Es que esa costumbre que se había arraigado desde hacía años en el esquema semanal de su familia estaba interfiriendo demasiadas veces en su entretenido y actual esquema adolescente. Pues para ella, significaba dejar de dormir hasta tarde después de una noche de haber salido a divertirse o negarse a la invitación de sus amigos, o simplemente, sostener sin ganas pero estoicamente el tedio que generan los compromisos de determinadas convenciones familiares. Sin embargo, y a pesar de todo, Leila terminaba aceptando –primero de manera inconsciente y luego con registro real– la rutina de los domingos con menos objeciones cada vez. Entonces se despertaba, vestía de mala gana y ayudaba a su madre a subir al auto las bebidas, el pan o postre de turno como una obligación sagrada, aunque lo único que quisiera hacer con sus 18 años fuese seguir durmiendo.

Entre tantas cosas que pensaba Leila sobre lo tedioso o aburrido que podía ser visitar a su nonagenaria abuela, era la continua repetición de secuencias visuales, sonoras y –sobre todo– discursivas que –estaba segura– se sucederían una tras otra desde que salía de su casa hasta que pudiera volver, tres o cuatro horas después.

Sabía, por ejemplo, que camino al departamento de su abuela, su madre le pediría por favor que ayudara a trasladar alguna fuente con comida, que –una vez en destino– su padre saludaría a su madre tomándola cariñosamente de la mano y besando su coronilla a manera de bendición invertida, que él junto a los tíos José y Tito se juntarían en la punta de la larga mesa dispuesta en la sala para hablar de política y fútbol mientras pedían por el vermouth y que las mujeres trajinarían dentro de la cocina ultimando detalles hasta que fuese la hora de comer.

Todo eso se le cruzaba por la cabeza a la joven en el instante en su tía colgaba el teléfono de línea en el departamento de la zete ese domingo de madrugada, mujer con quien –debía aceptarlo– nunca había tenido un vínculo muy especial.

Aun cuando le llamaran la atención las historias que fue escuchando sobre ella a medida que iba creciendo, y que en nada se parecían a esa mujer que llegaba ahora a los 90 años, algo enmudecida y solitaria. De hecho, los relatos que guardaba desde niña y que había escuchado de su padre, tíos o tías y hasta primos mayores, hacían referencia a una mujer despampanante, que tenía siempre una nueva anécdota por contar, pero que –al menos ella– jamás lo había podido constatar de primera mano.

Eso sí, por más distante y ajena que a veces le pareciera su abuela, desde que tuvo algo así como 8 años, le fue imposible a Leila olvidar la fragancia tan particular de su zete. De ese aroma a azahares que se soltaba de su pelo atado cada vez que la saludaba, de su cuello –algo arrugado– y que –juraría– no se parecía a ningún otro olor conocido. Decían, quienes conocían a la zete, que desde niña su madre le había dicho que el olor de la planta de naranjas les había traído suerte desde que bajaron de aquel trasatlántico a principios de siglo, cuando su hermano mayor era apenas una esperanza en su vientre, y que por eso jamás se había atrevido a romper el hechizo de tenerlo cerca. Algo había escuchado, alguna vez, sobre aquel episodio en tiempos de inmigrantes y tristezas infinitas. Sin embargo, a Leila nunca le habían interesado ni entusiasmado demasiado las historias pasadas, y por eso se quedó con algunos datos puntuales de la vida de su zete y no indagó mucho más sobre esa turca de ojos celestes y profundos, labios finos que callaban mucho más de lo que decían y pelo largo como el horizonte de la llanura.

Pero ese domingo no se parecía a ninguno de los otros que había pasado en ese mismo departamento, y quizás por eso sintió –por primera vez– una inmensa curiosidad por lo que esa mujer podía contarle, por las historias que guardaban sus arrugas y por ese hilo invisible que podía llegar a unirlas desde esas puntas tan extremas que eran ellas dos.

Y al mismo tiempo, Victoria también buscó asomarse a la vida de esa nieta a la que poco le conocía odios y amores y quizás por eso, sin mediar muchas palabras, le dio un cálido abrazo de bienvenida. En cambio, la tía Aída, con una actitud mucho más adusta y menos cordial, dispuesta a saber todos los detalles sobre el por qué de esa aparición tan extraña un domingo a primera hora, la miró de manera desafiante –con todo lo desafiante que se puede ser en camisón largo y manga corta– y mientras mantenía los brazos encallados en sus abultadas caderas le preguntó directamente a los ojos:

—¿Qué hace una chica como vos sola a estas horas? ¿De dónde venís?

A Leila la pregunta le pareció más a afirmación que a consulta ya que sintetizaba lo que a veces se pensaba de ella. Por supuesto que la tía Aída no tenía las más pálida idea de dónde podría haber estado: si volvía de bailar, si estaba con amigas o si se iba a misa de gallos. Y lo desconocía, simplemente, porque la tía Aída se interesaba muy poco por ella. Y en eso, estaban a mano. Y por tal motivo, la frase “una chica como vos”, le pareció a Leila tan descriptiva.

“¿Cómo se vería una chica como ella?”, no puedo evitar preguntarse. Criada entre grandes, siempre había tenido el mote de rebelde, de aquellas que pueden hacer y deshacer a su antojo y que tiran hasta que se dan cuenta que ya no tiene sentido tener la soga en la mano. A ella le gustaba romper algunas reglas, lo sabía, pero lo que no sabía era para qué las rompía. Por eso no dudó en deambular sola por las calles de la ciudad ese domingo a las 6.30 de la mañana a pesar de los consejos de todo el mundo sobre lo que podía pasarle, desafiando peligros y tratando, eso sí, de comprender el porqué de ese desamor que por primera vez estaba experimentando. Por eso el “sola” de la frase de tía Aída se le fijó en la memoria y le quedó retumbando en el cuerpo mientras encontraba alguna respuesta coherente para darles. Pero no la halló.

Ante el silencio, quien avanzó fue la zete Victoria, que la tomó del brazo y se la llevó hasta la cocina como adelantándole con el gesto que la invitaba a tomar algo caliente.

—Aída, vos volvé a recostarte si querés, todavía es muy temprano. Yo me quedo con Leila.

Aída se dio vuelta, algo ofuscada, y sin pedir más explicaciones se fue a su habitación. Y allí quedaron, abuela y nieta mirándose a los ojos, como detenidas en el tiempo, esperando algo parecido a una confesión.

—¿Qué plantas estabas arreglando ahí en el balcón cuando te vi? –preguntó Leila para romper el hielo.

La zete rio por la ocurrencia de llamar plantas a esas hojas verdes que destilan un aroma que sabe a libertad y respondió:

—Estaba cuidando mis albahacas, las tengo desde antes de tener tu edad. No a esas, por supuesto, son plantas que se cultivan y cosechan año tras año porque se vuelven viejas muy rápido. Por eso hay que guardar sus semillas en su mejor temporada y volver a plantarlas. Mi mamá me enseñó a cultivarlas, aun en pequeños espacios, y desde entonces no hay un día que esté en mi casa que no las observe. También tengo menta y perejil. En la casa de un árabe no pueden faltar. Leila la miraba tranquila y escuchaba atenta las pausadas palabras que su abuela iba eligiendo para cada frase. Y cada sonido parecía tener un encanto sobre ella.

—Pero no me levanto temprano sólo por las albahacas… —agregó la zete.

—¿Y entonces? ¿Estabas despabilada? –quiso saber Leila.

La abuela Victoria volvió a sonreír.

—No, querida, ya casi no duermo, pero igual siempre me levanto temprano para hacer el Laban.

—¿Siempre? O sea, ¿todos los días? –preguntó sorprendida Leila.

—No todos los días, pero los domingos sí. Aún recuerdo a mi madre cuando me lo enseñó. El Laban es uno de nuestros alimentos más preciados, ¿nunca lo hiciste?

—No, para eso estás vos, o la tía Aída, papá, o mamá incluso…

—Pero ni yo ni ellos estaremos para siempre, querida…

A Leila la frase le sonó exagerada y demasiado terrible, aunque su abuela se lo estuviera diciendo de la manera más cordial que había encontrado.

—Ya que estás aquí, podés mirar cómo lo hago. Sólo se necesita leche, calor y tiempo. Y ahora nosotras tenemos las tres cosas.

(continúa en el libro)

El Laban o yogurt casero es un alimento básico de la gastronomía sirio libanesa.

Cómo conseguir el libro

«La cocina es puro Cuento. Historias y recetas de la cultura inmigrante sirio libanesa» es el segundo de la colección homónima que comenzó con Historias y recetas de la cultura inmigrante piamontesa. 

Ambos libros fueron autopublicados por sus autoras -Florencia Vercellone y Beatriz Massola- y se pueden conseguir en librerías cordobesas como Rubén, Librería del Palacio, Rincón Cultural, UPA La Vida (Río Tercero), Collino y Saber (San Francisco).  

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