De marzo a junio, en el Club de Lectura abordamos el ciclo “La mujer como cuerpo de la escritura”, una propuesta que incluyó las novelas “El cuento de la criada” (Atwood), “La hija única” (Nettel), “Las primas” (Venturini) y “Ruth” (Riva). Dos géneros, cuatro autoras, un mismo registro: la voz en primera persona para desarmar los universos femeninos. En esta nota, un breve comentario de cada libro con aportes de las integrantes del taller.
El Club de Lectura «Un cuarto propio» de Babilonia Literaria funciona desde el 2020. Nació en tiempos de pandemia y por eso lo pensé de manera on line, ya que era la única posibilidad de comunicarnos. Y así decidí que permaneciera, consiguiendo que -en todos estos años- se sigan sumando lectores de diferentes partes del país, complementando la lectura con sus miradas desde puntos geográficos diferentes del mapa. Miradas que tienen que ver con lo territorial y también con lo vivencial y cotidiano.
“La lectura como práctica es un ritual individual pero se convierte en una aventura singular cuando se comparte. La mitad de mi biblioteca es fruto de la lectura compartida en el club, en esta no solo se encuentran las voces de los autores sino también la de los participantes que con su voz han dejado su punto de vista, su crítica, sus sentimientos. El libro termina siendo pura potencia, en cuanto se puede construir en sus páginas a través de las historias los distintos temas que atraviesan a la sociedad. Ser parte del club permite abrir una ventana por la cual asomarse al mundo de la literatura compartida entre amigos que cultivan sensibilidad y profundo amor por la lectura”, dice Silvia Gudiño, integrante del grupo.
El anclaje temático
Todos los años construyo, como coordinadora, un programa temático para que el cuatrimestre tenga un anclaje temático, un hilo conductor por donde caminar, que sirva de referencia y también de punto de partida para comparar, analizar, contraponer.
En esta temporada, el ciclo de marzo a junio llevó (lleva) por nombre “La mujer como cuerpo de la escritura” y la propuesta tiene que ver con indagar sobre el universo femenino, las voces de mujeres en primera persona y también sobre las miradas sobre la lucha feminista siempre partiendo de que -como dice Eugenia Almeida- “es un cuerpo el que escribe”.
¿Quiénes eran esas mujeres que escribían? ¿Quiénes eran esas mujeres que hablaban? ¿Qué decían? ¿Qué callaban?
Cuatro novelas pueblan el ciclo. Cuatro novelas que abrieron las puertas a diferentes debates. En primer lugar una distopía: “El cuento de la criada”, de la canadiense M. Atwood. Luego, tres novelas realistas latinoamericanas: “La hija única”, de la mexicana Guadalupe Nettel + “Las primas”, de la platense Aurora Venturini y por último “Ruth”, de la bonaerense Adriana Riva.
“El Club de Lectura, es muy importante porque ayuda a tener una constancia en la lectura, sobre todo en este momento tan audiovisual; y también a descubrir autores y temáticas que tal vez uno no elegiría, y compartir distintas opiniones y puntos de vista sobre una misma obra”, apunta también Laura Pedrerol.
A continuación, y en este mes dedicado al #MesdelLibro, les compartimos cuatro (breves) comentarios de cada una de las novelas leídas, que cuentan -además- con aportes de algunas de las integrantes del Club.
Dejamos, por último, la invitación para leer estos libros de manera individual o también hilvanando sus protagonistas, tramas y narrativas, como o hicimos nosotras.
“El cuento de la criada”, ¿distopía o realidad?
El año pasado, este libro de la autora canadiense Margaret Atwood cumplió 40 años de su primera publicación. Cuarenta años que subrayaron no solo su carácter disruptivo, sino también la calidad inoxidable de su prosa para poner sobre la mesa de debates la cuestión de igualdad de derechos entre hombres y mujeres.
Cuando se publicó, allá por 1985, causó muchísima repercusión tanto en países de lengua inglesa como en los otros a través de las decenas de traducciones en todo el mundo. En aquel entonces su autora salió a explicar lo que a ningún escritor le preguntaron: por qué se le había ocurrido semejante cosa. ¿Cómo podía ser que una mujer haya imaginado ese país distópico (República de Gilead) donde reinaba una teocracia dictatorial en la cual las mujeres eran solo un objeto en función de los intereses masculinos?
Abriendo el debate, en aquel momento, Atwood explicaba pacíficamente algo que sigue señalando hasta el día de hoy y que otorga una cuota mayor de escalofríos a la historia: “No escribo ciencia ficción fantástica, escribo ficción especulativa. Algunas personas se tragaron el cuento de que era ciencia ficción, aunque en mi mente no lo es. (…) nada de lo que ocurre en El cuento de la criada es algo que la raza humana no haya hecho ya en algún punto del pasado o que no esté haciendo ahora, quizás en otros países, o para lo cual no haya desarrollado aún la tecnología”.
Así, lo único que hace Atwood es poner todos los hechos en un mismo escenario, como si el mundo se condensara en un mismo territorio.
En la República de Gildead, ninguna mujer es libre de elegir, todas tienen un mandato establecido. Algunas son Martas (están al cuidado de otras), otras Tías (encargadas de adoctrinar al resto), muy pocas son Esposas (acompañan al Comandante y crían su posible descendencia) y el resto son criadas, con el único propósito de darle hijos al hombre con quien viven. Si alguna mujer en Gilead no cumple alguno de estos roles, simplemente es una no mujer y está fuera del sistema.
La voz de la novela es, como lo dice el título, la voz de una criada quien nos narra su historia como si fuera una confesión. A medida que lo leemos vamos entendiendo cómo ella -Offred – va contando los hechos desde que la detienen y se instala el régimen hasta que se convierte en criada con el único objetivo de concebir un hijo con el Comandante que le fue designado y así, poder sobrevivir. Ella ya no es ella, ella ha perdido el nombre y por eso ahora es Offred (De Fred), el hombre antecede su existencia. Al igual que ella, otras tantas criadas necesitan lo mismo: servir con su cuerpo para perpetuarse.
“El debate de este libro nos provocó incomodidad y malestar. Una lectura que nos sacó de nuestra zona de confort y nos enfrentó a lo diferente. La crudeza del relato marcó un toque diferente en nosotras las sociaslectoras”, señala Cinthia Lecler desde el club y agrega:
“Cuando leí esta historia por primera vez jamás imaginé con lo que me iba a encontrar. Me voy a centrar en la crudeza que se muestra en especial al trato hacia la mujer en diferentes aspectos. Abusos a niveles inconcebibles.
Cabe destacar la fortaleza de esas mujeres y no solo de la protagonista. Las criadas no solo tienen que dejarse ultrajar y hasta violar en reiteradas ocasiones. Mujeres que sufren humillaciones hasta quedar degradadas y tratadas peor que una miseria”.
Pero Offred está muy atenta de lo que ocurre a su alrededor, y a medida que va contando en retrospectiva sus días y también su vida anterior, es capaz de registrar los movimientos que suceden cerca de ella, los pequeños, diminutos, imperceptibles gestos que pueden desencadenar cambios mayores.
El cuerpo de la mujer es aquí un cuerpo que resiste, un cuerpo que intenta, bajo cualquier circunstancia, sobrevivir. A veces pareciera que Offred está alienada por el sistema, sin embargo lo revolucionario se esconde en los más mínimos detalles.
“Me gustó la forma en que la protagonista narra el paralelismo de su propia vida antes del caos, donde esas mismas chicas eran prósperas, independientes y exitosas. La fortaleza y las ganas de cambiar la situación que las obliga a aliarse en secreto”, dice por último Cinthia.
Apuntes del Club: Si quieren, pueden escuchar a la autora en esta entrevista realizada a meses de la publicación del libro en 1985, donde cuenta cómo fue escribir la novela.
“La hija única”, maternidades en tensión
De un cuerpo que resiste, que debe reproducirse para sobrevivir, para cumplir el mandato para el que se le fue otorgado, salimos de la distopía o ficción especulativa para entrar en el realismo de la mano de esta novela de la mexicana Guadalupe Nettel que se pregunta justamente todo lo contrario. ¿Por qué la mujer tiene que ser madre?
La historia se centra en Laura una mujer que ni bien comienza el libro narra su independencia de vínculos y de cómo terminó con una pareja estable luego de haberse dado cuenta que no quería tener hijos. Absolutamente consciente de este dictamen sobre su cuerpo decide ligarse las trompas y afianzarse en esta no descendencia. Siente que es una postura adulta, pensada y absolutamente generacional, y por eso quiere compartirla con Alina, su mejor amiga, con quien (cree) siguen compartiendo las mismas posiciones en la vida. Del otro lado, se encuentra con una noticia inesperada: su amiga está embarazada.
Laura, de todas maneras, decide acompañarla a pesar de que no comprende cómo una mujer puede elegir estar atado a alguien de esa manera. De pronto, el embarazo se complica y Alina no solo deberá enfrentarse a un posible desenlace fatal en el nacimiento, sino a maternar ese niño en su vientre sabiendo las pocas probabilidades de vida para los dos.
Al mismo tiempo, Laura conocerá en su vecindario a Doris, una madre soltera que lidia constantemente con Matías, su pequeño hijo, caprichoso y déspota.
Nettel escribe lo terrible de una manera sutil y amorosa, y por eso se anima a preguntar atravesando toda su trama, si existe lo normal en los vínculos y si tal vez hay una belleza en aquello monstruoso.
La autora describe sentimientos con absoluta serenidad, a pesar de que está diciendo cosas que chocan contra lo establecido, lo pautado, lo convencional.
Apuntes del Club: Esta lectura la cruzamos con el poema de Gioconda Belli titulado «No me arrepiento de nada».
“Las primas”, mujeres de cuerpos deformes
Y de lo monstruoso o no convencional, pasamos a la literatura argentina de la mano de una autora que brilló de popularidad en el ocaso de su vida. Hablamos de Aurora Venturini, escritora nacida en La Plata que saltó a la fama con esta novela luego de haber conseguido el premio “Nuevos talentos” organizado por Página 12.
Para leer Las Primas tenemos que hacernos al menos dos preguntas: ¿Quién es Aurora? ¿Quién es Yuna?
Y tal vez, ambas puedan responderse en esta confesión de Venturini a poco de su publicación: “Las primas en realidad soy yo. La minusválida soy yo. Para lo único que sirvo es para escribir”.
Todo (o casi) lo que narra Yuna en primera persona sucede puertas adentro de una casa de clase media en la década del ´50, al mando de una madre autoritaria que sostenía la familia siendo maestra de puntero y marcando a sus alumnos las fallas, los errores, la mala educación.
Yuna, consciente de la madre que tiene, describe su alrededor y desde su minusvalía en el habla mira el mundo y se reconoce como tal. Se sabe diferente, algo idiota para el resto, se sabe incapaz de muchas cosas, entre ellas, amar o ser amada. Yuna vive también con una criada y su hermana Bettina, que arrastra una minusvalía mayor que la obliga a estar en sillas de ruedas y babear todo el día.
Pero el cuadro del grotesco familiar no termina allí, ya que el clan se completa con una tía patética casada con un hombre imbécil (o viceversa) con el que tiene dos hijas: Carina y Petra, quien por su escasa estatura y su feroz temperamento Yuna bautiza como liliputiense. Luego aparecerán un profesor abusivo y otros mequetrefes de baja estofa.
Desde afuera, todo lo que se vive en esa casa parece un infierno. Y ojo, desde adentro también lo es, solo que Yuna en una primerísima voz carente de juzgamientos, suaviza lo terrible. Como si su dislexia nos hiciera ver el mundo de otra forma.
El uso del lenguaje en esta obra es clave, entender su ritmo sin puntuaciones ni espacios es un viaje que nos invita a descubrir directamente el universo de uno personaje limitado por las convenciones sociales, en todo sentido.
A pesar de que Yuna se espeja por momentos en Bettina, ella pudo avanzar algunos grados en el colegio y luego comenzar -por consejo de un maestro- en la Escuela de Bellas Artes, ya que fue dotada para la pintura.
El arte tendrá un espacio fundamental en el desarrollo de la historia de “Las primas”. Tanto, que en el Club algunas de las preguntas que nos hicimos fue si éste es capaz de darle redención a las personas.
Al igual que en “La hija única”, aquí también vale la pena preguntarse qué es lo bueno y lo malo. Lo correcto e incorrecto, y a partir de esto, el abandono, el amor, la soledad, el maltrato, el abuso.
Apuntes del Club: Durante la lectura de “Las primas”, invitamos a Daniela Martín, directora y parte del colectivo que llevó a escena “El alma es una sábana blanca”, adaptación teatral de esta obra, la cual recomendamos con énfasis verla como otra forma de interpretar la trama.
“Ruth”, la vejez y sus deseos
La última estación de este ciclo pone en el foco una mujer octogenaria que, a la vuelta de su vida, reflexiona sobre el paso del tiempo.
Ruth es una novela pequeña en su planteo pero inmensa en su desarrollo, ya que con pocos elementos permite hacer una pausa y escuchar lo que tiene para decir un cuerpo que envejece.
Ruth es madre, viuda, judía y una gran amiga. Cuatro condiciones donde pivoteará todo el tiempo el relato, yendo y viniendo con la destreza que ella ya no tiene con sus huesos. Ruth ha perdido muchas cosas, salvo la lucidez de entender que es en la ironía donde uno puede salvarse.
Dice Gabriela Vilches, integrante del club: “La vejez, una etapa, donde -como dice la protagonista- marca los polos de una misma cosa: «Mi nieta aprende y yo desaprendo, estamos en las antípodas de la vida».
La etapa cuando el cuerpo acusa recibo de la vida, y la mente comienza a desprenderse del cuerpo.
Desde la mirada de una madre judía, con toda la trascendencia que ella tiene para la descendencia, Ruth transita por el sendero del ocaso, pero no se sitúa en el lugar de la dependencia o la demanda.Muy por el contrario, asume sus límites espaciales (su cocina como su todo), sus límites de atención (en las reuniones con pares) y sus límites de relación (con sus hijos) con total libertad.
Es la mujer que cumplió con todos los roles que los protocolos sociales le tenían asignados.
Y que hoy, desde el lugar al que se accede con los años, se siente libre.
No es la abuela de los cuentos infantiles, pero tampoco es prisionera de un cuerpo que cada vez le responde menos, lo trasciende en su espíritu y su pasión por el arte.
Ruth nos expone una cruda realidad, tan inevitable como negada, pero arrancandonos una sonrisa”.