La autora cordobesa, referente de la literatura infantil y juvenil, nos regala el fragmento de un texto inédito titulado «Leopoldito». Es una invitación a descubrir su narrativa delicada y profunda, que siempre ahonda en los universos íntimos atravesados por sentimientos complejos como el amor, la soledad, o -en este caso- la muerte.
Leopoldito fue un caso excepcional. Nunca volvió a repetirse, en ningún lugar del mundo.
Desde su nacimiento, los médicos detectaron que por sus venas no corría sangre sino savia;
pero aseguraron que no había de qué preocuparse. La savia era un excelente energizante y la
criatura podría hacer una vida completamente normal. Y así ocurrió, más o menos.
La familia aceptó con gusto el desafío de tener un integrante tan particular y en seguida
surgieron ideas para que Leopoldito se sintiera cómodo. Era un bebé sano, qué importaba si
no tenía sangre.
La abuela le fabricó una almohada de humus que decoró con hojas de jazmín, la mamá le
preparaba mamaderas con yuyos aromáticos, el papá le dejaba bichos bolitas debajo de las
sábanas. La primera vez que lo bañaron, mientras la hermana mayor le ponía champú vegetal
en la cabecita, el hermano menor lo iba rociando con una regadera de agua de vertiente.
Antes de cumplir un año, Leopoldito señalaba los pájaros y decía pío pío, gateaba a toda
velocidad hasta el arenero del patio para meterse moscas, chinches verdes y hormigas a la
boca. Ponía cara de asco pero después las masticaba y aplaudía con felicidad.
Con Leopoldito fuimos compañeros de banco en primer y segundo grado. En tercero, al
regreso de las vacaciones, había pegado el estirón y se lo veía cambiado. Tal vez las lluvias de
verano lo habían nutrido de minerales. O habrían sido el sol o el rocío que le gustaba sentir en
su piel, muy temprano, antes de salir para la escuela. La cosa es que estaba brotado de pies a
cabeza. Las primeras ramitas le habían salido como una extensión de los dedos de las manos;
las otras, de la nuca, la cintura y el pupo. Tiempo después, aparecieron las flores rosadas.
¡Estaba tan contento! ¡Es que se veía precioso! Ahí entendimos bien cómo funcionaba la savia. Y además supimos que no era cualquier árbol sino uno frutal: un duraznero.
Por esa época, también florecía la envidia. En la escuela nunca faltaba algún dañino que le
arrancara pimpollos o le doblara alguna rama a lo bruto para ver si le dolía. En el barrio, las
vecinas se atrevían a pedir a la familia un “gajo de Leopoldito” para plantar en macetas.
¡Ni hablar cuando tuvo su primera cosecha! ¡Los duraznos eran mucho más sabrosos que los
de la verdulería! ¡Y hasta la directora hizo fila en el recreo para probar un pedacito!
Eso sí, como en cualquier pueblo chico, se oían críticas y chismes desagradables. La gente
nunca terminaba de entender su verdadera naturaleza.
-Esa criatura no es normal…
-¡Claro que no! ¡Habrase visto que a un niño le corten el pelo con tijeras de podar!
-¿Vos te fijaste en el cuello? No es un pañuelo… ¡es una bolsa de consorcio para que
no se le suban las hormigas a la cabeza!
-Ay, pobre criatura, ni me hables. La otra vez vi cómo se sacaba los gusanos del pupo
y después se los comía…
-¡Qué cochino! Una cosa es que no tenga sangre y otra muy distinta que le consientan
esos comportamientos.
Dijeran lo que dijeran, Leopoldito era un buen compañero y el mejor alumno en ciencias
naturales. La seño le pedía que nos explicara algunos temas porque entonces los entendíamos
mejor. “A ver, chicos, ¿por qué no le preguntamos a Leo sobre la fotosíntesis?” o “con ayuda
de Leo, dibujen en sus cuadernos los estambres, los pétalos, y los pistilos de una flor”.
Desde tercer grado su lugar fue adelante, parado cerca del pizarrón; el único espacio amplio
para que pudiera estirarse cómodo, especialmente en otoño, cuando las ramas estaban más
secas y le costaba pasar por la puerta sin lastimarse.
A veces nos daba pena que no fuera como nosotros. Aunque ser duraznero tenía algunas
ventajas. En sus ramas se apoyaban los pájaros, revoloteaban las mariposas, las arañas tejían telas entre sus hojas, y los bichitos iban y venían por su cuerpo haciéndole cosquillas. Los
días de lluvia la seño lo dejaba salir al patio para refrescarse porque esa era la mejor agua para
beber y crecer sano, decía.
Los recuerdos de aquel tiempo son maravillosos. Cuando jugábamos al fútbol, se ofrecía para
hacernos sombra (no era mucha pero ayudaba). Después del partido, si era tiempo de cosecha, repartía duraznos a cambio de que lo lleváramos a dar una vuelta en sillita de oro.
Por eso el día que la seño nos contó que Leo no vendría más a la escuela porque su ciclo
escolar había terminado, nos pusimos tristes, tristísimos, y algunos nos reunimos en el baño
durante el recreo para llorar abrazados.
¡No sean dramáticos!, dijo la seño cuando volvimos al aula con los ojos rojos. Pero a ella
también le daba penita, porque mientras nos explicaba se le caían los lagrimones.
“Leopoldito decidió echar raíces en la plaza, su lugar preferido, para seguir creciendo en la
tierra y estar cerca de todos. Ha comenzado otra etapa en su vida… y podemos acompañarlo”.
Era verdad. Ni bien pusimos un pie en la plaza, lo reconocimos. Estaba entre el tobogán y las
hamacas. Se lo veía más alto que de costumbre, firme en un cantero espacioso. Apenas se le
movían las hojitas con el viento.
Hicimos una ronda para abrazarlo y sobre la base del tronco le tiramos el agua de las
cantimploras. Íbamos a extrañar su voz pero se lo veía radiante.
Los árboles de la plaza tienen un cartel con dos nombres: uno popular y otro científico,
dificilísimo de pronunciar. Por ejemplo, el ombú se llama “Phytolacca dioica” y el lapacho
“Tabebuia impetiginosa”. Solo el duraznero lleva nada más que un nombre: “Leopoldito”.
Según la autora
Escribí Leopoldito hace muchos años cuando necesitaba “explicarme” la muerte de alguien querido. (Partir de lo autobiográfico para hacer ficción es un camino tan difícil como desafiante).
Intenté imaginar, entonces, una historia desde un lugar más reconfortante y menos dramático que me ayudara, a mí y a otros, a abrazar esa ausencia. Quise que fuera, además, un homenaje a los que nacen “distintos” y nos enseñan a ser mejores personas.
Tal vez lo haya logrado.
Maricel Palomeque (Córdoba, 1976) escribe para chicos y para grandes. Es Máster en escritura creativa (Universidad de Sevilla) y Lic. en comunicación social (Universidad Nacional de Córdoba). Desde 2001 coordina talleres de escritura creativa para jóvenes y adultos.
Publicó: «Hazaña» (Pez menta editorial. Mendoza, 2024). Destacado de Alija 2024 (mención/ ilustración). Ganador del concurso publicación del Fondo Nacional de las Artes; «Jotolepo Frukachú» (Libros Silvestres, Rosario, 2021); «Peludo Normandus Ciboulette» (Ed. Los Ríos): Destacado de Alija 2021 (novela infantil). Seleccionado para el catálogo del proyecto Argentina Key Titles (2021); «Cuando llega un dragón» (Ed. Los Ríos): Destacado de Alija 2018 (cuento); Mención en el premio Casa de las Américas de Cuba (2017); Mención Fundación Cuatrogatos (Miami, 2018) y «Manga de animales» (Ed. Los Ríos, 2015).