#LecturasDeVerano: Fabio Martínez

Hoy sumamos a Fabio Martínez con su novela “La jugadora de pádel”, publicado por el sello AntiPop. Siempre agudo en sus narrativas que buscan retratar los escenarios políticos actuales, Martínez ofrece esta historia aparentemente mundana, sencilla, de relaciones personales, que esconde una fotografía de época.

 

I

La primera vez que estuve con Tomás fue la noche que ganamos la final de la liga de mixto de suma trece. Ahora que lo pienso fue un poco por bronca. La liga había durado tres meses, un partido por fin de semana, después los cuartos, la semi y la final. Juanjo (mi esposo) y Larita (mi hija) nunca vinieron a verme. A pesar de que los invité montones de veces. En los primeros juegos del partido miraba hacia los costados con la esperanza de que aparecieran, se sentaran al lado de la cancha y aplaudieran cuando hacíamos un punto o me alentaran en los errores. Nunca sucedió.

Tomás era diez años menor, iba de lunes a viernes al gimnasio y usaba pantalones y remeras ajustadas. Mis amigas se reían un poco de su forma de vestir y reconozco que al principio yo también. Con el tiempo, me empezó a gustar cómo se le marcaban los abdominales cuando la remera estaba transpirada.

En el último punto de la final, hice ese paso adelante que siempre me pedía y apuré con la volea, no sé cómo la devolvieron. La pelota le quedó regalada, Tomás remató con fuerza, pegó en el blindex y salió por tres. Así ganamos esa final, así ganamos esa liga, tremendo. Todavía recuerdo el grito de fascinación de una de las chicas y los aplausos. Yo también grité y me abalancé sobre Tomás, lo abracé. Él me levantó y me hizo dar una vuelta. Y a pesar de que el partido había durado casi dos horas y hacía calor, olía a perfume.

Después del partido, nos quedamos a esperar que terminaran las finales de las otras categorías para recibir los premios. Guardé la paleta en el bolso y me fijé en el celular si tenía mensajes de Juanjo o Larita, ninguno de los dos había escrito. Pensé en darles la buena noticia, pero entendí que era algo que solo me importaba a mí. Guardé el celular y Tomás llegó con una cerveza helada y cuatro vasos. Tomamos junto a nuestros rivales. Eran unos divinos. Brindamos. Mis amigas que me fueron a ver se acercaron a saludarme y me felicitaron. Me abrazaron, me dijeron lo bien que jugué. Me señalaron jugadas específicas y la mayoría reconoció el partidazo que hizo Tomás. Jugó como un campeón y creo que también por eso estuve con él esa noche.  

Tomamos cerveza, tomamos fernet. Me comí un chori. Había un dj. Apagaron las luces de las canchas. Bailamos. Recibimos los premios. Tenía un montón de cosas para decir, no me dieron el lugar. Había muchos premios que entregar. Recibimos los trofeos, las paletas, nos sacaron la foto, sentí su mano que acariciaba mi cintura, yo también lo abracé, sonreímos, volvimos a tomar.

A las dos o tres de la mañana, la fiesta se acabó. Estaba por pedir un Uber y Tomás me dijo que me llevaba. Me despedí de las chicas, de los rivales, del organizador y de cualquiera que estuviera a esa hora ahí. Me subí al auto y apenas hicimos una cuadra, me preguntó si la seguíamos en su casa. Me quedé en silencio. Fueron segundos muy incómodos, pensé en mamá y eso me dio bronca, hacía mucho tiempo que ni me acordaba de ella y justo en este momento me surgió su imagen. Dije:

—Podría ser. Un rato nomás.

Tomás puso música, DesaKTa2, a volumen bien alto y así llegamos a su casa. Vivía en Nueva Córdoba, en un edificio nuevo. Dejó el auto en el estacionamiento, subimos al ascensor, me miré en el espejo, le llegaba al pecho. Me abrazó.

—Somos campeones —me dijo y nos besamos hasta que el ascensor llegó al piso diez, donde estaba su departamento. Mientras abría la puerta y nos sacábamos la ropa y nos acariciábamos la espalda, pensé que no podía hacerlo, que tenía que detenerme, que debía irme a casa. Pero ya estábamos en su habitación, yo estaba sentada al borde de la cama, solo con la bombacha. Se paró y buscó algo en el ropero, en la parte de arriba. Una luz roja se encendió. Era un parlantito. Sonó “Mónaco”, la versión de Desaka2, y Tomás bailó, primero lento y luego con más ritmo. Se le marcaban las abdominales y los pectorales. Me extendió los brazos, me invitó a bailar. Me paré y le agarré las manos. Me hizo dar vueltas, me apoyó su cuerpo, sentí su pecho, su respiración cerca de mi oído, me cantó “…Tanta plata, que / que me gusta, que..” y nos reímos. Bailamos al lado de la cama hasta que terminó el tema y me dije a mí misma que ya fue, que fluya y, de a poco, me olvidé de Juanjo, de Larita, de mamá. Capaz estaba demasiado contenta por el campeonato, por los trofeos, las paletas que ganamos, las cervezas y los vasos de fernet que tomamos. Le acaricié la espalda, la cintura, la cola. Y también le canté “… bebiendo mucha champaña, nunca estamos seco…”. Se sacó el boxer, me quitó la bombacha. Esa fue la primera vez que estuve con él.

Según el autor

La jugadora de pádel es mi novela más cordobesa y más actual. Parece una historia de amor, de deseos, de infidelidades, de desencuentros, de pádel, pero en realidad es una historia que habla de la situación social y política actual. 

Fabio Gabriel Martinez(1981): Campamento Vespucio, provincia de Salta. Docente de nivel
medio. Publicó los libros: «Los pibes suicidas», «Dioses del fuego y otros relatos», «El grupo antipop del norte argentino», «la plaqueta Delivery», «La asombrosa Laguna del Cielo», «La Guardia de la noche» y «La jugadora de pádel».

Tiene su propia editorial Antipop. Fue parte de la colección Leer es Futuro llevada a cabo por el Ministerio de Cultura de la Nación. En la actualidad, coordina talleres
literarios. Produce eventos que cruzan la escritura con otras ramas artísticas en Historias Contemporáneas y Sinfonía del Sentimiento.

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