Hoy nos escribe… Reyna Carranza

 

 

 

 

Para aquellos que no me conocen

                                                                                                       

Cordobesa y escritora. Sexo femenino, adulta, más bien alta, nacida rubia, pero después tuve que disimular las canas y me convertí en pelirroja. Ojos claros.

La historia me encuentra sentada en un hueco cavado en la tierra, y hay un libro en mis manos. Es la imagen que tengo de mí misma en el exacto momento que vislumbré el tremendo desafío que era la vida. Tenía ocho años. Cada día, apenas regresaba del colegio de las monjas, me quitaba el uniforme azul y me disponía a cumplir con el rito. Primero, tomar la merienda que me servía mi madre: enorme tazón de café con leche y tostadas de pan blanco untado con manteca y dulce. El segundo paso era buscar el libro que estaba leyendo y correr a sentarme en el hueco que mi fox-terrier había cavado en la tierra, debajo del ligustrino en el patio del fondo. Él me prestaba su escondrijo a cambio de que le acariciara el lomo mientras le leía uno que otro fragmento. Es decir, compartíamos el origen y también la maravilla, que era como compartir la verdad y el tesoro. Pero no había misterios, eran cuentos de hadas y princesas. Sin embargo, mi perro ya sabía que la vida es siempre una larga historia de fantasmas. Yo recién estaba aprendiendo.

¿Qué es eso de esconderse para leer?, preguntaba mi padre, sorprendido. ¿Qué clase de travesura es esa de leer sobre la tierra húmeda? Y dirigiéndose a mamá, ¿qué lee tu hija?, ¿acaso es bueno pasarse horas con el cogote doblado sobre un libro? A todo esto era él quien me los compraba.

Ya grande entendí que fue definitivamente en ese pozo, que tan contento me cedía mi perro, donde comencé a construir mi destino. Me ayudaron mis padres, por cierto, quienes sembraron en mi alma el germen de todas mis novelas, las que ya he escrito y las que vendrán, porque no hay mejor estímulo que una mejilla cubierta, a tiempo, por muchos besos.

Mamá me enseñó todo, en especial a ser feliz con lo que me rodea; me enjugó las lágrimas después de cada porrazo, me hizo la sopa, el puré y el churrasco jugoso; con dos agujas me tejió abrigos para el invierno, y capotitas al crochet para mis muñecas. Papá, ese grandote parecido a Gary Cooper, me legó sus raíces y un profundo orgullo de pertenencia. Fue él quien me enseñó a amar el campo, los perros y los caballos, y que el mayor prodigio es el de la semilla que brota convertida en espiga. Pero hubo algo mejor: me dieron un hermano, con el que todavía juego a las escondidas por el espacio infinito.

Después, comenzaron a aparecer los fantasmas.

Sólo sobrevivió la niña que se escondía debajo del ligustro para leer libros de cuentos. Hoy puedo contarlo -en un gesto público y secreto al mismo tiempo-, porque hasta aquí me llega la luz de aquella infancia maravillosa.

 

La autora: Reyna Carranza nació en la ciudad de Córdoba. Es escritora y conferencista. Autora de las novelas «Cinco hombres, la intimidad imposible», «Para ahogar un loco amor», «Una sombra en el jardín de Rosas», «Donde vive la loba», «Tanto infierno, tanta belleza», «El secreto del guerrero»  y «Hablame de Tosco». Sobre todas sus obras se han realizado importantes trabajos académicos, tanto de género como de investigación y análisis literario.Ha publicado cuentos en diarios, revistas y en once antologías de cuentistas argentinos. En 2011 recibió el Reconocimiento al Mérito Artístico, otorgado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Provincia de Córdoba. En 2013 le fue otorgado el Premio Jerónimo Luis de Cabrera, máxima distinción que, por obra y trayectoria, otorga la Municipalidad de Córdoba. 

 

 

 

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