Hoy leemos… «La dama oscura»

Para cerrar la semana, compartimos un fragmento de la nueva novela de la periodista Cristina Pérez. En este texto, se nos presenta la figura de  Æmilia Bassano Lanyer, una prodigiosa música que conquistó el corazón de William Shakespeare.

“Baptista Bassano simula no darse cuenta de que la pequeña Æmilia lo sigue hasta el taller de instrumentos musicales que ha montado en la celda trasera de la antigua casa del prior. Sus rizos oscuros flotan en la luz y delatan sus movimientos antes de que ella los concluya. Es graciosa y ágil. Y quizás este juego con su padre sea su primera mascarada. El músico llega a la pesada puerta, la destraba y aparenta mirar de casualidad hacia atrás para descubrirla en su sigilosa persecución.

Siempre hacen lo mismo, llevando adelante la farsa como si no supieran el final. Y siempre estallan los dos en una carcajada. El hombre se sorprende a sí mismo por el deleite que le da esa risa de tantas notas musicales y briosa energía que contrasta con tan diminuta criatura.

Como cada día, la carga en brazos mientras ella toca su barba y ambos entran al espacio íntimo donde fabrica, repara o arma instrumentos que llegan para ensamblar desde su añorada Venecia. Hay un banco alto donde sabe que ella querrá sentarse para verlo trabajar con ojos curiosos y asombrados. Æmilia no sigue a su madre en los quehaceres de la casa como las otras niñas. ¿Qué hubiera hecho él sin esta niñita luego de perder a sus dos hijos varones? Él, que ha recibido instrucción musical de su padre, el gran Maestro Jerónimo Bassano, no tiene un hijo varón para pasar su linaje musical. Solo tres años tenía el pequeño Felipe al morir.

Menos de un año ha transcurrido de su muerte y todavía lleva esa pena encerrada en el pecho como la angustia que se desgrana sin consuelo entre las cuerdas del laúd durante una canzoneta triste. Fue poco después de aquella carta que escribió con sus hermanos a la reina, en el esperanzado año de su majestad, 1568. En la misiva prometían exactamente eso que él ya no puede asegurar: “la permanente educación a sus hijos en el virtuosismo para formarlos a fin de servir a su majestad, como ellos han hecho y continuarán haciendo”. Un movimiento de Æmilia lo saca abruptamente de su introspección. No puede creerlo. Ha tomado el corneto curvo y está soplando… Baptista observa, atónito. No puede ser. También sabe que debe cubrir los orificios con sus dedos. Baptista está perplejo. Su niña está tocando música o algo así, sin saber nada de nada. ¿Pero cómo es que lo ha aprendido? “¡Es tan bonita con sus mejillas infladas para juntar aire!”, se sonríe embargado por la ternura. “Pero ¿cómo ha ocurrido esto?”, se pregunta. Ella, que sabe que él la mira, busca ahora sus ojos y se ruboriza con orgullo. Está convencida de que lo que acaba de hacer le agrada mucho a su padre. Baptista deja una de sus herramientas con la que estaba puliendo una boquilla de marfil para otro corneto. Va hacia ella, embobado. Æmilia lo ve acercarse y deja el instrumento para estirarle los brazos. Cuando la levanta y la abraza le susurra al oído:

—Te enseñaré a ti, mi pequeña. Te enseñaré todo lo que sé. ¿O aca- so tú no eres ya toda la música?—“.

Sobre la novela

En pleno siglo XVI, las mujeres casi no tenían derechos en Inglaterra. No sabían leer ni escribir. Æmilia Bassano Lanyer, nacida en una familia de músicos y con formación de princesa, iba a enfrentar un mundo donde hasta la reina Elizabeth I pagaba el precio de ser mujer. Æmilia llegó a la corte como intérprete musical y compositora, pero también como amante de uno de los hombres más poderosos del reino. Fue la primera mujer en publicar un libro en la literatura inglesa y eso la uniría con un poeta y dramaturgo que empezaba a descollar: William Shakespeare. Subyugado por la misteriosa belleza e intelectualidad de Æmilia, él dejaría en sus sonetos registro de ese amor. Allí la menciona crípticamente como «la dama oscura» y hay investigaciones que aseguran que fue coautora de algunas de sus obras e inspiración de historias de origen italiano como Romeo y Julieta.

Fernanda Pérez

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