Hoy leemos… «Corazón de amazonita»

La nueva novela de Gloria Casañas nos lleva a vivir una gran historia de amor en medio de Iguazú con el encantador escenario de la selva misionera. 

Compartimos un fragmento del capítulo 3, de la novela «Corazón de amazonita» de Gloria Casañas. 

«-Por algún lado estará, lo dice el mapa.

El peligro de pisar una serpiente o caer en garras de alguna fiera aumentaba a medida que los hombres se adentraban en el monte espeso. Eran sólo dos, iban armados pero carecían de un arsenal de supervivencia.

-Maldito mapa, debe estar errado- respondió el otro, furioso.

La ropa de camuflaje disimulaba sus cuerpos entre la maraña de enredaderas y troncos anudados, aunque los traicionaba el brillo de las herramientas que usarían para cavar y el humo del cigarro de uno de ellos. 

-Apaga eso, me estás matando. Y vas a provocar un incendio. 

-¿Con esta asquerosa humedad? ¡Estás loco!

Caminaron en círculos, pisando la alfombra de hojas pútridas de las que emanaban olores penetrantes. De la oscuridad brotaban silbos, quejidos, voces roncas y el susurro inquietante del follaje. A cada momento parecía que algo los acechaba y de pronto, el supuesto animal invisible huía ante sus narices. 

-Es infernal este lugar. Nunca escuché tanto ruido en plena noche. ¿Quién dijo que la selva era silenciosa?

-Nadie. Ayúdame a levantar este tronco. 

El que había hablado sostenía una carcasa podrida y se esforzaba por apartarla del sitio donde creía haber encontrado lo que buscaban. Entre ambos lo voltearon y atisbaron con ayuda de sus linternas. Entonces, uno de los hombres profirió una maldición.

-¿Qué carajo es esto?

Levantó del suelo lo que le había parecido un trozo de corteza, en el que titilaba una lucecita roja. Se había desprendido de la carcasa, de seguro al moverla con brusquedad. Acercaron sus rostros para examinar aquel extraño objeto, hasta que escucharon un chasquido que se repitió en forma sucesiva. El primer hombre dejó caer el aparato y se frotó las manos contra el pantalón, como si temiese haberse envenenado al tocarlo. 

-No me gusta esto, Elidio, no me gusta nada. Dejémoslo ya, que nos paguen en mano, como corresponde. ¿A qué jugamos, a la búsqueda del tesoro?

Su hermano de leche compartía el temor supersticioso de Memo de estar invadiendo un territorio vedado al hombre, así que a regañadientes emprendieron el regreso hacia las jaulas apiladas a la vera del sendero que venían siguiendo. Mientras avanzaban a grandes pasos, Memo sintió bajo la piel el presentimiento de que algo iba mal, muy mal. Los monos capturados no chillaban, y ese silencio pesó en su ánimo con la fuerza de un presagio. 

-Qué fortuna nos haríamos si pudiéramos atrapar al tigre, ¿no, Memo? –decía su hermano tras sus pasos.

-¡Cállate, Elidio! Ni lo menciones, no vaya a aparecerse aquí mismito. 

-Pero bueno, estamos armados. ¿O qué, acaso es inmortal?

La leyenda decía que sí, que el mítico jaguar era inmune a las balas y machetes que no estuvieran bendecidos. Memo había escuchado de labios de los lugareños muchas anécdotas sobre apariciones del Jaguareté-avá, el hombre tigre. Se decía que era un tape viejo que tenía su rancho en la espesura, a la vera de un arroyo, y que se volvía tigre para carnear presas y dar de comer a su familia. Eran dichos de los mayores que, a fuerza de ser escuchados, entraban en la sangre como verdades a machete. Memo era supersticioso, más aún que Elidio, así que apuró el paso santiguándose. Los oídos le zumbaban de puro  miedo, impidiéndole escuchar los otros ruidos, los verdaderos. 

-¿Adónde vas tan lanzado? –se burló el otro al comprender la situación, y un poco para darse ánimos él mismo, lo toreó: -Ha de andarse revolcando en el cuerito para hacerse bicho, ¿no? Así dicen que se transforma el capiango

Memo ya no corría, volaba por sobre los troncos podridos, ansiando ver de una vez el jeep con el que se habían adentrado en el monte en pos de sus víctimas. Le parecía que las piernas se le habían vuelto de lana, y que sus pasos no lo llevaban a ninguna parte. 

-¿Escuchaste?

El llamado de Elidio le llegó lejano, a través de una nube de terror: 

-¡Memo!

Silencio. La bruma acalló sus voces y Memo se encontró de pronto junto al jeep y al montón de jaulas vacías, con las puertas rotas y ni rastro de la tropa de caí que acababan de capturar para vender por buena plata. 

-Los monos se fueron… –balbuceó, incrédulo.

Eran jaulas de presa con cerrojos y doble puerta. Resultaba imposible que los animalitos las abriesen. Memo contempló el desastre, enmudecido, y recién entonces reparó en que su hermano no respondía. Giró y volvió sobre sus pasos. 

-Elidio, si me estás jugando fiero, te mato –clamó, aterrorizado ante ese silencio espeso que no comprendía. 

El monte ominoso se cerraba ante él, impidiéndole el retorno. Memo farfulló palabras inconexas. Su machete y su revólver le resultaban inútiles ante la pasmosa sensación de que lo que había ahí era inmune a las artes humanas. 

-¡Elidio! –gritó con voz rota por el miedo, y cuando vio una sombra fugaz cruzando el cañaveral, echó a correr sin rumbo, despavorido, olvidado del jeep, de los monos y hasta de su propio hermano».

Sobre la novela 

 

Erik Andrade, especialista en felinos, sigue las huellas del yaguareté en el corazón de la selva misionera. En su vida errante no hay cabida para un amor definitivo, aunque desde que se sintió atraído por una mujer comprometida en un viaje al sur patagónico, algo en él ha cambiado. Amores imposibles o efímeros parecen ser sus únicas opciones por el momento, hasta que Lara Duval irrumpe en el horizonte, envuelta en insólitos acontecimientos de los que la joven artesana parece ser la pieza esencial. La ironía es que Lara también es un amor que se le escapa, tan esquivo como la hembra de jaguar que Erik busca sin descanso.

 

 

Sinopsis de la novela 

Erik Andrade, especialista en felinos, sigue las huellas del yaguareté en el corazón de la selva misionera. En su vida errante no hay cabida para un amor definitivo, aunque desde que se sintió atraído por una mujer comprometida en un viaje al sur patagónico, algo en él ha cambiado. Amores imposibles o efímeros parecen ser sus únicas opciones por el momento, hasta que Lara Duval irrumpe en el horizonte, envuelta en insólitos acontecimientos de los que la joven artesana parece ser la pieza esencial. La ironía es que Lara también es un amor que se le escapa, tan esquivo como la hembra de jaguar que Erik busca sin descanso.

Fernanda Pérez

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