Hoy leemos a… Gloria Casañas

Abrimos nuestra sección de verano con Gloria Casañas quien nos comparte un fragmento de su novela «La mirada del puma».  

La historia nos lleva a Los Notros, el pequeño pueblo cercano a la cordillera de los Andes. Allí personajes ya conocidos (de «En alas de la seducción») junto a otros nuevos, son protagonistas de este apasionante relato. Empezá a leer, seguramente te vas a enamorar de este libro.  

 

 

 

 

«El casco de El Almojarife semejaba un palacio de Oriente por el lujo de la construcción y los placeres que su dueño ofrecía al deleite de los huéspedes. La propiedad rural era inmensa, aunque en su mayor parte se la dejaba librada a la naturaleza para que nada opacase la profundidad de los bosques ni la aridez del monte. Sólo el sector cercano al edificio principal se había transformado en parque, con fuentes rumorosas y setos recortados de formas extravagantes. El camino de acceso estaba pavimentado de mármol rosa con vetas insinuantes, como si cada piedra hubiese sido esculpida por un artista exquisito. Faroles marroquíes se mantenían encendidos durante la noche, a fin de guiar a los cazadores que regresaban de sus correrías. La escalinata de entrada se bifurcaba en dos galerías que culminaban en una glorieta con patio y hermosas enredaderas. Allí, envueltos en el perfume silvestre, bebían champán los recientes pasajeros de la hacienda: dos hombres maduros y uno más joven, que se mantenía alejado de la conversación.

 

Omar Yusuf hizo su aparición bajo el foco que iluminaba la glorieta como una estrella en la noche. Vestía pantalones negros y un saco borgoña de solapas labradas. Todo en él rezumaba riqueza: el anillo de oro con el rubí tallado en su dedo meñique, el pañuelo de seda anudado con flojedad, los mocasines de ante y el nácar incrustado en la boquilla de ébano. Llevaba bien su cincuentena, gracias a los afeites que utilizaba. El cabello se rizaba con vigor en torno a su rostro de pómulos marcados y cejas gruesas. Los ojos eran su rasgo sobresaliente, rodeados de pestañas que les conferían un mirar aterciopelado.

 

Movió las manos en un gesto de bienvenida.

-Ya de regreso, mis amigos. Esperaba que estuvieran atareados esta noche.

Los hombres soltaron un gruñido casi al unísono. Ambos vestían ropa de fajina y se veían molestos. Uno de ellos, de ancha espalda y cabello rubio muy corto, se caló los anteojos para dirigirse a su anfitrión.

-Y nosotros esperábamos tener más suerte– replicó.

 

El otro hombre nada dijo. Fumaba escudriñando la oscuridad con sus ojos castaños. Alto y delgado, con un leve brillo platinado en las canas, poseía un perfil aristocrático que lo diferenciaba de su compañero. Su casaca de cazador tenía un corte impecable, en tanto que la del rubio parecía una bolsa para elefantes. Habían llegado juntos, pues se conocían desde hacía tiempo y acostumbraban a emprender largas temporadas de cacería, aunque esa vez llevaban a un invitado. El tercer hombre bebía cerveza repantigado en su silla, con la pierna colgando sobre el apoyabrazos y la expresión aburrida. Era evidente que no le interesaba la charla entre su padrino y el otro sujeto, y que permanecía en su compañía ante la falta de otro plan mejor.

 

Omar Yusuf no simpatizaba con el joven, sospechaba que podría traerle problemas si no estaba dispuesto a salir cada noche detrás del puma. Él podía ofrecerle todas las comodidades en su bungalow, pero Dan Eliot se le antojaba más un rebelde sin causa que el heredero de la fortuna de Stuart Eliot.

 

-¿Entonces?– aventuró, acercando su propia otomana -¿No hemos tenido suerte?

El gigantón rubio masculló algo en su idioma, de seguro alguna grosería. Stuart Eliot aplastó su cigarrillo en el cenicero de cristal y comentó:

-El primer día no cuenta. De haberlo cazado hoy, ya no nos quedaría otra cosa que procurarnos piezas pequeñas. ¿O acaso se puede llevar más de una cabeza por persona?

La pregunta iba dirigida a Yusuf que, como anfitrión y conocedor de la zona, sin duda sabría cuáles eran los reglamentos vigentes. Los turistas confiaban en él.

 

Omar evaluó el interés de cada uno. Stuart era un hombre fino, acostumbrado a satisfacer sus propósitos, correcto en su proceder. No convenía engatusarlo por el momento. Los cazadores poseían ciertos códigos y cualquier desliz de su parte haría fracasar el turismo en su estancia. Se correrían voces acerca de sus métodos y se cancelarían muchas reservas. El otro era una bestia, lo único que deseaba era ver sangre, si era posible corriendo por su mano. Omar conocía a los de su calaña, por ellos había organizado aquella empresa. En cuanto al más joven, quizá apreciase más la compañía de Sandra que la de su padrino. Lo sondearía más tarde. Alguna debilidad tendría: alcohol, drogas, mujeres, algo habría en su vida que lo motivase.

 

Omar cultivaba la paciencia, era una de sus virtudes más productivas.

Hizo una seña al camarero que aguardaba, discreto, para servir el champán. Se recostó luego con donaire, procurando encontrar una respuesta neutra, cuando de pronto el hombre joven soltó:

-Creo que allá arriba, en el cerro, hay un gato salvaje.

Omar sintió un escalofrío subir por su columna. ¿Adónde había ido el imbécil?

-Es más seguro encontrarlos aquí, en la parte baja– contestó, reponiéndose de inmediato-. Los pumas suelen buscar comida en el valle, sobre todo en noches frías como esta. Por otra parte– agregó, ofreciendo su mejor sonrisa -, sugeriría que no incursionaran por separado, es peligroso.

 

Daniel contempló al sirio con sorna. La cacería era sólo una excusa para deambular por distintos lugares, un pasatiempo de su padrino que le brindaba diversión, por eso había aceptado acompañarlo. Lo que él buscaba en el monte era la gatita salvaje que conoció en la oficina de Parques. La chica lo había impactado con su belleza exótica y sobre todo, con su carácter. Era una rara combinación de reserva y audacia. Ninguna otra muchacha se hubiese atrevido a encararlo de esa manera, y a él le encantaban los desafíos. Empinó la botellita de cerveza y luego la echó a rodar por el suelo, hasta que se detuvo en los mocasines de Omar Yusuf.

-Qué raro– dijo, como si reflexionase -, juraría que había un felino en aquel monte.

 

Omar apretó los dientes para contener una réplica mordaz. Sabía distinguir una burla y aquel insolente se estaba burlando de él y quizá también de su padrino. Se le escapaban las razones, como no fuera el simple deseo de importunar, algo muy propio de los inútiles que gozaban de la fortuna de otros sin haber hecho nada para aumentarla.

Stuart Eliot lanzó a su ahijado una mirada reprobatoria antes de incorporarse.

-Sea como sea, no lo volveremos a ver hasta mañana, de manera que me retiro, señores. ¿Vienes?

Dan se encogió de hombros. No tenía otra opción. Omar se levantó también, cortés, deseando buenas noches a sus huéspedes. Al quedarse solo en la glorieta, se acodó en la barandilla y contempló la noche profunda. Nevaría dentro de poco, lo que agregaría un elemento de aventura a la caza. Algunos preferían la dificultad extrema, y sospechaba que Stuart Eliot era de esos. Sonrió. No iba a defraudarlo. Su contacto en Quetren-co le había prometido dos ejemplares formidables.

 

Si no nevaba antes, los tendría en su coto dentro de un par de días. Vació la botella de champán en la copa que Daniel no había usado y bebió con deleite mientras sus ojos vagaban por el imperio que había levantado con artimañas y dinero, mucho dinero. Aquella tierra estaba preñada de promesas para un hombre de visión como él. Debía apresurarse, sin embargo. Ya había otros visionarios en el valle, como el ingeniero Silvester, que construía el hotel termal. Y llegarían más, atraídos por las grandes extensiones y la corrupción de los funcionarios locales. En Los Notros existía sólo un problema: los empleados de Parques Nacionales, incorruptibles todos hasta el momento. Sin embargo, Omar Yusuf sabía acariciar proyectos en la intimidad, aguardar el momento y dejarlos germinar. Así lo había hecho cuando envió a sus hombres tras Newen Cayuki en el pasado, sólo que los imbéciles habían decidido actuar por su cuenta y trabar negocio con la esposa del patrón de La Señalada, en lugar de mantenerse fieles al plan original. Eso les había valido el despido y también un buen susto. Él no dejaba cabos sueltos. Lástima por Isabel Fournier, era una bella hembra. Podrían haberla pasado bien juntos, pero una mujer despechada era capaz de todo y, por lo que pudo averiguar, aquélla le había jurado venganza al guardaparque de Los Notros desde hacía mucho, incluso antes de que el hombre llegara al lugar. Omar sonrió de nuevo bajo el bigote recortado. Quién lo hubiese dicho: la esposa del terrateniente, envuelta en un turbio asunto que venía de lejos. Las mujeres podían deparar sorpresas. A él no le gustaban las sorpresas, por eso tenía a Sandra, que no pensaba por sí misma, vivía sólo para proporcionarle placer y disfrutar de las comodidades que él le ofrecía en su campo. Iría a su cuarto esa noche, la sorprendería. Ella estaba acostumbrada a ser llamada a su presencia, no esperaría verlo sin previo aviso. Mejor. Que supiese que en El Almojarife su voluntad era lo único que contaba.

 

Más tarde, Daniel escuchó pasos amortiguados en el pasillo y observó, desde la oscuridad de su cuarto, la figura de su anfitrión deslizándose hacia un sector apartado de la casa. Aquel hombre era más de lo que aparentaba y sin duda su padrino, que no era tonto, lo habría advertido. A decir verdad, nada en ese pueblo era lo que revelaba su superficie. Y recordó con nostalgia el rostro de ojos rasgados que no pudo hallar en el monte.

 

 

Sobre la autora 

 

 

Abogada por la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, se desempeña en esa casa como Profesor Regular Adjunto en la cátedra de Historia del Derecho Argentino, con énfasis en los temas de Historia de España, Derecho Indiano y Pueblos Originarios.

 

Ha cursado estudios de Ciencias Antropológicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y se encuentra cursando actualmente la carrera de Intérprete Naturalista en la Escuela Argentina de Naturalistas.

Es autora de novelas «En alas de la seducción», «La maestra de la laguna», «Y Porá», «El ángel roto», «La canción del mar», «Por el sendero de las lágrimas», «La salvaje de Boston», «La mirada del puma» y la trilogía «Noche de luna larga», «Luna quebrada» y «Sombras en la luna», todas bajo el sello Plaza&Janés de Penguin Random House.

 

 

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