Diez preguntas "Babilónicas" para Raquel Garzón

La periodista cultural y poeta responde a nuestro cuestionario.

“Somos en parte todos los libros que nos conmovieron y que nos dieron ganas de escribir”, afirma Garzón quien en cada declaración va develando su universo literario y creativo.

 

 

 

–  ¿Cuándo apreció tu vocación de escritora?

– Tengo imágenes muy lejanas de mí «queriendo escribir algo». Las primeras son del jardín de infantes: me recuerdo tratando de imitar las líneas de los libros que todavía no sabía leer, dibujando de izquierda a derecha largas sucesiones de montañitas; mientras otros chicos pintaban jardines, globos aeorostáticos, payasos o animales fantásticos, yo tenía claro que lo que quería era contarlos. Ese impulso inicial se fue ahondando y aunque con matices y desvíos (el periodismo se come la mayor parte de mis horas por escrito), no pasa un día sin que la literatura me roce de algún modo. 

 

– ¿Hubo algún libro que te marcó como lectora y/o escritora?

– Muchísimos. Somos en parte todos los libros que nos conmovieron y que nos dieron ganas de escribir. Me quedo, pero sólo por una cuestión de espacio y para no aburrir, con algunos que me encantó leer y a los que vuelvo cada tanto, abriendo una página al azar: Fragmentos de un discurso amoroso, de Ronald Barthes, Bartleby & Cía, de Vila-Matas, la poesía de Olga Orozco, la de Edgar Bayley, la de Borges, a quien suele celebrarse como cuentista sin detenerse en sus poemas. También las novelas de Richard Ford, los cuentos de Raymond Carver, y clásicos más lejanos: Chéjov es precioso (y muy útil para un escritor su Cuaderno de notas), Henry James y Edith Wharton siempre me enseñan algo y todavía recuerdo cuánto disfruté Rojo y negro, de Stendhal. Aira, Levrero, Piglia, Cohen, Fogwill… estamos rodeados de magnífica e inspiradora literatura.

 

– De tus creaciones literarias, ¿hay algún libro por el que tenés un afecto especial?

– Los afectos cambian porque el tiempo pasa y al volver a algunas páginas ya no nos representan. Pero cuando releo algunos poemas de Cataclismos, me alegra haberlos escrito (el Poema urgente, por ejemplo, que era el que más le gustaba a mi papá). Creo que esa es la medida: que los textos toquen algo de lo que quisiste decir porque mucho de la poesía es tratar de dar con una sensación, una intuición, una idea, siempre elusivos. En este sentido, Riesgos de la noche, que compila poemas de humor noctámbulo, y Monstruos privados, una reflexión privada sobre miedos cotidianos, también siguen diciéndome. Milito, con todo, en el presente y me parece que hay que darle crédito a lo que estamos escribiendo ahora mismo.

 

– ¿Cómo es tu rutina de escritura?

– Como vivo de escribir, periodismo mediante, es difícil que haya un día sin escritura para mí. Por las mañanas trabajo en casa y adelanto los artículos o columnas pendientes. Siento que tengo la cabeza más clara, que las ideas sobrevienen con más facilidad que por las noches. Las tardes las dedico más a la edición, a la relectura, a poner en orden series de materiales.

Poesía escribo siempre y cada vez que puedo y cuando viajo llevo siempre una libreta de apuntes, a pesar de que por razones profesionales difícilmente lo haga sin una netbook. La palabra escrita a mano se lleva bien con los raptos. Quizás un cuento o un poema no salgan intactos de un impulso, pero me ha pasado apuntar algo que con el tiempo se convierte en ellos y que nació de la persistencia de un verso o de una idea que se apuntó originalmente en uno de esos anotadores.

Recuerdo que la primera oración de Ella, un cuento que escribí hace muchos años, llegó justamente así: «Se preguntó cuándo había comenzado a desearla.» y de esa frase, que me acompañó por días, nació la historia.

 

– ¿Qué te inspira para empezar una creación literaria?

– Todo. La poesía se nutre mucho de detalles. De pensamientos y sentimientos mínimos que crecen hasta llenar la página. A veces puede ser algo que estoy leyendo, pero en ocasiones también, dar con una sensación que en principio no logra ser definida.

Pero también hay estímulos concretos. Una vez me invitaron a un programa de televisión cultural -lo conducía Silvia Hopenhayn, que ha tenido varios, creo que fue La lengua suelta- en el cual se proponía un juego. Tomar una palabra por programa y convocar a los invitados para que la definieran.

A mí me tocó «asombro». Fue muy inspirador y con el tiempo, parte de esta definición se convirtió en un poema, Asombro & Cía, que dice así: «Hijo del azar, padre del desconcierto/ quién pudiera, nadando en sal,/ oler a menta y limón en tus riberas.// Gurú de la extrañeza,/ patriarca de la siembra/ concédenos, el mejor rostro del fuego:// Que, después del amor,/ lo amado siga allí,/ al abrir los ojos.»

 

– Cómo lector, ¿cuáles son tus géneros favoritos?

– Soy una lectora omnívora, leo un poco de todo, pero lo que empaco de vacaciones es una buena novela. El ensayo y la crónica me ganan cada día un poco más, sin embargo. Recuerdo una bellísima colección que sacaba hace ya varios años Sudamericana: In Situ. La idea era escribir sobre un lugar. María Moreno eligió las plazas y armó Banco a la sombra, un librito delicioso, con distintos artículos. Alan Pauls escribió sobre las playas, Edgardo Cozarinsky sobre cines y así. Celebro la originalidad más allá del género. Me gustan mucho, también, los diarios de escritor y papeles privados, las biografías.

 

– Además de la escritura, ¿qué otras actividades te gustan?

– Viajar y conocer lugares nuevos, andar en bicicleta, caminar, escuchar música, descubrir restaurantes. Me encantan las antigüedades, así que ir a los mercados de pulgas de distintas ciudades me divierte mucho. El cine, el teatro, cada tanto un buen concierto. Me gustaría poder asistir más a festivales. Ahora mismo, mientras escribo, en Buenos Aires se desarrollan el Festival Internacional de Teatro y el de Literatura; en Rosario el de Poesía y hace poco compartimos la Feria del Libro de Córdoba. La oferta cultural es inabarcable y siempre siento que veo mucho menos de lo que me gustaría.

 

– De los últimos libros que leíste, ¿cuál le recomendarías a nuestros lectores y por qué?

El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Es un texto magistral sobre la pérdida y el duelo, instancias que nos hermanan y nos prueban ante situaciones límites.

 

Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia porque creo que es una de las novedades literarias del año: lo que empieza a hacer Piglia en este volumen es regalarle su vida (y los diarios de escritor que llevó por más de medio siglo) al personaje que construyó a lo largo de sus libros. Como lectora lo disfruté mucho y creo que resignifica su obra.

 

Relatos reunidos, de Marcelo Cohen, por su fantástica calidad tanto a nivel de imaginación como de búsqueda del lenguaje. Cohen ha delineado un ambicioso universo literario que usa la forma de la ciencia ficción (él la llama «sociología fantástica» y es más exacto) para hablar de todo: amores, filosofía, nuestra relación con el trabajo, con el presente, con la memoria, con la tecnología y sobre todo, con el lenguaje.

 

Acabo de terminar Salvapantallas, del costarricense Luis Chaves y también me gustó mucho. Es una novela hecha como un puzzle, sumando fragmentos de distintos momentos de su vida. Más conocido como poeta, me parece interesante acercarse a su obra en prosa.

 

– ¿Podrías recomendarles además algo en materia de teatro, cine, plástica o música que te haya gustado mucho en los últimos tiempos?

– Me gusta mucho la música de Jorge Fandermole y lo sigo desde hace años. Lo escuché hace poquito en un recital en Velma Café, que fue grandioso y a la vez, íntimo. De las canciones de cuna (Lo que usted merece) a melodías que tienen fuerza casi de trinchera y de himno (Canto versos), es un poeta superlativo. Estén atentos a sus presentaciones.

Y para los amantes de las series (yo lo soy), no se pierdan las siete temporadas de Mad Men (Jon Hamm es tan bello y oscuro como William Holden en Sunset Boulevard) ni la puesta en pantalla de ER emergencias, que en idioma original está emitiendo Warner de las quince temporadas de esa drama médico de antología.

En teatro, disfruto mucho las propuestas de Claudio Tolcachir (La omisión de la familia Coleman, El viento en un violón) y las de Mauricio Kartun (El niño argentino, Terrenal) y siempre me interesa ver qué tiene entre manos.

 

– ¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto? 

 – Sí, estoy tratando de darle forma final a dos series de poemas que vengo trabajando desde hace tiempo; leí algunos de ellos en Córdoba durante mi presentación en la Feria. Una se llama La lejanía. Ejercicios de distancia y es una exploración sobre distintas formas del desapego, un intento por tomarme el tiempo necesario para contemplar sensaciones, estados, ideas. Algo que nuestra cultura cada vez hace menos porque lo que se pide de nosotros es producir: hacer y más hacer, sin pausa.

La otra se llama Sucede y tiene la lógica del trabajo en curso (work-in-progress): algo que está haciéndose y que cambia, mientras pasa el tiempo, mis hijos crecen y re aprendo el mundo con ellos. 

Para mí la espera es una estación necesaria de la poesía. A veces pasan años entre que escribo una serie y la publico, porque me gusta volver a los poemas, releerlos y ver si el texto resiste el paso del tiempo, tras la euforia inicial. Hay mucho de eso cuando damos con un verso que nos gusta: nos gana una emoción arrobadora, parecida a alguna forma del enamoramiento. Y como editora sé que conviene dejarla reposar y ver si la página se salva del «efecto metejón».

 

 

Datos de la autora 

 

 

Raquel Garzón es cordobesa, poeta y la primera periodista de una familia de médicos y abogados (aunque para no desentonar, cursó esta última carrera y se recibió con honores). Ha publicado cinco libros de poemas, los dos últimos, Riesgos de la noche y Monstruos privados, editados por Alción.

 

Se dedica desde 1995 al periodismo cultural y es Editora Jefa de Ñ, la Revista de Cultura del diario Clarín. Colabora con EL PAIS, de Madrid, medio en el cual trabajó durante los años 2003 y 2004. Columnista del semanario online Contexto (ctxt.es), cuyo Consejo Editorial integra, se desempeña, además, como Directora Adjunta de De Las Palabras, un centro de investigación y formación en periodismo, redacción creativa y humanidades (www.delaspalabras.com).

 

Vive en Buenos Aires con sus dos hijos y su marido. Ama viajar y leer. Se considera feliz (siempre un poco más, los días viernes).

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