COVID 19: Narrar, pensando en el mañana

En el marco del aislamiento social, preventivo y obligatorio, El Emporio Ediciones propuso a sus autores escribir cuentos breves pensando en algún futuro posterior a la pandemia. Así, fueron surgiento textos que bajo la consigna #relatosdelmañana se pueden leer diariamente en las redes de la editorial y la librería. 

Más de un autor o autora ha manifiestado que en estos días de cuarentena y de coronavirus,  se hace difícil escribir. Incluso muchos y muchas han expresado que también que les cuesta concentrarse en la lectura. Días atrás, en el vivo que compartíamos en Babilonia, exponíamos que en tiempos de incertidumbre se hace difícil la concentración. ¿Acaso hay mayor ficción que la que estamos viviendo en este mundo real? ¿Es posible dejarse sorprender con un nuevo libro cuando no tenemos certezas de casi nada? Son interrogantes que nos interpelan y que dan lugar a nuevos interrogantes.

Pero como estamos hechos de historias, el arte de contar es también una herramienta valiosa para sobrellevar los días. Y es por eso que desde el sello local El Emporio Ediciones lanzaron una propuesta a sus autores: escribir cuentos breves pensando en algún futuro posterior a la pandemia.  Humor, distopía, realismo, drama… Poco a poco distintos géneros fueron surgiendo entorno a la consigna #relatosdelmañana.

Cada una de estas producciones literarias se comparten diariamente en las redes de la librería y de la editorial El Emporio (El Emporio Ediciones y El Emporio Libros en Facebook,  @el_emporio_libros y @elemporioedicionescba en Instagram).

“Esto surgió con la intención de ponernos en movimiento ante la situación de crisis, de aislamiento. Les propusimos a los autores que pensaran sobre cómo sería el mundo después de la pandemia a través de cuentos de no más de 3 páginas”, cuenta Tamara Sternberg de El Emporio, quien sobre la posibilidad de hacer algún libro con este material agrega: “La consigna no fue planeada para hacer un libro, pero con el grupo editorial pensamos que puede ser interesante publicar algo con este material. Es un momento en el que las emociones nos atraviesan y la literatura viene a poner algo de luz. Todavía no sabemos si será digital o en formato papel. Estamos evaluando distintas alternativas, pero sí estamos pensando en la publicación”.

Los escritores que participaron de #relatosdelmañana son: Fernando López, Marcelo López, Liliana Alem, Rosa Di Carlo, Luisa M. Ahumada, Daniela Kaplan, Federico Keenan,  Silvina Ruffo, Víctor Pombinho Soares, Milena Espinosa, Carola Lagomarsino y Cristina Bellisonxi.

Relatar (y leer) el mañana

Si bien estos textos pueden leerse diariamente en las redes del El Emporio, a continuación compartimos dos pertenecientes a Víctor Pombinho Soares y Carola Lagomarsino. 

El asadito (Víctor Pombinho Soares)

Los autos iban llegando, silenciosos, a la quinta de Don Torcuato. Pedro manejaba su camioneta Toyota Caos y trataba de pensar cuándo había sido la última vez que se había sentido tan nervioso. Las manos le transpiraban y se las secaba en los pantalones. No le gustaba mentirle a Olivia, pero sabía que ella no comprendería. Le había dicho que se iba a jugar al fútbol con compañeros de la oficina.

Al llegar a la tranquera, hizo la seña convenida con las luces de la camioneta y un empleado se acercó a abrir. Avanzó unos metros y estacionó al lado de otras dos 4×4 que nunca había visto. Apenas se bajó, vio venir a caminando a Jorge, su antiguo compañero de colegio. Él no parecía nervioso.

—¡¿Qué hacés hijo de puta?! ¡Tanto tiempo!

—Acá ando Jorgito, todo bien.

—Estás igual, eh. Vení, acompañame al quincho que te voy a presentar a unos amigos.

—Esperá, te traje esto.

—Uhhh, este es bueno de verdad, eh, cosecha 37. Sos un groso, amigo.

—No es nada. 

Mientras caminaban hacia el quincho, Pedro volvió a mirar asombrado la fastuosa casa de fin de semana de su amigo. Dos pisos, pileta climatizada, un parque enorme… Era obvio que con su laburo en la Justicia no podía haber hecho tanta plata. Todo tenía que ser producto del tráfico.

Sintió palpitaciones y lo agarró del brazo a Jorge, que caminaba adelante.

—Jorge, ¿es seguro esto?

—Sí, papá, quedate tranquilo.

—Pero mirá que está jodido el Gobierno últimamente.

—No seas boludo, Peter. ¿Vos te pensás que me van a hacer algo a mí? Soy secretario del juez Lamborghini. 

—Bueno, ya sé, pero viste… desde que tengo un hijo trato de no meterme en problemas. Tengo miedo de caer en cana o algo.

—Pedro, dejate de joder, relajate y disfrutá. Vení que te presento a Ignacio, Teo y Joaquín, todos amigos. Muchachos, él es mi colega, del que les hablé. 

Uno a uno fueron estrechándose las manos, dándose palmadas en el hombro. Ya todos tenían un vaso de vino en la mano y alguien les sirvió un poco más. Pedro dio un rápido sorbo para serenarse. Ignoraba qué tinto le habían dado, pero era de primera. De pronto, una ráfaga de viento le trajo el aroma de la carne. Unos empleados hacían el asado a poco metros y Pedro empezó a transpirar.

—Jorge, ¿cómo hiciste para conseguir? Yo hace meses que busco por todos lados y nadie tiene, preguntó Ignacio, mientras aspiraba el humo de su porro con placer.

—Mirá, sé que la cruzan desde Paraguay caminando, después la bajan por el Paraná en barco y al final me la tiran desde una avioneta en un lugar que me avisan un día antes.

—¿Y cuánto te la cobran? — preguntó Joaquín, que estaba totalmente excitado, con los ojos desorbitados.

—No te voy a decir, pero es carísima. La calidad paraguaya es cada vez mejor, hace años que tomaron la delantera. 

—Dale Jorge, mirá que vamos a pagar a la romana, ¿eh?, dejate de joder —exclamó Teo, el más serio de los tres desconocidos.

—Nada de eso, amigo. En mi casa invito yo, respondió el anfitrión con una sonrisa.  

Una chica vestida con un uniforme se acercó con una bandeja de choripanes y todos agarraron uno. Pedro le puso chimichurri y le dio un tarascón. Sus papilas se sobresaltaron. Cuánto hacía que no probaba algo tan delicioso, por Dios. Todos los riesgos valían la pena. 

Se quedó mirando un rato el fuego, fascinado. En su ensoñación, un recuerdo inesperado se hizo presente. De chico, poco antes de la Pandemia, con sus padres y su hermano habían ido a comer a un restaurante vegetariano en la Avenida Corrientes. El pidió milanesa de soja y le puso abundante limón. Pero apenas dio el primer bocado supo que algo no andaba bien. El gusto era asqueroso. No había llegado a comer la mitad de la milanesa cuando sintió una punzada tremenda en el estómago. 

Se levantó y salió corriendo rumbo a la puerta de calle, demasiado apurado para buscar el baño. Llegó a la entrada, pero no aguantó y vomitó la puerta de vidrio. Finalmente pudo salir y terminó de vomitar en medio de dos autos. Su mamá ya estaba a su lado y le preguntaba cómo se sentía. Al volver a entrar al restaurante, un mozo limpiaba su vómito y se puso rojo de vergüenza. Qué mala publicidad, masculló su padre, mientras pagaba la cuenta.

De pronto, un ruido atronador lo trajo de vuelta a la quinta y al asado. Era un helicóptero aterrizando en el parque. De él bajaron cinco policías cubiertos con pasamontañas y armados con ametralladoras.

—Todos al piso, hijos de puta —gritó un uniformado, mientras los demás apagaban el fuego donde un inmenso costillar terminaba de asarse.

Obedecieron al instante. Después de todo, ninguno era un delincuente consumado. Solo pagaban el precio de un gusto primitivo, prohibido hacía pocos años.

La jalea de Frambuesa (Carola Lagomarsino) 

 

La casa estaba limpia, demasiada limpia, ya la había limpiado más de cincuenta veces… conocía las vetas del piso de madera de memoria. Pero su conciencia, ¿quién limpiaría su conciencia? La de un hombre cuya codicia había destruido el mundo.

Su reloj interior se había averiado después de tantas horas de encierro, tenía un apetito voraz, llenaba su aburrimiento con galletitas.

El oso pasaba debajo de su balcón, era la sorna misma, lo provocaba con su caminar altivo, dos o tres veces por día pasaba por debajo de su ventana, le tiraba a veces unos maníes, que rebotaban contra la pared y caían al suelo, sin nunca llegar a las manos del humano. El oso se alejaba riendo, ojalá, pensaba, no salga el hombre hasta que aprenda lo que es el verdadero encierro. El que te hace volverte vago, obeso, iracundo y melancólico.

El oso nunca había ostentado un pelo tan brillante, ¿vio… lo que puede hacer el sol? Cuando se enfrentaba a su reflejo en la vidriera de un banco vacío, estaba conforme, ¡qué bello animal!

Multitudes de aves pasaban entre los rascacielos; desde que era cachorro, nunca oso había sido tan feliz. Pronto, llegaría la primera nevada del año.

El hombre daba vueltas en su pieza como los helicópteros en el cielo, no había escapatoria. Tenía sobre la mesa un pequeño cuaderno donde anotaba todas las buenas resoluciones, todas las cosas que quería hacer cuando se terminase el encierro. La primera, ya estaba tachada: matar al oso.

No, eso no serviría, por más celos que le tuviera, sería como volver al comienzo de todo ese infierno, sería como no haber aprendido nada de todo eso. El hombre ya no podía ser tan soberbio y creerse el único inquilino del planeta.

El oso pasó una vez más antes del anochecer. Silbaba una melodía alegre, se acostumbraba bastante bien a caminar sobre el asfalto frio, de tanto andar, conocía el barrio como la palma de su mano.

Pero una mañana, al hombre, se le permitió salir nuevamente; el oso sintió que se le erizaba la pelusita detrás de sus orejas, tenía miedo. Se acercó con cuidado a la calle donde vivía el ser humano: nadie en los balcones, nadie en las calles… ¿Dónde entonces? ¿Dónde se escondía ese depredador nato, ese enemigo milenario? Estaba seguro de haber escuchado a lo lejos los festejos …los hombres habían salido riendo y bailando de sus casas oscuras, ruidosos, como siempre cuando estaban en manada.

El oso miró hacia el bosque de pino que marcaba los límites entre la civilización y la naturaleza. Los árboles se movían de forma extraña, estaban hablando entre ellos.

El animal carnoso entendió el mensaje, el hombre libre había ido hacia ellos, se encontraba corriendo entre los troncos perfumados, buscando otro espécimen de su especie para jugar o aparearse.

El oso se froto el hocico, miró hacia el balcón. La puerta que daba a la calle estaba entreabierta. Subió las escaleras, nadie. Entro al departamento del hombre, era rico el olor a cera de abeja que flotaba en el lugar, pisó un pedazo de tela, un barbijo olvidado, ya innecesario. La heladera estaba llena de cosas sabrosas.

Sacó una reposera del armario de la habitación y se sentó en el balcón con un pote de mermelada de frambuesa en la pata.

La cuarentena había sido una cosa extraña. Sin dudas, el hombre definitivamente reconoció por fin que no podía ser feliz alejándose de la naturaleza.

El oso trago un sorbo de la deliciosa jalea rosada y eructó ruidosamente.

Si el hombre decidía volver a su departamento, el oso no se molestaría, tenía otra reposera en el armario, mucha comida en la alacena y el balcón era espacioso. Podrían compartir el lugar y ver juntos el atardecer, el primero del nuevo mundo.

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