Comentario: "El corazón del tártaro" de Rosa Montero

 

 

 

Hay diversos infiernos. El infierno interior, ese que nos acecha desde el lugar más recóndito de la memoria y el inconsciente. No sabemos muy bien de donde viene ni hacia dónde va, pero allí está, acechando, dispuesto a asaltarnos en el momento de mayor vulnerabilidad.

 

Hay un infierno externo que irrumpe en nuestras vidas sin pedir permiso. Podemos buscar la manera de alejarlo, de abstraernos, de exorcizarlo, pero más tarde o más temprano nos rodea y nos envuelve.

 

Hay un infierno que es el que construimos a partir de nuestros propios actos. Habla de nuestras debilidades, de esa incapacidad de cambiar el rumbo, de esa tendencia a equivocarse una y otra vez.

 

Todos y cada uno de estos infiernos marcan la existencia de Sofía Zarzamala – Zarza-, la protagonista de “El corazón del tártaro” de Rosa Montero.

 

En esta novela, la autora ofrece un atrapante relato en el que rompe los cánones del tiempo y la cronología. Aunque la trama transcurre a lo largo de un solo día, esas 24 horas son suficientes para que Zarza viaje al pasado. En ese retorno descubrimos la presencia de un padre oscuro; de un hermano peligroso;  de una hermana que ha elegido la vida burguesa; de un hombre dispuesto salvarla y a quererla; y  de otros tantos personajes que nutren la trama. Pero también se nos revela una Zarza a quien la infancia le ha dejaddo heridas, y a la que la noche y las drogas le han quitado la voluntad y el alma.

 

Junto a esos componentes narrativos, surgen otros andamiajes literarios que ayudan a construir la historia, entre éstos la aparición de una inédita novela medieval que se transforma en un gran disparador para reflexionar sobre la condición humana.

 

“El corazón del tártaro” pareciera ser un pequeño drama familiar, pero a medida que se avanza en su lectura éste va creciendo hasta desplegar una gran tragedia existencial que por momentos se roza la intriga y el suspenso.

 

Lúcida, sincera y potente, Rosa Montero despliega en estas páginas su arte de escritora y de cronista para reflexionar sobre la vida que, pese a sus infiernos, “merece ser vivida”.  

 

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