Clásicos para leer en el colectivo

En esta sección que compartimos una vez al mes la obra elegida es «El viejo y el mar» de Ernest Hemingway. 

 

 

 

 

 

Como alguna vez dije en esta columna, el viaje cotidiano en colectivo para aggionar

nuestra exigente rutina no sólo puede servir para descubrir, sino también para (re) descubrir clásicos de la literatura universal.

Es el caso que nos convoca en esta oportunidad.

Leído hace varios años por pedido expreso de alguna docente de la secundaria, volvió a mis manos para disfrutarlo de una manera totalmente diferente.

Conocido y distinguido como uno de los grandes autores del siglo XX, Ernest Hemingway escribió “El viejo y el mar” en 1952, y dos años después recibió el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra. Sin dudas esta narrativa fue decisiva para poder merecer ese lauro.

Ambientada en ese paraíso perdido y desencantado que puede muchas veces ser el pueblo caribeño y su transparente mar, esta novela pone en primer plano a Santiago, un viejo pescador, y en primerísimo primer plano su soledad.

Sin cortes por partes, ni capítulo, ni nada, Hemingway nos invita a ser partícipe de esta historia que parece ser escrita para devorarse en un solo bocado, pero que como lectores de colectivos deberemos ir segmentando, no sólo porque los viajes urbanos no son eternos, sino también para ir procesando de a poco todo lo que es parte de ella.

De más está decir que la tensión que se siente leyendo esta prosa es tal, que hasta puede pensarse en tomar otro colectivo imprevisto sólo para continuar con la lectura, o quizás, permitirnos hacer un cláusula especial y leer un poco más cuando llegamos a destino. De hecho, quien escribe lo ha realizado. No sólo para continuar con la historia, sino también para seguir sintiendo un poco más de cerca ese transparente y cálido mar cubano que mientras leemos intenta mojarnos los pies. 

Es que es casi imposible seguir sin saber qué ha pasado con ese extraño personaje que se lanza mar adentro después de 84 días de pesca sin fortuna, para atrapar algún pez que le salve la vida. Y por vida (o sobrevida) vale decir algunas pocas monedas que le permitan comprar comida y seguir.

Considerado autor de una pluma negra y desesperanzada en la literatura norteamericana, el también periodista nos engaña un poco con esta historia, ya que en medio de un relato desolador, donde un hombre no parece tener otro destino que la muerte y el fracaso, aparece subyacente una luz que lumina aún en los momentos de mayor debilidad.

Clara como el agua que sostiene la pobre barcaza del viejo pescador, la esperanza es el gran sostén de esta historia, donde la humanidad se simboliza en una sola persona.

Solo, en medio del mar, el viejo espera -porque sabe-, que un gran pez aparecerá. Espera -porque sabe-, que siempre algo vendrá, y que también deberá luchar para conseguirlo.

Por eso cuando llega no duda en usar todas sus fuerzas y su inteligencia para mantenerlo vivo hasta volver a la costa y venderlo. Es el pez más grande que jamás ha visto. Es el sueño más importante que jamás ha imaginado. ¿Será capaz de dejar de lado temores, dudas, odios y locuras para defender eso que tanto quiere?

«El hombre puede ser destruido, pero no derrotado». Una de las frases que se lee en la novela y que ha trascendido su obra en general por ser una síntesis de su prosa.

Y sin dudas la invitación perfecta para encontrarse con Hemingway en el colectivo.

 

 

 

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