“El sueño del jaguar” , del mito familiar al hecho literario

Miguel Bonnefoy es francés, pero de padres latinoamericano. En esta conmovedora novela rescata su propio legado para ofrecerlo como ofrenda a la escritura. El resultado, una historia que tiene por protagonista a Antonio Borjas Romero, un recién nacido abandonado a comienzos del SXX en las escalinatas de la iglesia de Maracaibo (Venezuela), criado en las calles, que se convertirá en uno de los médicos más ilustres de su tiempo. 

Pensé en escribir este comentario intentando no usar la autorreferencialidad, no porque prescinda de ella en mi oficio de periodista, sino porque a veces este recurso es más una limitación que una atracción de lectura. 

Lamentablemente, no lo logré. Así que comienzo por lo último el sentimiento de asombro que me ha quedado luego de leer esta novela.  

Es que hacía bastante tiempo que no me pasaba comenzar un libro -una novela histórica a decir verdad- y no poder soltarlo. Y cuando digo no soltar, me refiero a la imperiosa urgencia que generan ciertos relatos -que sostienen tan bien sus anclajes entre los personajes y sus anhelos, y equilibran de tal manera la columna vertebral de datos históricos y la ficción- que se hace casi imposible habitar la rutina del mundo fuera de la ficción sin pensar en lo que tienen para contarnos las hojas que todavía no leímos. 

Pero vamos al principio. 

Miguel Bonnefoy

“El sueño del jaguar” cuenta la historia de Antonio Borjas Romero, un recién nacido abandonado en las escalinatas de una iglesia de Maracaibo (Venezuela) a comienzos del SXX y que será criado por una mendiga callada y harapienta, que encuentra en él una mezcla entre pena y anhelo de que tenerlo en sus brazos será un señuelo para conseguir un par de monedas más al final del día. 

Antonio crece en la pobreza, la mezquindad y el olvido, habitando las calles de una ciudad que -junto con él- se va abriendo al mundo. El silencio de esa mujer que lo salvó de la muerte pero no de la falta de muestras de cariño lo empujará a criarse casi solo, aprendiendo en poco tiempo que de él depende vivir día a día. Y por eso será desde vendedor de cigarrillos hasta mozo en un burdel, atravesando dificultades como abriendo camino en una selva tupida, para luego convertirse en uno de los médicos más ilustres de su país. 

Y ese camino del héroe, ese arco del niño abandonado al hombre ilustre nacional lo es todo en este libro. 

Pero hay más. 

Quien narrará la historia de Antonio, esa voz que nos cuenta su historia -desde un lugar tranquilo y con un control del tiempo absoluto-, es un joven, su descendencia, que -alejado de esa tierra que vio nacer su legado-, lo desconocerá hasta que el tiempo le permita encontrarse con él. Casi que el narrador le habla al protagonista, aunque creemos que nos habla a nosotros.

Casi al final, la sinopsis aclara que esta historia parte de que el autor se ha inspirado en su singular mitología familiar, para construir esta conmovedora historia.

Como un cuento dentro de otro, entendemos entonces que un niño crece en Francia, habla y escribe en francés, luego estudia en La Sorbona, publica sus primeros libros («El viaje de Octavio», «Azúcar negro», «Herencia», «El inventor») y recibe el reconocimiento de sus pares europeos, cayendo luego por el propio peso de sus raíces en una narrativa absolutamente latinoamericana.  

Lleva a Francia en su lengua y sus modos de ser (dice sin embargo que le gustaría escribir en español y ser traducido en francés), sin embargo, por debajo de todas esas capas se mantiene latente algo que él pudo entender después de mucho tiempo y que tenía que ver con el origen de su padre chileno y madre venezolana.  

En “El Sueño del jaguar” el autor cuenta la historia de Antonio, y al mismo tiempo parece contar la de su abuelo materno y la de él mismo. Como diría Laura Alcoba, esa materia prima autobiográfica ha sido una noble arcilla que se fue modelando hasta la perfección -que tiene ecos del realismo mágico y drama centroamericano-, para contar un relato que mezcla en dosis exactas el legado familiar descubierto (la fantasía que sigue existiendo sobre él) y el presente. 

Mientras la leemos es inevitable hacerse varias preguntas: ¿cómo puede un autor tan embebido de registros, tonos europeos escribir una ficción como si nunca hubiera salido de Latinoamérica? ¿En qué rincón del mapa corporal se encuentran las coordenadas para conectar con el ritmo necesario para hacer de una historia una novela tan íntima, corporal, tan empapada de estas tierras que convierte personas (la historia de sus abuelos) en personajes inolvidables? ¿Cuánto hay de cierto? ¿Cuánto de creación? ¿Importa realmente?  

El autor juega con nuestra imaginación sabiendo que, mientras leemos, vamos y venimos sobre su historia personal sabiendo que la ficción tiene demasiados puntos de contacto con la realidad. Entramos y salimos. Revisamos, incluso, los hitos puntuales de la vida política y económica de Venezuela que le dan sostén al relato. 

Porque se nota -además- en el trabajo de Bonnefoy una minuciosa reconstrucción histórica de lo que fue el desarrollo industrial de Maracaibo y su potencial político desde el descubrimiento del petróleo a principios del siglo XX. De hecho, el desembarco de la Venezuelan Oil Concessions será, en los comienzos del libro, el escenario que le permitirá a Antonio comenzar a acceder a su destino de grandeza. Destino que compartirá con Ana María, el contrapunto necesario de toda novela, la que ilumina el sostén romántico del relato y que será en la encargada de contar los episodios políticos y académicos de una Venezuela atravesada por los intereses internacionales. 

Hacia atrás, pero hacia adelante

Si tuviéramos que dibujar el recorrido del género de novela histórica en los últimos 20 años, el trazo mostraría zigzagueos y ramificaciones. Después del auge de los 2000, el género había quedado tapado por otras tendencias -incluido la novela contemporánea del yo. 

“El sueño del jaguar” aparece entonces como un aire fresco que demuestra que la renovación conlleva algo que desde hace un tiempo sigue estando en boca de todos: revisar los propios mitos personales. ¿Otra vez lo biográfico? Sí, pero no como centro, no como un espejo, sino como materia prima que -en manos del oficio literario- convierte cualquier anécdota, hecho o vivencia, en un hecho literario.

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