Recomendados del Club de Lectura: Alejandra Kamiya

En la nota de hoy te damos 5 razones para descubrir la bellísima narrativa de esta escritora argentina con raíces japonesas y, en particular, su libro «Los árboles caídos también son el bosque» que fue abordado por Flor Vercellone en el Club de Lectura de Babilonia. 

Como esas peculiares flores de rara estirpe que crecen de repente en el jardín de una casa, sin que nadie haya puesto una semilla, así fue apareciendo de a poco la literatura de Alejandra Kamiya en mi universo lector hasta que logró llamar mi atención. 

¿Quién era esa escritora de hablar pausado y sereno que se presentaba como porteña pero desplegaba una presencia profundamente oriental? ¿Qué había detrás de esos libros de cuentos con títulos de una sonoridad métrica impecable? ¿Cómo había permanecido tanto tiempo fuera de los circuitos literarios más reconocidos? 

Hace poco escuché a Eugenia Almeida citar a María Teresa Andruetto cuando decía “un relato es una voz al oído, en la oralidad está todo”. Me resuena la frase mientras escribo esto porque fue justamente cuando la escuché leer uno de sus propios cuentos que me decidí finalmente por aquellas flores que veía de vez en cuando en redes, en Newsletter culturales, en recomendaciones de lectores y me contaban de una tal Alejandra Kamiya. Una voz templada, fresca, precisa, aguda, tan suave como un fino raso sobre la piel, tan profunda como la piedra en el fondo del río. 

Comencé con “Los árboles caídos también son el bosque”, libro de cuentos publicado por primera vez en 2015 de manera independiente, que terminó siendo a los pocos años la puerta de una trilogía que continúa con “El sol mueve la sombra de las cosas quietas” y “La paciencia del agua sobre cada piedra” y que editaría Eterna Cadencia en su catálogo. Fue una lectura hipnótica, de aprehensión inmediata, como si cada palabra contara en su interior con la alquimia perfecta para llegar a las fibras más íntimas. 

Por eso surge este comentario donde dejo 5 razones para no perderla de vista. 

Su raíz multicultural. Alejandra Kamiya es hija de madre argentina y padre inmigrante japonés durante el S XX, y el dato no es una simple introducción de su biografía sino el camino que nos lleva a su lectura. La mixtura cultural, tan arraigada en nuestro país, tan presente en nuestra lengua desde hace siglos se ha ido moldeando en y con la literatura de tal manera que nos cuesta descubrir lo matices de nuestro origen. Ya somos nietos, bisnietos, tataranietos de esa fusión de pueblos originarios e inmigrantes europeos. Sin embargo, en la narrativa de Kamiya se percibe claramente la búsqueda del equilibrio, de su equilibrio personal de ser primera generación de una cultura tan diferente a la nuestra. Equilibrio que por momentos está en el planteo conflictivo de los relatos, o en los personajes, en el tempo o, incluso, en la carga lingüística. Kamiya juega en su escritura con Oriente y Occidente, sus cuentos hablan de personajes que viven en esta parte del mundo, pero observados por un narrador que entiende que la vida puede ser otra cosa. La autora dice que no habla japonés, sin embargo, toda su narrativa está escrita con el peso de esa lengua. 

Una pluma artesanal. Alejandra Kamiya cuenta que su literatura es el producto de muchos años de aprendizaje en talleres de escritura con dos autores que se consideran maestros nacionales. Inés Fernández Moreno y Abelardo Castillo. De ella, dice, aprendió que el humor es una aguja que puede atravesar cualquier tela narrativa, de él, el tesón para desarmar cada frase. De cincelarla golpe a golpe. Y si hay algo que se percibe en cada párrafo de sus cuentos es la labor constante de quien vuelve una y otra y otra vez a una oración hasta encontrar su ritmo perfecto, la palabra exacta que exprese lo que se necesite expresar. Eso no es algo común, sino todo lo contrario, por lo que se convierte en oro al encontrarlo. 

Sus planteos narrativos. Alejandra Kamiya no escatima en contarnos de su universo personal. Es generosa, incluso, en los detalles de gestos, miradas, recuerdos. Por lo que uno puede saber de su biografía, entiende que mucho de lo que se encuentra en los cuentos es parte de una narrativa familiar que se convierte en materia prima para la ficción. La humanidad de los personajes es el anclaje de cada trama. Una madre sobrecargada/exigida, una hija frente a su padre inmigrante y anciano, una mujer solitaria apenas mudada, dos amigas en la infancia, un soldado que persiste en una orden, cada uno de estos personajes despliegan su costado oscuro sin temor, porque lo que hace la autora, es volverlos luminosos.   

Su mirada del mundo. Los títulos de sus libros hablan por sí solos. Los árboles, el agua, la sombra, el bosque, la piedra. El universo creativo de Alejandra Kamiya es un universo donde la naturaleza es también el centro de gravedad, la puerta que abre, el prisma donde todo converge. Ahí donde ya no vemos, donde no nos detenemos a tocar ni oler, ella distingue hasta lo más imperceptible. Entonces sus metáforas, las imágenes sensoriales funcionarán en el mismo sentido logrando un efecto personalísimo, un sello autoral, un estilo propio. 

Volver a leer cuentos. Parece un sobreentendido, sin embargo no lo es. La narrativa de relatos breves es una bellísima tradición argentina que en los últimos años (sino décadas) ha estado combatiendo en un mar editorial donde solo hay oleaje de narrativa larga. Todo (o casi) de lo que más se vende siempre es novela. Por eso leer cuentos es leer también un género que resiste, y que resiste con autores como Kamiya que demuestran lo difícil que es escribir teniendo como consigna la brevedad, lo complejo que es presentar al lector en la primera frase escondido el final de la historia. La precisión de un cuentista es la precisión de un relojero que sabe que cada minúsculo elemento de esa ingeniería en movimiento es crucial para su funcionamiento. Cuando leemos un cuento de Kamiya nos movemos en su trama y somos incapaces de frenar, algo nos lleva, ella ha sabido poner cada palabra en el lugar exacto donde tienen que estar.  

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