#MesDelLibro: Tres autoras reflexionan sobre el impacto de las narrativas femeninas en el mercado editorial 

Si bien diferentes estudios culturales reflejan que en el canon literario y en el mercado editorial los hombres son mayoría, hay un género donde las mujeres  pisan fuerte: el romance, el histórico y las narrativas que ponen el foco en la mujer + 40. 
Sobre esta tendencia hablamos con Gabriela Exilart, Beta Suárez y la cordobesa Florencia Aliaga.

Diferentes estudios culturales realizados en los últimos años, muestran que en el mundo editorial las escritoras mujeres ocupan, aproximadamente, el 35% ó 40% del sector Si bien muchas de estas logran reconocimientos nacionales e internacionales y lideran las ventas, las cifras aún reflejan cierta disparidad que se acorta en el segmento infanto juvenil. 

Sin embargo hay un terreno en el que la supremacía de estas es absoluta: el romance, el histórico y la narrativa femenina contemporánea. 

Se calcula que el 90% de los libros atravesados por las historias de  amor (con todos sus subgéneros) están escritos por mujeres.    

El fenómeno -que empezó a manifestarse en la primera década de 2000- ha logrado sostenerse en el tiempo de la mano de diversas voces y estilos que han renovado el romance y que se han animado a ofrecer una mirada actual, transgresora y genuina. 

Aquella “novela rosa” ha sido reemplazada por relatos en los que si bien el amor está presente, aparecen diversos temas como la maternidad (o la no maternidad), los mandatos, la menopausia, el deseo, la violencia de género, los vínculos tóxicos, los estereotipos, la obesidad, las adicciones, la diversidad y las nuevas formas de construir vínculos sexo afectivos. 

Sin dudas en este género literario las mujeres construyen una especie de sororidad narrativa integrada por escritoras, lectoras y editoras, donde está permitido explorar territorios, sentires y formas nuevas de amar y ser amado.

«Creo que las mujeres no vinimos a contar temas nuevos, sino a contarlos desde lugares nuevos. El amor, la familia, la maternidad, el deseo, la vejez, los vínculos, la amistad, el duelo… todo eso existió siempre. Lo que cambió fue ‘quién sostenía la cámara’. Durante mucho tiempo las mujeres aparecíamos en las historias como personajes observados. Ahora somos quienes observamos. Y cuando cambia el punto de vista, cambia todo. Además, me parece que las escritoras trajimos una mirada más compleja sobre los vínculos. Menos heroica, menos binaria, menos preocupada por quién tiene razón y más interesada en las contradicciones humanas. Hay una enorme riqueza en esa zona gris que habitamos todos y que durante mucho tiempo la literatura no siempre exploró con la misma profundidad. Creo que las escritoras también trajimos una mirada más honesta sobre el amor. Menos interesada en los finales perfectos y más en las contradicciones, las dudas y las zonas incómodas de los vínculos. Sin embargo, las mujeres no escribimos literatura para mujeres. Escribimos literatura. Los lectores deciden después dónde acomodan los libros. Todavía existe la idea de que cuando un hombre escribe sobre vínculos habla de la condición humana y cuando una mujer lo hace habla de mujeres. Creo que es una diferencia que ya quedó vieja. Nadie le pregunta a un escritor varón si sus novelas pueden interesarle a una mujer», manifiesta Beta Suárez autora de varios títulos, entre éstos «Roto» publicado recientemente por VeRa.  

Por su partel, la cordobesa Florencia Aliaga -quien presentó hace algunos días atrás  «El último libro posible» , agrega: “Lo que ha pasado con este boom de autoras mujeres premiadas, reconocidas y top de ventas, es una deuda pendiente, tal como ha ocurrido en muchas otras industrias y oficios. La voz de las mujeres le ha dado, a la literatura contemporánea, una enorme vitalidad. Como sociedad todos estamos buscando nuevas maneras de entender el sentir y eso también viene de la mano de la literatura. La mujer ha aportado esa cara  más novedosa, donde se trabajan otros temas como la maternidad (o la no maternidad), los lazos y esas cuestiones más vedadas en la literatura más tradicional. La mujer aporta un aire de frescura y una nueva mirada. .. En términos de cifras y analizando lo que sucede en España, Latinoamérica y Argentina, creo que las estadísticas no son tan alentadoras (porque la gente lee menos), pero sí es notable como la torta se reparte en una mayoría de lectoras mujeres. Para mí el desafío es que no solo se publiquen a escritoras mujeres  -porque creo en la pluralidad- pero sí que los lectores hombres se animen a leer a autoras mujeres. Para mí es algo que todavía no está sucediendo, salvo algunas excepciones”

Por su parte, Gabriela Exilart quien en abril lanzó “Tierra herida” una novela histórica que transcurre en Tandil durante las primeras décadas de 1900, comenta: “Creo que la literatura femenina actual -aunque no me guste el término- ha venido a cambiar el eje de discusión y aportar un punto de vista distinto a los temas instalados. En el género histórico -que es donde yo me manejo- todo ha sido contado por los hombres, y no se le ha dado lugar al rol de la mujer. Sin embargo ella ha sido protagonista de infinidad de cambios que nos permiten estar hoy a donde estamos. Creo que esas mismas historias contadas por mujeres permiten mostrar que no siempre ocupamos un rol pasivo o en el ámbito doméstico, sino que también formamos parte de los cambios estructurales. Ese punto de vista muestra otra Historia. Ese ha sido un aporte valiosísimo”. 

¿Nuevos temas, nuevos enfoque?

Este crecimiento de autoras mujeres ha puesto en juego el abordaje de temas quizás antes invisibilizados o abordados desde una perspectiva diferente. Frente a eso se instala una pregunta inevitable:

¿Qué temas, tópicos o perspectivas han instalado las mujeres escritoras en la narrativa argentina? 

“Yo creo que el gran aporte que han hecho las mujeres a la narrativa argentina ha sido contar el tras bambalinas de lo doméstico. Pienso en Aurora Venturini. Si bien algunos la hemos descubierto hace poco, creo que ella fue una de las primeras que se animó a mostrar eso”, comenta Florencia Aliaga quien a la hora de hablar de escritoras argentinas sobresalientes se corre del género y hace foco en Mariana Enriquez y Samantha Schweblin, voces que se atreven a contar lo “incómodo” de la mano de narraciones inquietantes. “Las autoras mujeres  nos hemos animado a mostrar lo incómodo. Me parece que ese ha sido nuestro aporte a la literatura. Y por otra parte también lo sensible, lo que quizás no se miraba”

Aunque su obra se asocia al romántico, Gabriela Exilart pone en tensión los preconceptos que rodean al género: “Creo que vinimos a desarmar un poco esa mirada romántica sobre el amor… . Nuestras escrituras vinieron a romper con ese estereotipo y a mostrar otras realidades. Rompimos con todo aquello que colocaba a la mujer en un rol pasivo”. A la hora de enumerar esos temas, Exilart expresa: “La maternidad (sus conflictos o las  mujeres que no quieren ser madres), el aborto, el amor romántico, el sexo, y muchas cuestiones que son incómodas y que han sido en gran parte silenciadas antiguamente en la literatura. Nosotras las mujeres fuimos las encargadas de ponerlos sobre la mesa y de contar cómo se vive desde adentro”. 

Beta Suárez acuerda con sus colegas, y manifiesta: «Más que instalar temas, creo que ampliaron el mapa de lo narrable. Hoy encontramos novelas que hablan de menopausia, maternidades imperfectas, deseo femenino después de los cuarenta, cuidados, amistades entre mujeres, salud mental, violencia, trabajo doméstico, envejecimiento o crisis de pareja sin pedir disculpas por hacerlo. Pero lo más interesante es que muchas escritoras argentinas lograron convertir lo íntimo en algo profundamente político y universal. Tomaron, tomamos, escenas aparentemente pequeñas (una conversación familiar, una separación, una mujer sola en su cocina), y demostraron que ahí también se juega una parte importante de la condición humana. Esa capacidad para encontrar épica en la vida cotidiana me parece uno de los grandes aportes de la narrativa escrita por mujeres». 

Novelas, géneros y las diferentes formas narrativas 

 

“Tierra herida”. 

Gabriela Exilart despliega un drama histórico con el que regresa a Tandil y a inicios del siglo XX. Inmigrantes, explotación laboral y tiempos turbulentos de lucha y rebelión marcan el ritmo de esta historia en la que no faltan dos de los componentes claves de la obra de la escritora marplatense: mujeres valientes y amores cruzados. 

Tierra herida surgió mientras investigaba para mi libro anterior El secreto de Azucena. En uno de los textos que me prestaron para investigar sobre la masacre de Tata Dios, se contaba la vida de los picapedreros, los trabajadores de las canteras. Descubrí un mundo que no había sido narrado: los inicios del sindicato (porque en ese momento se formó la Unión Obrera de las Canteras de Tandil) y todo un movimiento sindical y anarquista que venía de Europa. Sentí la necesidad de contarlo y aproveché los personajes que ya tenía de El secreto Azucena, que eran niños, y los hice crecer 30 años”. 

Como es habitual en sus libros, las mujeres tienen un rol destacado. En relación a los personajes femeninos de «TIerra herida», Exilart cuenta: “Eran personajes que ya venían de la novela anterior y quería mostrar cómo las heridas y traumas de la infancia, te definen como ser humano y te marcan. Aquí se narra cómo sobrellevan esas mujeres todas esas heridas. También quería mostrar diferentes perfiles. La mujer que sale del campo y que se va a la gran ciudad, que aprende y vuelve para enseñar a otras que no tuvieron esa oportunidad (la mayoría mujeres inmigrantes). Quería reflejar  la necesidad, la prostitución en las canteras. Y cómo la sociedad, de alguna forma, las quiere limitar, las quiere encorsetar. Ellas salen adelante por los derechos que se van conquistando y los derechos que ellas mismas van reclamando”.

“El último libro posible”. 

Así se titula la novela que la cordobesa Florencia Aliaga presentó hace algunas semanas atrás en la Feria del Libro de Buenos Aires y posteriormente en su ciudad natal. 

La protagonista es una escritora de 80 años que tiene una gran trayectoria literaria y que se enfrenta a lo que podría ser el ocaso de su carrera sin recursos económicos y con el síndrome de la hoja en blanco. La autora afirma que en ese punto, la novela abre el interrogante sobre lo complejo que es hablar de dinero en el ámbito literario y cultural, y también como mujeres.  De todas maneras, aclara: “Lo más interesante de esta escritora es que a ella le piden escribir y no puede, y se sienta por primera vez frente a una hoja en blanco. Ella dice que no es por culpa de la IA… La gran reflexión tiene que ver con un interrogante: ¿para qué escribir? El libro invita a encontrar las razones por las que seguir escribiendo. Para mí fue un lindo ejercicio el pensarme en este alter ego. Me llevó a mirar la época en la que vivimos, una época en la que nos puede reemplazar una máquina. Entonces ,¿por qué escribir? Y ¿por qué revalorizar el rol del escritor y el rol del lector?… Por otra parte,  también hay una crítica grande a la industria cultural y sus contradicciones. A esta escritora le piden que tenga su TikTok, que tenga su Instagram, que sea cercana, cuando la escritura tiene que ver con otra cosa, no con la exposición.. Es un libro que a mí me hubiera gustado leer cuando estaba empezando el camino de la escritura”. 

“Roto”. Con un clima narrativo diferente, más cercano a la comedia negra, Beta Suárez se sumerge en una historia de amor justo cuando esta llega a su fin. Una pareja de mediana edad, con hijos adolescentes, decide darle cierre a su historia en buenos términos… Pero nada es tan sencillo. Con lucidez y humor, la autora recrea los pactos, las rupturas, las incomodidades, lo dicho y no dicho en esos procesos que marcan el fin de una relación. 

«Lo que me interesaba explorar era una pregunta bastante incómoda: ¿qué pasa cuando dos buenas personas dejan de poder estar juntas? Estamos muy acostumbrados a las historias donde alguien engaña, traiciona o abandona. Pero en la vida real muchas veces las relaciones terminan sin villanos. Se rompen igual. En Roto quería contar justamente eso: el duelo de una pareja que se quiso mucho y que, aun así, no logra seguir funcionando. Me interesaba mostrar que el amor no siempre alcanza. Que incluso haciendo las cosas razonablemente bien, las cosas pueden romperse igual. También me interesaba hablar de algo que veo mucho en esta época: hoy tenemos más libertad para reinventarnos, para irnos, para volver a empezar. Y eso es hermoso. Pero también tiene un costo. Más libertad no necesariamente significa menos dolor. A veces significa más vértigo. Creo que una de las preguntas que atraviesa la novela es si quedarse siempre es un acto de amor o si, en algunos casos, irse también puede serlo. Y sobre todo, la idea de que aún haciendo las cosas bien, todo puede salir mal. Y además había algo que me obsesionaba: mostrar que mientras una pareja se rompe, la vida sigue ocurriendo. Hay cumpleaños, mudanzas, casamientos, amigos, padres, hijos, perros que sacar a pasear. El corazón está devastado, pero igual hay que ir al supermercado. En el fondo, Roto intenta encontrar algo de belleza en esos pedazos que quedan después. Porque aunque el título parezca decir otra cosa, la novela no habla solamente de lo que se rompe. También habla de lo que puede volver a construirse». 

En el género y en el entramado de autoras argentinas, Beta Suparez es una de las que más se atreve a narrar desde el humor. Se corre del melodrama y explora una narrativa más cercana a la comedia. Frente a eso, la autora explica: «Para mí el humor no necesariamente suaviza el dolor. Lo vuelve más humano, más llevadero Cuando alguien atraviesa una separación no llora las veinticuatro horas. También hace papelones, dice estupideces, se obsesiona con cosas absurdas, se ríe en momentos inapropiados. La tragedia y la comedia conviven permanentemente. Los duelos son muy pero muy graciosos, en el sentido profundo de la palabra, hasta en lo físico. El desafío es encontrar el equilibrio. No burlarse del sufrimiento ni convertir la emoción en algo solemne. Intentar que una escena pueda hacer reír y, unas líneas después, emocionar. Además, creo que el humor tiene una enorme capacidad para generar identificación. Hay algo muy liberador en descubrir que las miserias propias son bastante universales. Cuando un lector se ríe de un personaje, muchas veces en realidad se está riendo de sí mismo. Y ahí aparece una forma de empatía muy poderosa». 

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