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«Me gustó la idea de una historia de espías ´nacional´”

En “La traidora”, el escritor cordobés se mete de lleno en las novelas de intriga con una protagonista, de padre inglés y madre argentina, en el complejo contexto de la Guerra de Malvinas. Una trama aguda y fuerte que invita al lector a reformular los conceptos de patria y honor.

En 1982, cuando ocurre la Guerra de Malvinas, recuerda Luis Carranza Torres tener diez años y un padre que se alistó como voluntario y que, como trabajaba en el Registro Civil, entonces propuso una nueva dinámica para que los isleños fueran ciudadanos argentinos y que lo designaron director del Registro del denominado nuevo Puerto Argentino. Recuerda, también, que desde que su padre se alistó, partió  y regresó al mes sin haber pisado las islas no supieron casi nada de él, por lo que en algún momento –incluso-, pensaron que había muerto.

Luis recuerda todo esto a más de 40 años de la guerra y dice, además, que en más de una oporunidad, imaginó lo que podría haber sucedido si su padre realmente llegaba al lugar de los hechos.

La guerra siempre deja huellas directa o indirectamente.

Tal vez un poco de allí surge este relato, que pone el foco en una mujer común y corriente de doble nacionalidad, en un marco de contienda entre los dos países a los que siente que pertenece. O tal vez de su incursión desde adolescente al género de novelas de espías, volviéndose fanático de autores como Graham Greene o John Le Carré. O quizás, por qué no, le terminó de dar forma luego de dirigir la investigación del libro “Malvinas. Historias Ocultas de la Guerra”, abordando los aspectos menos conocidos de este conflicto.

El paso de los años siempre ofrece nuevas oportunidades.

Lo cierto es que ese extraordinario contexto de enfrentamiento, cruces, tensión política y desinformación que vivió nuestro país al final de la Dictadura, es el marco donde se narra “La traidora” (Del Fondo), novela que Carranza Torres fue escribiendo durante diez años y que acaba de publicar y presentar en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.  

En esta nota, nos cuenta acerca de cómo fue surgiendo esta interesante trama.

-Desde el título nos presentás a la protagonista desde un lugar diferente, la llamás «traidora». O sea, le decís al lector “ojo con esta mujer”, ¿así surgió la idea de la novela, qué empecemos desconfiando de ella?

– No, para nada. El título tiene en realidad un sentido irónico, con un deliberado doble sentido. Qué es y qué no es traición ha sido siempre una materia discutida en cualquier tiempo histórico. Y, en los asuntos políticos, no pocas veces, una simple cuestión de perspectiva. «Un traidor es un hombre que dejó su partido para inscribirse en otro. Un convertido es un traidor que abandonó su partido para inscribirse en el nuestro», decía Georges Clemenceau. Depende el bando en que se esté, será a quien se considere tal.  

La propuesta con el título no es apelar a la desconfianza, sino al espíritu crítico. Que el lector se pregunte, desde la tapa misma: ¿Por qué esta joven es una traidora? Si es que, en realidad, lo es.

 – ¿Cómo fue la construcción de Gabrielle? ¿Qué debía tener para narrar esta historia?

-Es una mujer con las mejores intenciones, siempre apaleada por la vida. Representa a todas esas personas buenas a las que el destino, por algún motivo, se encarniza en tratarlas mal. Y que, aun así, no dejan de ponerle garra.

En el caso de Gabbs, como le dicen sus amigos a Gabrielle, ella tiene la suficiente fuerza interior para recorrer ese camino que llega al conocimiento de uno mismo. Es, en definitiva, un homenaje a todos aquellos que pueden sacudirse de los mandatos que la sociedad les impone sobre cómo ser, para tener el coraje de llegar a ser ellos mismos.

También debía ser una mujer cortada a la mitad: con una madre argentina y un padre inglés, nacida en Buenos Aires, pero criada en Inglaterra, siempre tironeada a uno y otro lado, en todo: la lengua, la cultura, la religión, hasta cómo la llaman. En el fondo, al mismo tiempo de ser una novela de espías, La Traidora también cuenta la búsqueda de Gabbs por entender quién es realmente. Y de hallar a ese lugar en el mundo al que podemos llamar hogar, si es que existe para una persona que parece no encajar en ninguna parte.

El autor estuvo firmando libros en la Feria Internacional del LIbro de Buenos Aires.

Estar de un lado o del otro

-El relato se ubica en Londres en 1982, una fecha histórica para la Argentina y la lucha por Malvinas. ¿Por qué contar ese hecho desde el otro bando, desde Inglaterra?

-Me gustó mostrar un hecho tan central de nuestro país, desde la otra orilla. Para los cuarenta años de la guerra, hubo una muestra en Londres de los dibujos que hizo Linda Kitson, la artista británica que fue enviada por el Imperial War Museum como “artista de guerra oficial” para retratar el día a día del conflicto de las Malvinas entre las tropas inglesas. En el folleto de la muestra, me llamó la atención que prácticamente se pedía disculpas por la guerra. Fue algo que me llevó a pensar que existía algo para investigar en lo que piensan aquellos que tuvimos enfrente. Entender al que es distinto siempre ha sido una preocupación en mi vida. Después, uno puede concordar o no. Aquí pasó algo así. Y pude ver que había en esa sociedad inglesa de 1982, material para un buen contexto literario sobre la guerra. Y al metiéndome en esa sociedad y quienes gobernaban Gran Bretaña entonces, me asombró los paralelismos que encontraba con algunas de nuestras vivencias aquí en argentina.

 – ¿Cómo fue el proceso de investigación? ¿Cuánto sabías de la guerra de Malvinas, del contexto británico en la previa, y cuánto buscaste para esta novela?

-Malvinas es algo muy emocional para nosotros, como colectivo. Y también para mí, en lo personal. Fue una guerra que viví de chico, con diez años: las noticias en la prensa, las colectas, el escribir cartas a los soldados, las misas por los que habían muerto en los combates.

Mi papá fue uno de los muchos que se ofreció de voluntario para pelear. Y como estaba en el registro civil de la municipalidad de Córdoba propuso, luego del 2 de abril, cómo debía ser el proceso para que los isleños fueran ciudadanos argentinos y sus actos civiles (nacimientos, casamientos, defunciones) pudieran ser integrados dentro de nuestro sistema de registro civil. No era algo fácil, por entonces, ellos tenían divorcio y nosotros no, en las islas el matrimonio religioso tenía efectos civiles. Él propuso las soluciones a eso y el Registro lo designó director del recién creado registro civil de Puerto Argentino. Tenía previsto ir a las islas el primero de mayo, cuando empezaron los combates y no pudo llegar a hacerse cargo. Pero eso lo supimos después, cuando volvió a casa. Por un mes, desde que lo llamaron a Buenos Aires para nombrarlo, supimos poco y nada de él. Dónde estaba, o incluso si vivía.

Muchas veces me he preguntado cómo hubiera sido mi vida de haber estado allí, en la guerra. Probablemente hubiera sido huérfano; aun siendo civil, papá no era de los que aceptaban una derrota. Apenas terminada la guerra, y vuelto al registro civil, fue quien le dio el DNI argentino a Alexander Betts, uno de los isleños que quiso quedarse en la argentina continental luego del conflicto.

Pasó el tiempo y para los treinta años de la guerra tuve la oportunidad de dirigir una investigación histórica colectiva llevada a cabo por una fundación sobre los aspectos menos conocidos del conflicto. El resultado fue un libro, “Malvinas. Historias Ocultas de la Guerra”, que editó Ediciones Del Boulevard junto a la Fundación Malvinas Argentinas. Fue allí me topé, en el libro inglés que cito al inicio, Al filo de la navaja de Hugh Bicheno, la historia de este espía desconocido que desde el gobierno inglés espió para los argentinos. No era un historiador cualquiera quien lo decía: antes de escribir, Bicheno había sido un alto oficial del MI6, el servicio de inteligencia exterior inglés, estando activo durante el tiempo de la Guerra de Malvinas.

Poco y nada se sabe de quién filtraba tales informaciones, aun hoy es uno de los secretos menos revelados de la guerra. Por eso, en algún punto, terminaba la labor del historiador, el novelista tomó la posta para armar una trama sobre el tema.

«Un juego de contrapesos»

En general, las novelas de Carranza Torres, pensemos en “Mujeres de invierno”, “Palabras silenciadas”, “Hijos de la tormenta”, “Secretos de un ausente”, entre otras, siempre buscan un equilibrio entre el drama, la historia y el suspenso.

Cuando se le pregunta sobre cómo es ese trabajo al momento de escribir, cómo cuida las tensiones de cada uno de estos géneros que se mezclan en tu narrativa, el autor responde que es un “delicado juego de contrapesos, para que el historiador meticuloso no desplace a la fluidez de la trama, o que la imaginación literaria no desborde la verdad histórica”.

“Por caso, todo lo que se cuenta en la novela, hasta los titulares de los diarios, realmente fue así. Esta vez, partí de la historia hacia la ficción. Pero en otras ocasiones ha sido exactamente al revés. A partir de una historia ficticia se la va moldeando, dando forma dentro de un contexto histórico. A veces, la mayoría de las veces, no se logra a la primera conjugar todos esos elementos. Pasó con esta novela. “La traidora” es una historia que tiene más de diez años, reescrita varias veces hasta que el año pasado la volví a retomar y llegué a un punto en que la entendí terminada. Fue cuando puse el centro de gravedad de la trama en ella y no en él.

– La figura literaria del espía tiene páginas inolvidables en todo el mundo. ¿Qué creés que le aporta esta novela al género? ¿Qué de la historia de espías querías narrar desde tu lugar?

-Me gustó la idea de una historia de espías “nacional” por decirlo así, pero también de una trama en que la protagonista fuera una mujer común, puesta ante eventos extraordinarios. Debía ser una mujer de carne y hueso, no una profesional, para contar lo que quería. Resultar un poco la versión femenina de Cary Grant en Intriga Internacional, pero narrado desde lo que le pasa por dentro al tener que espiar. Quise darle también una dimensión psicológica fuerte a la trama.

Salvo por Liz Carlyle de Stella Rimington, no hay muchas espías mujeres protagonistas de novelas.  Digamos que quise emparejar un poco el marcador frente a tanto espía varón en el ambiente literario.

Es también este libro una suerte de homenaje a mis lecturas en la materia. El best seller de suspenso y espionaje marcó mis primeras lecturas cuando uno deja las historias infantiles e inicia con los libros “de grandes”, en la adolescencia. Quise por eso homenajear a ciertos autores de novelas como Graham Greene, John Le Carré, Frederick Forsyth, Robert Ludlum, Ken Follet y, en particular, Len Deighton cuyas lecturas me formaron en el género. No me quise olvidar tampoco de Brian Clemens, el productor de televisión inglesa que hizo la que creo es la mejor serie de espías de la pantalla chica: Los profesionales.

Por eso ciertos nombres en los personajes del libro, o algunas de sus actitudes. Son múltiples las influencias. El protagonista masculino de la trama, ese espía sin nombre, debe tanto al camaleónico “Chacal” de Forsyth como a los emblemáticos Doyle y Bodie de Los profesionales, creados por la maestría de Clemens.

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