Libros que traspasan el papel: Catedrales versión serie

La producción chilena basada en la novela de Claudia Piñeiro logra su cometido y permite trasladar exitosamente fuera de la realidad argentina el nudo central de su trama policial, donde se tensan mandatos religiosos y culturales de una tradicional familiar de los ’80 en medio de un contexto político de apertura democrática. Tiene seis capítulos y se puede ver en Amazon Prime Video. 

No es la primera vez que un libro de Claudia Piñeiro pasa del papel a la pantalla. Ocurrió con Elena Sabe, Betibú, Tuya, Las grietas de Jara hechas películas, Las maldiciones en versión miniserie e incluso con La viuda de los jueves que se estrenó no sólo en Argentina sino también en México hace algunos años. Sin embargo, sí es la primera vez que desde Chile se hacen eco de un best seller de 2020 de la escritora policial y propone presentar entre coordenadas trasandinas la misma historia con algunas licencias. Y a pesar de los cambios que todo texto literario debe sufrir con el objetivo de ser narrado de manera audiovisual, la producción logra su cometido y consigue -además- llevarse un punto extra por demostrar cómo la idiosincrasia religiosa, cultura y política en los ´70/´80 sudamericana fue (y muchas veces sigue siendo) un paisaje que no reconoce fronteras. 

 

La versión miniserie de “Catedrales” estrenó hace pocas semanas en Amazon Prime Video y sus seis capítulos fueron muy bien recibidos por el público. La producción -dirigida por la dupla Pepa San Martín (Chile) y Fabiana Tiscornia (Argentina) y que cuenta con el apoyo de los argentinos Sebastián Ortega y Pablo Cullel- salta de Buenos Aires a Santiago de Chile para hacer su narración principal, pero mantiene a Santiago de Compostela como otros de sus puntos geográficos que sirven de anclaje en la historia. Ciudad española que, a decir verdad, no tendrá el peso que sí tiene en el libro.  

La dirección cuenta con la dupla Pepa San Martín (Chile) y Fabiana Tiscornia (Arg.)

Pero vayamos a lo central. La historia gira en torno al asesinato de la joven Ana Sardá la menor de tres hermanas de una tradicional y católica familia de clase media (alta) que aparece descuartizada en un baldío abandonado a fines de los ´80, convulsionando la tranquila vida del barrio. El hecho -macabro, oscuro e impune- que dejó una herida abierta en ese hogar y esa comunidad de feligreses donde la familia participaba -será revisado en perspectiva 30 años después por varios de sus integrantes y allegados, sobre todo por Lía (Ignacia Baeza), la hermana del medio, quien rompió en aquel momento con todos los lineamientos que sostenían socialmente el apellido y se declaró atea en el mismo momento en que se conoce el asesinato de Ana. 

Pero no solo ella hará un trabajo de reconstrucción de la memoria; ya que con el afán de descubrir al culpable, contactará a Marcela -la mejor amiga de Ana, quien guarda un secreto que se ha hecho demasiado pesado con los años-, y también a Elmer, el investigador del crimen que no pudo (o no supo cómo sortear el poder para) descubrir el responsable, y por último Carmen -la hermana mayor y ferviente católica-, su marido Julián -ex seminarista de la Iglesia donde concurría la familia- y Mateo, el hijo de ambos, que nació mucho después del crimen pero creció con ese pasado oscuro y está dispuesto a buscar la verdad. 

Aquí se presenta la primera diferencia entre el libro y la serie, un dato que parecerá spoiler pero no modifica en nada la trama. Quien guiará la nueva y “artesanal” investigación del asesinato de Ana 30 años después será su padre, quien en el libro directamente ha muerto (pero que habla a través de un epílogo). A decir verdad, la decisión de ponerlo -por momentos- en primer plano en la serie es correcta, ya que le aporta algo más de tensión entre Lía y Carmen (dos hermanas que nunca se llevaron bien) y siguen tironeando la mirada de ese padre herido, y -por último- en el juego con Mateo, un joven tímido y sobreprotegido que a partir del encuentro con su distante y escéptica tía, descubrirá que puede salir a la vida sin culpa ni remordimientos.  

Al escribir la novela, Pïñeiro eligió justamente una estructura coral, donde son las voces de estos siete personajes las que rearman el rompecabezas de lo que ocurrió con Ana Sardá aquella noche fatídica.

Siete voces, siete confesiones. No ocurre lo mismo con la serie, que se esmera – en tanto- por quitarle el trabajo al lector de rastrear lo que cada uno de ellos dice y calle en primera persona. Pero sabemos que ver una serie anteponiendo nuestro perfil lector, a veces es contraproducente, sobre todo en este tipo de producciones que se esmera en adaptar y buscar los puntos más interesantes de la trama para narrarlos desde un lugar diferente. 

La gran destreza de Claudia Piñeiro en esta novela (como en otras también) es tensar y destensar el clima entre lo público y lo privado, lo que se vive dentro y fuera de una institución, ya sea la familia, la escuela o, como en este caso, la iglesia. 

Sus historias siempre se leen en clave policial porque utiliza de este género sus fórmulas de manera precisa, pero es cierto también que sus tramas tienen un peso político social que las convierte en excelentes dramas contemporáneos que permiten leer la realidad del presente o (en este caso) del pasado. Como dijimos, Catedrales no está ambientada en Argentina, ni en Adrogué, el tranquilo, coqueto y cuidado municipio del conurbano bonaerense, que se ve sorprendido por este hecho violento en los primeros años post Dictadura. Sin embargo, la serie entiende que esto es crucial; es decir, ubicar el hecho en un momento bisagra donde la oscuridad de los años de plomo borraron los límites entre lo moral e inmoral y la libertad de pensamiento es demasiado tenue todavía- y por lo tanto refuerza -con una excelente fotografía, vestuario y ambientación- ese Chile que se despierta de la dictadura de Pinochet a fines de los ´80 y espera con ansias la llegada del Papa Juan Pablo II. 

Al igual que el libro, el contraste entre lo individual y lo colectivo, entre las ideas progresistas que pujan por romper con lo viejo y las estructuras donde se apoyan las democracias cristianas en América Latina se hacen visible en cada escena del pasado y al mismo tiempo se extienden al presente cuando, tres décadas después, vemos cómo los personajes de Marcela, Alfredo y Carmen (interpretados de manera excelente por Muriel Santa Ana, Alfredo Castro y Amparo Noguera) arrastran remordimientos y culpas sostenidas -en parte- por una sociedad que hacía lo mismo que ellos. 

¿Qué está bien y mal para la Iglesia? ¿Cómo interpretar los designios de Dios cuando nuestros deseos personales van a contramano de los mismos? 

Pensemos en la iglesia como cobijo de almas pecadoras y de ayuda a los desamparados sobre todo en una época donde el Estado no estaba presente, pero también en la Iglesia como un espacio que se encargaba de reglar la vida social de las personal de sus feligreses. Pensemos que las hermanas Sardá no solo concurrían a la escuela de la parroquia, sino que también participaban de sus grupos juveniles cumpliendo (o debiendo cumplir) los mandatos de una buena adolescente. Bajo esos lineamientos se inscribe esta historia.    

Si lo pusiéramos en términos de desafío, la serie logra vencer prejuicios y, apoyado en un excelente reparto (donde se lucen también las chilenas Paulina García e Ignacia Baeza), ambientación y dirección, convence y deja satisfecho al espectador que mantiene el olfato para rastrear culpables hasta el último momento para hacer justicia, sí, pero sobre todo memoria. 

Read Previous

Novedades editoriales (Contemporáneo + romántico)