La autora comparte con Babilonia el cuento «Como el río Magdalena», que forma parte de su libro «Alguien encenderá el sol», publicado por Lado B. Este título reúne una serie de relatos que, desde la voz de diferentes mujeres, ahonda en temas como el deseo, la incertidumbre y la pasión, entre otros.
COMO EL RÍO MAGDALENA
“¿Qué no haría yo por ti?
Por tenerte un segundo,
alejados del mundo y cerquita de mí”
(Hay amores, Shakira y Antonio Pinto-
Banda sonora de El amor en los tiempos del cólera)
Apoyé las manos en el borde del lavatorio y, buscando una respuesta, me miré al espejo detenidamente. Consulté el reloj, en una hora empezaría a clarear ¿Cuántos días llevábamos sin vernos? ¿Ciento quince, ciento dieciséis?
Me desnudé frente al placar. Elegí un sweater de angora celeste. Me puse también medias de lana, guantes y el sobretodo. En otras circunstancias habría consultado a Beatriz, como lo hacía siempre, pero la premura de mi cuerpo me sometía.
¿Ciento quince? ¿Ciento dieciséis?
Caminé por la oscuridad del parque. Escuchaba la escarcha del césped quebrándose bajo mis pasos que intentaban caer ligeros para no dañar el silencio de la madrugada. Atravesando las piedras llegué a la arena. El río corría despacio como todos los inviernos. El aire, las ramas y el agua, fosforecían de frío bajo la luna. Crucé el cauce por el lugar más bajo, el menos correntoso, buscando mantener el equilibrio entre las piedras para no mojarme. Aquel exacto equilibrio que me leyó Beatriz cuando en la última tirada me salió La Estrella. Esa carta del Tarot en la que aparece una mujer desnuda, arrodillada, en calma, con un pie en el agua y otro en la tierra, deslizándose hacia el amor sin súplicas ni armaduras.
En la otra orilla trepé la barranca. Cuando alcancé la calle todavía era de noche y todo estaba desierto. Entré al patio de tu casa. Los perros levantaron la cabeza, me reconocieron y volvieron a apretujarse uno contra otro en un rincón de la galería.
Me paré frente a tu cuarto. A través de las cortinas abiertas, vi que dormías con la serenidad de siempre. Supe, por la intensidad del aire, que faltaban pocos minutos, que con los primeros olores de la luz girarías en la cama y, sin abrir los ojos, cantarías un verso para recuperar la forma del cuerpo de esa mujer que duerme, ahora, a tu lado. Entonces me di cuenta de que tu mano en mi cadera, su suave descenso al pubis y los versos de aquella canción al oído para despertar, eran todo lo que amaba de vos.
Te acercaste desnudo a la ventana y, sin moverme, pude ver la mañana armándose en tus ojos mientras repetíamos, mudos, una a una las sílabas de nuestra canción.
Hacía mucho frío. Dejé caer el sobretodo y los guantes sobre la azalea. Me quitaba el sweater cuando tu mirada, con la fuerza necesaria para sostenerlo, comenzó a girar alrededor de mis pechos estremecidos. Urgiste mi mano a seguir el movimiento de la tuya, a bajar. Vi tu cuerpo y el reflejo del mío en los cristales. Me pareció que eras el mismo de siempre. Estabas tan cerca que recuperé el sabor del paraíso en tu boca entreabierta, ansiosa.
Confundimos jadeos y temblores, y permanecí quieta hasta sentir cómo entre el cristal y mi vientre nos precipitábamos hacia la desembocadura tibia y verdadera como la del río que cantábamos.
Tibia y engañosa como la del río Magdalena.
Según la autora…
«Quizá sea la intimidad que supone la literatura, lo que me permitió intuir la
extrema vulnerabilidad de las mujeres que habitan Alguien encenderá el sol.
Vivencias propias, ajenas y absolutamente imaginadas se confunden para
pronunciar lo inconfesable, navegar las fantasías, oler el miedo, aquietar
frustraciones y dar cobijo a la intemperie de las protagonistas de cada relato.
Ellas, en diferentes paisajes y circunstancias, se atreven a descubrir la libertad
y las formas del amor. Ellas, se atreven a salir del silencio y eso, las vuele
victoriosas. Aún en la derrota».