#LecturasDeVerano: María Fernanda Cutro

«Toda las cartas merecen ser leídas» es un texto epistolar en el que la escritora argentina-brasilera nos invita a recorrer temas como la lengua, la patria, la identidad y la familia. 
Con esta obra, cerramos nuestra sección de #LecturasDeVerano que nos acompañó en enero, febrero y parte de marzo. 

Córdoba, Argentina. Julio de 2025. Invierno.
Alô, Clarice.
Me escreva mais, por favor.

Ciao Silvietti. Come stai, cara?

Ayer una persona que no veía hace tiempo me preguntó cuántas cartas le había escrito. Me dio gracia. Por un momento tuve ganas de responderle que, a pesar de no ser destinadas a ella, he escrito muchas últimamente. Solo me quedé con la risa que me causó pensar en la idea de que existan quienes esperan esas cartas, desean que les escriban. Otras quienes, sin embargo, continúan siendo solo destinatarias naturales y silenciosas sin aún haberlo descubierto.

Hace algunos meses atrás me crucé por la calle con otra persona de la que tampoco sabía hacía años. Fue lindo vernos y abrazarnos, verificar las marcas de tiempo en los rostros y en las historias que nos contamos de forma sintética en ese breve encuentro casual. Mientras se iba, me dijo: “estás igual y todavía guardo todas las cartas que me escribiste cuando eras chica”. Eso también me causó cierta sorpresa y sonreí pensativa.
No recuerdo qué haya sido aquello importante que tenía para registrar en aquel momento del pasado, pero seguro ya estaba convencida de que era una forma de volverlo un poco infinito, un poco para siempre.

Las cartas han estado presentes en mis días últimamente. Ha sido recurrente la imagen de ese sobre rojo de tela que guardé durante más de veinte años conmigo. Es un sobre al que aún tengo acceso, aunque decidí que no estuviera más en mi poder. 

Cuando era chica, me gustaba hurgar en las bolsas de basura que mi padre sacaba cada vez que hacía la limpieza en el cuartito de depósito del fondo de la casa. Tenía unos diez años aquel verano en el que me distraje revisando en detalle de qué se estaba deshaciendo mi padre. Encontré dentro de esa bolsa de plástico negra, antes de que se la llevara el camión de la basura, un sobre rojo de tela. Dentro de él, estaban todas las cartas que mi abuela le había escrito a mi madre y le había enviado desde Brasil a Argentina, a lo largo de toda su vida. Mi abuela está muerta hace mucho tiempo. Sin embargo, yo la volvía viva cada vez que recuperaba sus cartas, detenía la mirada en su letra manuscrita, dibujada en ese papel de carta casi transparente, contando las noticias
de un país, de una familia, de una madre. Me sentía tan emocionada. Pensaba si su letra se parecía o no a la mía y sentía como si toda esa historia que yo conocía siempre a medias, estuviera más viva que nunca. Mi madre no supo que mi padre había tirado las cartas de mi abuela, tampoco que yo las había recuperado. Las guardé conmigo en secreto durante veinte años, como un tesoro. Y las leí muchas veces. A veces lloraba, otras, se me estrujaba el pecho por reconocer que no podían compartir lo que les sucedía y que la distancia les dolía. A veces me sorprendía mucho con las noticias políticas que le narraba y hacia el final, pude reconocer como la muerte se avecinaba. Me lo contaba, línea a línea, su letra temblorosa y su trazo cada vez menos firme y claro.

Sé que mi madre no podía leer tantas veces como yo las cartas de su propia madre. Por eso las guardé conmigo sin que ella lo supiera. Eran muchas, todas organizadas según los fechados. Los sobres eran blancos y cada uno de sus lados estaban decorados con listitas amarillas en diagonal, estampitas con pájaros o flores y un sello enorme y redondo en uno de sus márgenes que decía “BRASIL”.

Según la autora 

En «Todas las cartas merecen ser leídas», quien escribe parece estar jugando un poco con las palabras. Sin embargo, lo que quiere contarles a sus destinatarios, son cosas muy simples.

«Todas las cartas merecen ser leídas» es un libro que guarda secretos, mensajes a veces encriptados en distintas lenguas o cargado de neologismos y palabras inventadas.

La escritura de este libro surgió con el deseo de no olvidar algunos lugares caminados, tarea que, claro, requirió de un gran ejercicio de memoria. Y la memoria es patinosa. No todos hacemos uso de ella de la misma forma.

El proceso de escritura de esta auto ficción tuvo inicio apenas con una carta urgente. Como cada carta que una escribe en el medio de la noche. Pese a ello, esta carta consiguió romper con las paredes de la intimidad y atrás de ella vinieron muchas otras, igualmente urgentes.

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