#LecturasDeVerano: Luisa María Ahumada

La escritora cordobesa comparte el cuento «El enano sabio» que forma parte del libro La mujer y sus siete enanos farsantes.
En estas páginas, Ahumada despliega relatos breves potentes, lúcidos y contemporáneos, que ahondan de un modo especial en el universo femenino.
 

El enano sabio

El día que cumplí nueve años mi abuelo murió. Estaba sentado conmigo debajo de uno de los fresnos de su quinta, a la sombra de un día soleado. Antes de levantarse de ese banco había acariciado mi muslo, se detenía de a ratos sobre mi rodilla y hacía circulitos con su dedo índice.

—¿De qué color tenés la bombacha?
—Amarilla.
—Como el pecho de ese benteveo —me dijo—. Pedile un deseo y, si vuela en cuanto termines de pensarlo, es que se cumplirá.
—¿Estás seguro, abuelo? Todos dicen que sos un hombre sabio —recuerdo haberle dicho.
—Entonces, haceme caso…

Cerré los ojos con fuerza y sentí también la profundidad de sus manos. Otra vez. Cuando logré despegar los párpados, ya había pedido mi deseo y el benteveo no estaba. En cuanto mi abuelo se levantó, cayó desplomado. Y desde ese día, pido un deseo cada vez que veo un pitojuán; si vuela cuando abro los ojos, significa que se hará realidad. Juan se llamaba mi abuelo.

 – ¡Mamáááááááááááááááááá!

Ella vino corriendo. Cuando lo vio tirado, empezó a echarme la culpa de haberlo infartado.

—¿Qué hiciste, Margarita? ¡Llamá a tu padre ya! —me gritó.
Lo subieron al auto como pudieron, pero cuando llegaron al hospital del pueblo, ya no había nada para hacer.


—Es tarde, Marga, despertate —me dijo Darío la mañana antes de irse de viaje.
—Siempre es tarde para mí —le respondí.

Y él, que no pareció escucharme, hurgó con sus dedos tibios la enredadera de mi pelo hasta encontrar el lóbulo de la oreja derecha. Fue corriendo despacio mis mechones lacios y sedosos, insulsos de tan rubios e inertes de tan dóciles. Con su dedo índice dibujó el contorno del oído y bajó despacio hasta mi cuello. Se acercó y me besó. Por su aliento supe que se había despertado antes de que sonara la alarma. Abrí los ojos y lo confirmé con esa tenue claridad que asomaba por la ventana.

—Estabas hablando, ¿con qué soñabas?
—Creo que con mi abuelo.
—Un genio el viejo ese —susurró mientras me raspaba
con su barba.

Volví a cerrar los ojos sin decirle nada. Él siguió delineándome: mi mandíbula, mis cejas y la bajada de la nariz hasta llegar a mi boca. Abrió despacio los labios, primero el de abajo y después el de arriba. Metió su dedo buscando el calor húmedo de la saliva mientras yo adivinaba su hombría. Me besó con la calma de una respiración profunda y volvió a meter sus dedos entre mi boca, después fue hasta la suya para mojarlos un poco más.

—¿De qué color tenés la bombacha?
—Amarilla.
—Mi favorita —agregó.
Y bajó hasta mi entrepierna. Fueron breves, pero intensos
cada uno de sus movimientos hasta acabar justo con la alarma
del despertador.
—Voy a extrañarte. A vos y a los nenes —me dijo.
—Es mucho tiempo —me quejé.
—Es el último viaje del año, flaca. Soy importante.
—Ya sé. Nadie más sabe tanto en la empresa…

Me bajó el bretel de mi camisón de seda y me besó el hombro antes de salirse de adentro de mí, se subió el calzoncillo y se dio vuelta para levantarse de la cama. Recién ahí giré. Desde el vestidor, sonriendo, me alcanzó una toalla para que me limpiara. Entonces se sacó el calzoncillo que hacía unos segundos se había acomodado, corrió la balanza junto a los zapatos, se pesó y observó su desnudez en el espejo.

—Te amo —dijo al mismo tiempo que guiñaba un ojo y me tiraba un beso al aire.
Se fue a bañar.
Había una paz inusual porque los nenes visitaban la casa de sus abuelos para que yo pudiera llevar a Darío al aeropuerto. Me quedé con la mirada hacia arriba y desde allí comencé a percibir la manera en que la luz ganaba espacio sobre la madera del techo, iluminando esas sombras que para mí tenían forma.

—Ahí se fue tu amiguito benteveo —dijo Darío al volver a la habitación.
—Lo escuché, sí… Pero como no lo veía, no podía pedirle un deseo a mi pitojuán.
—Se llama benteveo —dijo.
—Para mí no.
—Podemos decirle pajarito amarrillo, ¿qué opinás?
—Sí, podemos decirle como quieras, pero para mí siempre se llamará pitojuán —le respondí y me levanté de la cama.
—¿Desde cuándo se llama así?
—Desde mis nueve años, cuando me cumplió un deseo.
—Ojo entonces con lo que pedís.

Me arrimé al vestidor y lo vi de cerca. La toalla negra marcando el contorno de su cintura, la fuerza de su espalda, la perfección de sus abdominales y de sus brazos fibrosos. Dejó caer la toalla y se fue hasta el cajón a buscar la ropa interior. Estaba afeitado y tenía olor a limpio.

—¿Querés más? —me preguntó cuando se dio cuenta de que lo miraba.

—No, me voy a bañar. Se nos va a hacer tarde, vas a perder el avión.

Un pitojuán voló por encima de mí cuando caminaba hacia el auto en el estacionamiento del aeropuerto.

—Esperame en casa —me dijo Darío antes del último beso.

—El que se tiene que portar bien, sos vos. Son casi dos meses.
—Vos esperame en casa —insistió.

Y allá fui: a nuestro hogar. Él se subió a un avión para otras de esas grandes ferias de la empresa donde era el único sabio capaz de dar respuesta a todas las necesidades, donde exhibía su talento y coqueteaba con mi imaginación, que a la distancia no dejaba de crear escenas en las que sólo era una
espectadora. Como hace catorce años, cuando fui testigo del rumbo que tomó mi vida sin haber hecho nada. Si hubiese sido más valiente, mi vida hoy sería otra.


Hace catorce años tenía una carrera profesional exitosa. Antes de Darío, nunca había querido tener pareja, me iba bien en el trabajo. Había ido de pasante a jefa de área en poco tiempo, me sentía cómoda liderando un equipo y faltaba poco para otro ascenso. Hasta ese maldito día.

—Margarita, ¿podés venir un rato a mi oficina? —me dijo mi gerente por el teléfono interno esa vez, hace tantos años ya.
—Ya voy, Manuel, nos quedan cinco minutos antes de la reunión.
—Ya sé, sos la protagonista. Quedate tranquila, no voy a demorarte, son sólo tres minutos —dijo antes de cortar el llamado.

Quizás fue mucho menos, pero alcanzó para convertirme
en la que mira. Ya no sería la protagonista.

Cuando entré estaba detrás de su escritorio, balanceándose sobre el eje de su silla ergonómica, esa que se adaptaba perfectamente a su cuerpo, o más bien que adoptaba la forma de este. Habrá pensado que todas las cosas, que todas las personas, tienen la misma flexibilidad. Y él, el mismo poder.

—¿Estás nerviosa por la reunión?
—Un poco, pero estoy feliz. No sé cómo agradecerte todo esto —le dije entonces sin saber aún todo lo que iba a arrepentirme de esa oración.

—Te lo merecés, Marga.


Se levantó, salió de atrás de su escritorio y caminó lento como lo hacía cuando iba a decir algo importante. Adiviné sus gestos porque a eso me dedicaba desde que empecé a estudiar y a trabajar en comunicación. Quizás antes. Aunque adivinar acertijos no implica necesariamente resolverlos.

—Te merecés todo esto que te está pasando, Marga, y mucho más —dijo mientras corría la silla alrededor de la pequeña mesa redonda de reunión y al lado de la que yo estaba parada—. Sentate —me ordenó sin correr la mía. Él sabía que los gestos excesivos de caballerosidad no iban conmigo.

—Gracias, Manuel. Pero nos queda un minuto. Tenemos que ir a la reunión —dije mientras me sentaba.
—Sos inteligente.
—Lo aprendí, lo aprendo de vos. Sabés cuánto te admiro —dije equívocamente, otra vez, aunque sí lo pensaba.
—También yo te admiro, Marga…
—Manuel, ¿podemos ir al grano, que se nos hace tarde? —lo interrumpí.
—Marga, estoy enamorado de vos.

Lo dijo y se desplomó. Yo quedé paralizada. Lo dijo y se reincorporó. Yo quedé sin respiración. Lo dijo y resucitó. Yo quedé herida. Lo dijo y me sentenció. Yo quedé condenada. Acercó su mano derecha a las mías apoyadas en la mesa hasta ese momento y las rozó como si pincelera con sus dedos los míos. Una caricia no es buena ni mala; el límite para definirla
es el vínculo que te une a esa persona que te acaricia.
—No entiendo… —balbuceé.
—¿Te gustan los benteveos? —preguntó—. Mirá por la ventana, ahí hay uno.


Recordé el color de mi bombacha y era amarrilla. Pensé en cerrar fuerte los ojos y pedir un deseo, el mismo de los nueve años.

—Tranquila, Marga, vamos a resolverlo —dijo poniéndo- me sus dos manos sobre una de las mías.

Cuando se inclinó hacia mí, vi al pitojuán que se iba volando sin mi deseo.

—Vamos, que se hace tarde, sos la protagonista de esta reunión —ordenó abriendo la puerta y saliendo primero para no ser caballero.


Me levanté y lo seguí. Caminamos por ese largo pasillo que iba desde un extremo de la empresa a la otra. Un túnel del tiempo, de todos los tiempos.

—Ahí voy, Manuel —le dije—. Entro al baño un segundo.
En lo que dura un suspiro me saqué la bombacha amarilla y la tiré al basurero. Fui a la presentación con los inversores. Era la reunión más importante de mi vida. Y sin embargo…

—Vení a mi oficina, Marga —dijo Manuel cuando volvíamos.

—No puedo ahora, tengo que terminar unas cosas y voy—respondí sin mirarlo y me fui a mi escritorio.

Cuando abrí el cajón había un papel que decía: «Estoy enamorado de vos». Levanté la vista y lo encontré mirándome, noté cómo me guiñaba un ojo. Busqué a través de la ventana un pitojuán y no había ninguno. Desesperada, salí al parque de la empresa a ver si lo encontraba. Quería pedirle un deseo, pero no. Ese lugar se hizo bosque y me perdí allí.

Cuando volví a la oficina taché con fuerza el mensaje de ese papel y escribí: «Desastre». Des-astre significa «sin astro», «sin estrella». Más que el caos de que todo se rompe simboliza la confusión de estar sin rumbo. Si al menos hubiese encontrado un pitojuán que me cumpliera un deseo, pero no. Seguí perdida. A pesar de que después vino Darío y con él, una familia, nuestros hijos.

—Todo este tiempo te has sentido mal —me dijo mamá del otro lado del teléfono.
—Sí, tendría que ir al médico.
—¿Querés traerme a los chicos y vas tranquila?
—Ya llega Darío, ma, gracias. No te hagas drama, que en cuanto él vuelva del viaje, voy al doctor.

Cuando corté, me largué a llorar. Me sentía mareada y tenía náuseas. Los dos niños dormían en la habitación mientras yo esperaba el mensaje de Darío. Pasaron casi dos meses: yendo y viniendo con los chicos entre el trabajo y la casa para que nada se derrumbara. Sentada bajo la sombra de otro hombre sabio, como a los nueve años, como en la empresa, como en mi familia ahora.

«Aterrizado», me avisó Darío con un mensaje.

Entonces quise escribir mi realidad como si fuese una ficción, como una forma cobarde de denunciar, tardíamente, la culpa y el miedo ante tanta sabiduría. Busqué un cuaderno con sigilo. No quería hacer ruido porque los chicos dormían. Encontré un papel con un dibujo hermoso del más chico: un pitojuán. Él sabía que era mi pájaro y que siempre le pedía un deseo. «Para mamá», decía abajo. Fui hasta la habitación y me puse una bombacha amarilla. Después les di un beso a los niños y escribí al lado del pitojuán: «Me voy». 

Según la autora 

La mujer y sus siete enanos es una obra literaria que nació de un proyecto ambicioso por interpelar narrativas clásicas que instalan discursos en la sociedad. La posibilidad de dialogar a través de la literatura con los mensajes establecidos, con el statu quo, fue para mí un gran desafío que me llenó de entusiasmo.
Durante varios años trabajé en siete cuentos que tuviesen como protagonistas a una mujer y a un hombre, este último con un perfil antagónico al enano que ayuda a Blancanieves en el
clásico Blancanieves y los siete enanitos. Luego, trabajé en un cuento sobre la mujer y su vínculo con otras mujeres desde una narrativa que cuestionara estos vínculos, posicionándome desde el personaje principal del clásico infantil.

La mujer y sus siete enanos representó una gran oportunidad de desafiar mi creatividad y entrenar la escritura como habilidad de comunicación. Además, en el transcurso de los años
de escritura de esta obra, tuve la suerte de ganar dos concursos con dos de los cuentos, por lo que tuve que escribir nuevamente esos relatos asociados al enano que estaba descripto.

El libro La mujer y sus siete enanos se publicó en el año 2024 y significó para mí una puerta abierta a la reflexión, al diálogo con hombres y mujeres sobre aquellos discursos instaurados que nos merecemos cuestionar como una oportunidad de seguir construyendo consenso.

El libro, como obra literaria, persigue ser un universo de sentido basándose en el clásico de Blancanieves y sus siete enanos para interpelar las narrativas tradicionales y crear nuevas
instancias de diálogo saludable que nos permitan pensarnos en la sociedad que nos contiene y de la cual todos somos artífices.

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