El próximo sábado 27 de septiembre, Isabel Allende estará en el Teatro Nacional Cervantes de Buenos Aires para presentar oficialmente su nueva novela “Mi nombre es Emilia del Valle”.
La historia recupera uno de los más logrados universos narrativos de la escritora chilena, y se caracteriza por su ritmo vertiginoso, una mirada histórico-social aguda, y personajes fascinantes.
Isabel Allende es una autora prolífica. Sus obras van desde aquella “La casa de los espíritus” que la catapultó a la fama a una sucesión de libros en los abordó todo tipo de géneros y estilos: realismo mágico, histórico, contemporáneos, dramático, románticos y hasta algunos de tinte policial. Sin embargo, quizá lo mejor de la escritora esté vinculado a su raíz, a Chile y a su Historia.
“Mi nombre es Emilia del Valle” se sitúa en esa línea y, a decir verdad, es un placer recorrer la páginas de este libro que nos expone a esa Allende pura que recorre con lucidez el pasado y lo fusiona con la vida cotidiana de personajes fascinante.
En esta oportunidad, la autora retorna a un universo narrativo que conoce bien: los Del Valle. Para eso crea una línea histórica que cuenta con dos momentos claves. Comienza describiendo la vida de Molly Walsh, una joven irlandesa aspirante a monja cuya vocación se trunca cuando se entrega a la pasión de un muchacho chileno rico y libertino. Lo demás es esperable: un embarazo no deseado, el fin de la vida religiosa, y la posibilidad de la redención social que llega gracias a buen hombre -de ideas progresistas y comprometido con su trabajo docente- que le propone casarse con él y criar a la niña como propia. Finalmente la vida de Molly Walsh no termina nada mal. Trabaja en la escuela, ayuda a la comunidad, cría a sus hijos y tiene un compañero excepcional. Pero su rencor hacia ese antiguo amor chileno es una espina que lleva clavada y que no deja de sangrar. Con ese relato crece Emilia, la protagonista de la otra parte de la historia. Una niña nutrida por el amor y el estímulo de su padrastro chileno que la impulsa a explorar el mundo y a escribir.
Emilia conoce muy bien su origen. Molly no deja de recordarle una y otra vez el abandono del que fueron víctimas. Y si bien a Emilia no le afecta demasiado (ya que el amor de su papo adoptivo es más que suficiente), cuando le surge la posibilidad de cubrir como periodista la guerra civil de Chile, siente que ha llegado el momento de enfrentar los secretos de su identidad.
Con esos elementos, Isabel Allende construye un relato atractivo, ágil, con toques de drama y humor, y con una mirada aguda y clara sobre aquellos hechos acontecidos en 1891.
En esta novela, la autora fusiona de manera acertada tanto su oficio de escritora como de periodista. Es que más allá de lo que Emilia va narrando en primera persona, los capítulos se nutren de artículos periodísticos que nos permiten conocer detalles significativos de esa revolución que enfrentó al Congreso con el presidente Balmaceda.
El relato crece y se fortalece de la mano de una galería de personajes que se vuelven cercanos y adorables. Desde la joven Emilia, moderna y audaz pero también cándida e inexperta en algunas cuestiones (en especial en el arte del amor), hasta su tía Paulina y su madre Molly (ambas con salidas que son desopilantes y arrancan sonrisas en el lector), pasando por el adorable Pancho Claro, y Eric Whelam, un periodista que será para Emilia primero un mentor, luego un amigo y con el tiempo un amor.
Si hay algo que caracteriza a la obra de Allende es su relato ágil. Es de esas autoras que trabajan como nadie la síntesis, pero sin descuidar los detalles valiosos. Además, su modo de contar el pasado también es atinado. Siempre le permite al lector asomarse a uno u otro lado de la historia, poniendo al descubierto la condición heroica o miserable de los seres humanos.
Una novela que se inicia en San Francisco (EEUU), que nos cobija en el corazón de la escuela El Orgullo Azteca (con enorme impronta mexicana), y luego nos lleva a Chile cos sus ciudades, su mar, sus volcanes, sus lagos, sus bosques. Aparecen todo tipo de culturas y comunidades, y una Emilia que se va adaptando una y otra vez, porque en el fondo no es solo una chica audaz, ella es el reservorio de historias que se entremezclan, y una voz única y distintiva, tal vez como la propia voz de Allende esa escritora cuya narrativa no pierde vigencia.