Hoy leemos…. «Todas nuestras noches»

Seguimos con las propuestas juveniles, en esta oportunidad nos sumergimos en el libro de Maximiliano Pizzicotti.
Una sucesión de relatos conviven y se tocan entre sí mostrando la vida de un grupo de jóvenes atravesados por distintas situaciones personales, familiares y sentimentales.
Compartimos un fragmento del capítulo 2, titulado “Temor a perderte (1)”.

«La veo cada vez que desbloqueo el celular. Ahí, abrazada a mí cuando teníamos nueve años. Yo disfrazada de princesa y ella de Batman. La calidad es mala, pero lo que transmite es tan fuerte que se me hace inevitable sonreír al recordar lo feliz que éramos con tanta simpleza.

La veo todos los viernes en un café. A la tardecita, justo cuando empieza a caer el sol y nos encontramos en nuestro lugar de siempre. Los meseros ya nos apartan el rincón contra la ventana todas  las semanas, al igual que dos porciones de pastel de chocolate. Nos gusta ver a la gente pasar, inventar historias sobre ellos mientras el café se entibia. A veces no hay nada nuevo que contar, pero siempre hay algo nuevo que ver, que pensar. Es nuestro regalo por haber sobrevivido una semana más. Por seguir juntas.

 También la veo cada mañana cuando me pasa a buscar para ir caminando al colegio. A veces me despierta a timbrazos, otras con un beso. Pero no somos novias, somos mejores amigas. O eso es lo que estoy condenada a repetirme todos los días.

Hoy la veo acostada del otro lado de la cama, iluminada por los primeros rayos de sol que calientan la mañana. El pelo desarreglado le queda aún más bello y la forma en la que se enrosca en las sábanas me produce mucha dulzura. Me dan ganas de acariciarla y hacerle muchos mimos. Volver a deslizar mis manos por sobre su piel…

Su ropa luce mejor en el suelo y no puedo evitar sonreír al recordar las risas de anoche mientras batallábamos con las cremalleras. Creo que desde que somos amigas nunca me sentí tan eufórica. Pero, a la sonrisa que se forma en mi cara al pensar en todo lo que hicimos, le sigue un suspiro que grita que ya nada podrá volver a ser como antes.

Deslizo las sábanas en silencio. Bien sé que me encantaría quedarme así por una eternidad, pero el temor a que las cosas cambien me persigue y lo único que quiero hacer es esconderme. Mientras me estoy ajustando los jeans a la cadera, me tambaleo hacia atrás y derribo una botella de vodka. Está vacía y el golpe sordo que da contra el piso espabila a Valentina ocasionando que abra sus ojos. Tarda un rato en darse cuenta de la escena y recordar lo que hicimos hace un par de horas. Me quedo inmóvil junto a la puerta, en silencio, expectante y ahí es cuando me lanza una de sus miradas.

–No –murmura.

Lentamente asiento con la cabeza… porque no sé qué más hacer.

Ella se deshace de las sabanas con agresividad, agachándose para buscar su ropa.

 –Tengo que irme –dice sin despegar su mirada del suelo.

Ella ya ha hecho esto otras veces. Yo no.

Me acerco muy despacio hacia el otro lado de la habitación, sintiendo como si mi mejor amiga se hubiese convertido en un animal salvaje. Un movimiento fuera de lugar podría causar su huida o peor, un repentino ataque.

 –Valen…

–No –me sentencia.

 Esa simple palabra me pega una patada en el estómago. Es la misma sensación que experimento en sueños cuando siento que estoy cayendo y de repente me estrello contra el suelo. Solo que esta vez no me queda otra que quedarme ahí tirada, sin forma de abrir los ojos ni despertarme en la seguridad de mi cama.

–Por favor…

Puedo empezar a sentir una leve picazón en los ojos y sé que son las lágrimas anunciando su llegada otra vez. Valentina ya tiene puestos sus pantalones, su blusa en una mano, su abrigo a sus pies.

–Te dije que no, Mica –su cabeza asoma desde un hueco de su blusa, mientras saca su brazo derecho por otro.

 –Pero… –Ya no sé qué inventar–. Hace frío, ¿por qué no te quedas a desayunar?

Hemos desayunado juntas incontables veces. En la alacena se encuentra el preparado de cappuccino que más le gusta. En la panadería de enfrente venden su budín de chocolate favorito. En el mueble de la cocina hay una taza con su nombre, regalo que le hice un Día del Amigo siete años atrás.

–Porque no, Micaela. Necesito… –su tono es tan cortante que puedo sentir su filo atravesando mi piel cien veces. Se ata los cordones con rapidez, y no me pasa desapercibido que esas son las zapatillas que deja en casa todos los sábados para después no tener que volver a su casa en tacos

–. Necesito tomarme un tiempo para pensar.

No me quiere ni ver».

Sobre el libro

En el corazón de una avenida laten un sinfín de historias, de sueños y de vidas: una chica que siente que la ficción le quedó chica. Otra que ve al mundo como si fuera una película. Dos adolescentes que saben que, aunque duela, sus noches juntos están contadas. El recuerdo de un verano lejano que no se borra. Una drag queen que está a punto de brillar. Una mejor amiga que para salvarse necesita abrir los ojos. La juventud queer alzando su voz. Un joven aprendiendo a sentirse orgulloso a pesar del miedo.
Amigos que se sienten familia. Familias que uno elige y familias que uno acepta. Amistades por las que darías la vida. Historias que están a punto de comenzar. Y otras que se terminan.
Todas nuestras noches es la voz de una generación de jóvenes haciéndole frente al amor y la vida de la única forma que saben: siendo fieles a sí mismos.

Fernanda Pérez

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