“Al último ya no sabíamos quién había escrito qué cosa”

El escritor Luciano Lamberti cuenta en esta nota sobre el juego creativo junto a Sergio Aguirre en  “Una casa para recordar”, novela de terror juvenil hecha a cuatro manos que acaban de presentar. Dos excelentes autores, dos amigos en confianza, dos amantes del suspenso, al servicio de una historia que rinde homenaje al gótico, con una nueva vuelta de tuerca.

Luciano Lamberti no habla de Sergio, sino de Aguirre y en esa primera elección ya da por sentado que los años de amistad entre ambos le han otorgado uno de los mejores derechos que puede otorgar ese vínculo: el juego de nombrarlo como a uno mejor le parezca, o, tal vez, más divertido le suene.

Lamberti, nacido en los ´70, entonces cuenta de Aguirre, de los ´60, y dice que ya no se acuerda desde cuándo se conocieron, que fue allá por los años donde él vivió en Córdoba mientras estudiaba en la facultad y que, como no siempre ocurre en el inseguro/desleal mundillo de la literatura, ellos se leían y se admiraban mutuamente. No le pregunté cómo había sido ese inicio de amistad, si él se acercó por haberlo leído previamente o si alguien en común los presentó, pero imagino sus charlas donde la diferencia de edad entre los dos multiplicaba las miradas y las voces sobre lo que es la escritura. O quizás no hablaran tanto de arte y simplemente de lo que les gustaba de la vida, desplegando sin mesura el sarcasmo que los caracteriza, pero lo cierto es que esos repetidos encuentros consiguieron crear un lazo fraternal que llega hasta hoy.

Ambos cordobeses, ambos cuentistas y novelistas, ambos curiosos por los textos oscuros y los personajes con dobleces y claroscuros, fueron construyendo sus caminos editoriales de manera diferente.

Vinculado desde el inicio con la literatura infantil y juvenil, Aguirre irrumpió en esa escena nacional con “La venganza de la vaca” allá a fines de los ’90 y desde entonces es una referencia para miles de docentes a la hora de comenzar el recorrido del género de terror en las escuelas. A ésta primera novela le siguieron “El hormiguero”, “Los vecinos no mueren en las novelas” o “La señora Pinkerton ha desaparecido”, solo para nombrar algunas que sean botón de muestra de su prolífica pluma.

Lamberti, en tanto, se alineó con una literatura que circulaba por espacios que no eran ni académicos ni educativos sino absolutamente independientes con libros de cuentos como “El asesino de chanchos”, “El loro que podía adivinar el futuro” en sellos cordobeses y luego novelas como “La maestra rural” en sellos nacionales o la última “Para hechizar a un cazador” (Premio Clarín 2024), abriendo de a poco un camino que lo dejaría como referente internacional de la literatura contemporánea argentina.

Pero a pesar de que cada uno iba por caminos diferentes, Lamberti y Aguirre siempre mantuvieron una amistad que les regalaba el espacio de poder seguir compartiendo sus escritos y así fue que un día Aguirre le mostró a Lamberti un texto llamado “Una casa para recordar”. Le dijo, en aquel entonces, que era un cuento pero que creía que podía ser algo más. Y empezó el ida y vuelta que transformó ese cuento en una novela juvenil de terror y esa escritura individual en una grupal donde ellos trabajarían creando y corrigiendo a cuatro manos.

Hace un par de días Lamberti llegó de Buenos Aires para presentar junto a Aguirre “Una casa para recordar” (Norma) en Córdoba, y en medio del caos que todo ese conlleva, salió esta entrevista donde cuenta sobre este relato ambientado en las sierras provinciales, donde un escritor en busca de inspiración para su próximo libro pasa una temporada en una vieja casona olvidada, que guarda un secreto muy especial.  

Gentileza: Editorial Norma.

-¿Por qué embarcarse en un trabajo creativo como es la escritura de un libro, pero de a dos? ¿Tenían algunos prejuicios antes de hacerlo?

-No sé, con Aguirre nos conocemos hace como 20 años cuando yo vivía en Córdoba y siempre nos leímos y admiramos mutuamente, y en un momento él me muestra un cuento que se llamaba así: “Una casa para recordar” y consideraba que se podía transformar en algo más largo y empezamos a charlar a compartir ideas y fue saliendo, qué se yo.

Prejuicios sí, obvio, a uno le cuesta acordar, siempre. Lo que pasa es que el experto en literatura juvenil era él entonces un poco que tenía más voto que yo; es un escritor muy exitoso en ese ámbito y hay cosas que tiene muy claras.

-¿Cómo fue elaborada la planificación de esta oscura historia? ¿Cómo fueron surgiendo la trama (o subtramas), los personajes, el conflicto central y el desenlace y cómo confluyeron en una única versión teniendo en cuenta que de todo había quizás dos miradas al respecto? ¿Qué cedieron cada uno?

-Un poco teníamos diferentes formas de trabajar. Aguirre es más cerebral, piensa todo, piensa en extracto, yo soy mucho más animal en ese sentido. Tengo cosas pensadas pero me cuesta pensar fuera de la hoja, yo soy más de pensar adentro. Y cuando surgió todo esto cada uno puso su fortaleza al servicio del trabajo. Ahí yo era más de hacer los primeros borradores impetuosos y  Aguirre más de hacerme alguna clase de sugerencias. Y también viceversa, porque él escribía y yo le corregía.

A lo último ya no sabíamos quién había escrito qué cosa que es lo bueno que suceda así.

 

Aguirre y Lamberti presentaron el libro en junio en Casa de Pepino.

En «Una casa para recordar», el protagonista de la novela, Nino Sandoval, es un escritor absolutamente enfocado en la producción de su próxima novela romántica, y es incapaz de registrar lo extraño que comienza a pasar a su alrededor en esa tremenda casa alquilada en medio de las sierras. De repente los objetos del día a día (una silla, un ropero, un encendedor, una licuadora), cosas que de hecho hacía mucho tiempo no veía, irrumpen como lo fuera de lugar y lo pone en alerta. Sobre la apuesta de dar una nueva vuelta de tuerca al género de terror también habló Lamberti en esta nota. 

¿Hay un juego literario de poner en tensión la clásica ambientación del cuento de terror y el estilo propio de ustedes como escritores del género?

-Hay un juego que tiene que ver con el gótico, con esta idea clásica de la literatura del género que es aquello oculto o aquello olvidado que vuelve que es como la base de toda la literatura de terror. Y queríamos agregarle la idea de que no es la casa la que tiene fantasmas sino la persona, por eso en algún lado dice: “cada uno se trae sus fantasmas”. En realidad nuestro juego tenía que ver con esa clase de apuesta, mucho más distinta, no es una apuesta común y corriente, y al mismo tiempo ambos amamos la literatura clásica de terror.

Si algo original tiene la novela es ese juego.

 

-El pasado y el presente tensan la novela de principio a fin, los secretos de una casa, los recuerdos personales, las maldiciones escondidas ¿cuántas historias o relatos orales escuchados desde niños en Córdoba, las sierras o San Francisco se pusieron en juego al escribir este libro?

-No sé si hay un trabajo con la oralidad o historias que hayamos conocido, no somos esa clase de escritores que trabaja sobre lo autobiográfico. Más bien pensamos en escribir historias divertidas y atrapantes que puedan entretener y al mismo tiempo generar alguna clase de efectos en el lector. Más que oralidad yo diría que hay más imaginación y una clase de moral porque todo el terror la tiene. Siempre en el buen terror hay un castigo y eso está presente en la novela.

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