Dentro del universo del mercado editorial donde reina la novela, el cuento -género que alguna vez brilló en Argentina y Latinoamérica-, vuelve a tomar posesión en las librerías. ¿O no? Después de la premiación internacional a Schweblin por “El buen mal”, convocamos a la editora Glenda Vieites (Penguin Random) y los librerxs Soledad Graffigna (Volcán Azul) y Leo (Rubén Libros) para abrir el debate.
Hace un par de semanas, en abril exactamente, desde estas latitudes nos sorprendíamos con la grata noticia de que la argentina Samanta Schweblin había sido distinguida por el premio AENA de Narrativa Hispanoamericana, uno de los premios más importantes en Europa, a razón de su libro de cuentos “El buen mal”.
Schweblin, nacida en Buenos Aires y residente en Berlín (Alemania) desde hace ya varios años, se viene posicionando en el mapa internacional de la literatura contemporánea como otras tantas autoras latinoamericanas y si bien publicó dos novelas (Distancia de rescate y Kentukis) ha sido siempre jerarquizada como cuentista. Es decir, su prosa ha brillado de manera notable de la mano de este género con títulos como «Siete casas vacías», «Pájaros en la boca» o «El núcleo del disturbio».
Al conocerse la noticia, todos aquellos que pertenecemos al mundo literario y editorial celebramos el hecho y nos detuvimos a escuchar lo que Schweblin tenía para decir. Y como suele suceder en estas ocasiones, donde una voz de la literatura es premiada, el discurso de agradecimiento sirvió para amplificar lo que muchas veces circula puertas adentro, o de manera muchísimo más disimulada o modesta.
Schweblin dijo, palabras más palabras menos y en un tramo de su oratoria, que agradecía a quienes le otorgaban el premio por mirar hacia Latinoamérica, pero sobre todo por distinguir al género cuento.
“Me encanta que este premio incluya otros géneros más allá de la novela y dé su primer paso premiando la excepción. Me emociona de verdad pensar que estoy recibiendo un reconocimiento al género del cuento. Creo que hoy no es un momento cualquiera para subir al escenario. Parece que el mundo se cae a pedazos y nosotros insistimos en seguir celebrando la literatura, la importancia de las historias que nos contamos. Y me gustaría que nuestro mensaje en esta celebración sea un poquito más afilado”, dijo puntualmente.
Schweblin tiene razón, la regla general es que se premie la novela, como lo común es que los lectores consuman, lean y compren novelas porque las editoriales (chicas, medianas y grandes) disponen del mayor presupuesto para publicar este género ya sean contemporáneas, románticas, históricas o policiales. Es lo cotidiano, lo habitual. Basta con mirar las vidrieras de cualquier negocio para darse cuenta o preguntar a los libreros qué es aquello que se vende más. La novela siempre gana.
Sin embargo, sabemos que esto no fue siempre así.
Latinoamérica en general y Argentina en particular se han caracterizado por producir (sobre todo) durante todo el siglo XX una enorme cantidad de libros de cuentos, lo que ha llevado a la popularidad nombres y apellidos ya ilustres. Desde Horacio Quiroga en adelante, pasando por Leopoldo Lugones, Mujica Lainez, Roberto Arlt, Silvina Ocampo, Rodolfo Walsh, el relato breve ha conquistado miles de lectores en toda la región.
Pero lo cierto es que poco a poco la tendencia -como todo movimiento ligado a lo estético-, fue cambiando.
Desde hace años, décadas quizás, tal vez cuando pasó el furor del boom de los ´60, la novela conquistó las vidrieras y por ende el público lector. Cuando se opacó el snobismo donde brillaron Julio Cortázar o Jorge L. Borges, se apagó el brillo que -a su vez- dio lugar a las fundaciones de los talleres literarios en los ´70 de la mano de autores como Abelardo Castillo o Liliana Heker, Alberto Laiseca, Juan José Saer -para nombrar solo algunos- y que habilitaron después a decenas de jóvenes autores que ahora están en boca de todos como Schweblin, pero también Andruetto, Enriquez, Almada, Federico Falco, Luciano Lamberti, la novela monopolizó la lectura.
Pero volvemos al inicio y a la discurso de Schweblin, y también a la idea de premiar la excepción, y si vamos un poco más, a la apuesta de algunos (cada vez más) editores de publicar dentro de su catálogo al género de relato breve (desde las locales Caballo Negro o Interzona, Eterna Cadencia en Buenos Aires), y con esta apuesta la posibilidad de visibilizar una gran cantidad de autores y autoras que se paran en el cuento para nombrar el mundo.
Y de ahí saltamos a la pregunta, ¿puede ser que el cuento empiece a tener más publicaciones y, por ende, mayor visibilidad en las librerías y mayores lectores? ¿Qué es lo que genera atracción?
Para eso convocamos a la editora Glenda Vietes (Penguin Random) y a los librerxs Soledad Graffigna (Volcán Azul) y Leo (Rubén Libros) para compartir con ellos nuestras dudas y puntos de vista.
Como editora y Directora de la División Comercial de Penguin Random, Vieites le pone paños fríos a los nuevos consumos, descarta la idea de tendencia y desconfía un poco de que los lectores lleguen al cuento por la propuesta en sí del género, sino simplemente por algo que atraviesa el mundo: la falta de tiempo.
“No creo que haya una tendencia de lectura del cuento o de la ficción breve. Sí es verdad que el avance de las pantallas evidentemente genera que haya problemas para sostener la atención y hoy día tener el tiempo físico y mental de leer un libro largo, en sociedades como la nuestra, puede considerarse un lujo”, subraya.
Algo similar apunta Soledad Graffigna desde la librería cordobesa Volcán Azul: “Siento que en este contexto, donde cada vez tenemos menos tiempo para leer o prestamos atención de manera más fragmentaria, el cuento es una muy buena opción. Siempre la recomiendo cuando me dicen que le está costando sentarse a leer. El cuento es siempre un relato breve que lo podemos leer en un tiempo corto, que lo cerramos y lo volvemos a agarrar sin culpa. Si bien la novela es la preferida, el cuento sigue siendo una excelente opción”.
Coincide con esto Leo, de Rubén Libros, para quien la elección de los libros de cuentos también pasa por la fragmentación que nos toca vivir hoy en día.
“La novela sigue predominando en la edición, pero en la lectura veo que se está leyendo más cuentos. No sé, quizás sea porque es más breve, se empieza y se termina. Lo leés tomando un cafecito, en el colectivo. Esa es la dinámica actual, todo tiene que ser ya, ahora. En esto le ganó a la novela”.
Entonces, quizás, sea el mismo ritmo de vida el que nos lleve a los relatos breves y no, lo que el cuento tenga para ofrecer de estético en su propuesta narrativa. Sin embargo, es interesante lo que recalca Graffigna sobre los pedidos de los lectores en la librería y que tiene que ver con aquello que circula en la opinión pública.
Así apunta con su ojo avezado: “En general siempre hay una mayor predisposición -por parte de la gente- de leer una novela; lo vemos en la librería. Sin embargo, cuando se trata de autores reconocidos (como Schweblin) no hay mucho cuestionamiento y la gente lo pide directamente aunque sea cuento”.
Aquí vale entonces preguntarse: ¿si empezaran a premiarse autores y autoras de cuentos, se volvería tendencia su lectura aunque no sean novelas?
No tenemos la respuesta, pero Glenda Vieites, desde su gran experiencia en sellos, asegura que el hecho de elegir novelas tiene que ver también con algo ancestral o primario de los seres humanos y que tiene que ver con contar historias. “Desde que nos reunimos alrededor del fuego contar historias y adornarlas con elementos de diversos universos ficcionales nos ha salvado la vida, y ha perpetuado nuestra cultura”.
Por último, y haciendo foco en el discurso de Schweblin, le consultamos a Glenda sobre su postura de recalcar el hecho de premiar el género cuento, muchas veces subvalorado.
“Creo que eso de que el cuento es un género menor es una caja mental de editores y escritores. No de lectores y del gran público interesado en leer”, interpretó, dejando en claro que para ella la autora argentina no tuvo intenciones de tirar la oreja a quienes están a cargo de editoriales.






Aprovechando esta nueva movida del cuento, le consultamos también a Soledad y Leo por algunas recomendaciones.
Desde el Volcán Azul, Graffigna sin dudarlo apuntó por el sello español “Páginas de espuma”, que desde hace años le da espacio a autores que luego son premiados, como el caso de Schweblin que editó para ellos “Siete casas vacías”. “Es una hermosa editorial que publicó también a (la ecuatoriana) María Fernanda Ampuero (Sacrificios humanos – Pelea de gallos) y (la argentina) Sofía Valbuena (Personaje secundario / Doce pasos hacia mí), entre otras mujeres latinoamericanas.
Y, más allá de las autoras últimamente distinguidas, me gustan mucho los cuentistas norteamericanos como Andrew Porter (Desapariciones / La teoría de la luz y la materia) o David Poissan (El cielo de los animales), y si volvemos a Argentina, Magalí Echevernes, por ejemplo, que es excelente”.
Por su parte, Leo desde la emblemática librería del centro, recomienda a dos argentinos: “Las ceremonias”, de Marcos Aramburu “(un poco fuerte)”, según aclara y “Relatos reunidos”, de Sergio Bizzio.
Luego de recoger las opiniones, quizás sea apresurado hablar de tendencias, aunque no se puede negar que las observaciones sí registran una fotografía de época: los lectores eligen libros de cuentos a pesar de que las novelas abunden en los catálogos editoriales, los premios internacionales y ocupen muchísimos más espacios en las librerías. Y lo hacen porque resisten la lectura en tiempos mezquinos para detenerse a leer.
El cuento que los espera con historias que son reflejo de lo contemporáneo, de voces silenciadas, de los hechos que emergen de la sociedad o, como en el caso de Schweblin, cuentos que colman de oscuridad los simples hechos cotidianos y ponen en tensión aquello normalizado.