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#LecturasdeVerano: «Antes de encontrarte» (fragmento)

Cerramos esta sección, ofreciendo un fragmento de “Antes de encontrarte”, la nueva novela de Flor Vercellone (periodista de Babilonia) que continúa la historia de “Todo por volver a verte”.

En «Todo por volver a verte», la primera entrega, conocimos a Ana, esta cordobesa que regresa desde España (y por casualidad) a la ciudad donde nació después de 31 años, creyendo que había logrado resolver los recuerdos de una juventud militante y un adiós que nunca pudo dar.

Sin embargo, y a poco de llegar, las calles de Córdoba la transportan sin aviso a los últimos años en La Docta, siendo apenas una chica de 20 años, donde se debatía entre jugarse por el amor de su vida o salvar su futuro.

A partir de allí, un relato en retrospectiva aparecía para invitarnos a descubrir esa Córdoba de los años ´70, enardecida de jóvenes con sueños de libertad y en la antesala de uno de los capítulos más oscuros de nuestro país.

La historia de Ana nos llevará a Juan, el co-protagonista de esta novela. Este muchacho comprometido con las luchas de aquellos tiempos, que descubre en Ana el amor más genuino.

“Antes de encontrarte” retoma el final sorpresivo de la primera novela y comienza a tirar del hilo justamente para develar la vida de Juan y conocer el revés de un amor suspendido en el tiempo.

«A veces ocurre que las palabras son el andamiaje perfecto para afrontar la estructura que necesitamos, para decir aquello que necesitamos decir o sacarnos del cuerpo. Nos subimos a frases sólidas, perfectamente armadas, las escalamos con cuidado, para no tropezar en ningún detalle, solo para alzar la voz y mostrarnos seguros.

Ana recordaba, en cada paso que iba dando al lado de Juan en esa extraña tarde, todo aquello que infinidad de veces había elucubrado en su cabeza, sabiendo, incluso, que no existía día en

ningún calendario que le regalara la oportunidad para decírselo de frente. Algunos de esos diálogos imaginarios tejidos durante años habían surgido en momentos de enojo y, por lo tanto, estaban colmados de agresión y furia. Otros, en cambio, habían  sido confeccionados en la mayor de las nostalgias y eran livianos como el aire.

Sin embargo, nada de lo que Ana había pensado, imaginado o fantaseado en su exilio le salía de la boca en ese instante, cuando sentía que era ese el momento indicado, preciso, perfecto

para decir todo lo que le había quedado atragantado. No podía subirse a frases sólidas ni perfectamente armadas, ni siquiera percibía el vértigo de buscar y buscar hasta encontrar alguna palabra adecuada para continuar con la charla. Y no podía porque toda su atención estaba puesta en el roce de su codo con el codo de Juan mientras caminaban en silencio en medio de una peatonal que parecía abrirse desolada antes sus pies. Sentía el contorno de su brazo que iba y venía, iba y venía al compás de su paso haciendo un pequeño ruido cada vez que raspaban las telas de su camisa y su campera. Ana era capaz de sentir, incluso, los ecos de un perfume puesto hacía horas y que asomaba de Juan gracias al aire que ventilaba despacio los pliegues de su ropa.

Primero, sus pasos habían comenzado a avanzar desacompasados, como si cada uno hiciera sonar en su interior una melodía diferente. Él ponía primero la izquierda; ella, la derecha.

Él miraba hacia la derecha; ella, a la izquierda. Debajo de ese paraguas parecían continuar en tiempos diferentes, pero a medida que fueron afianzando el movimiento, debajo de ese paréntesis en el espacio, él acortó los suyos, ella alargó un poco sus pisadas y bastó un pequeño tropiezo, por una baldosa levantada, para que coincidieran también en el ritmo del andar.

De a poco, él fue mirando hacia el frente y ella también.

Contornearon los canteros con flores naranjas y los cestos verdes de basura. Cruzaron la esquina de Obispo Trejo y observaron con sorpresa a un hombre que, debajo del techo de un local cerrado de telas, había ubicado su taburete para pintar la tarde gris. Ambos se quedaron mirando por un rato los trazos que el artista lograba con un pequeño lápiz negro y las yemas de sus dedos que esfumaba la mina negra y que comenzaban a dar forma al edificio de la Legislatura ubicada al frente.

—Hacen una linda pareja, ¿quieren que los retrate? —dijo el hombre de repente.

Ellos se miraron sin saber qué decir. Sonrieron con la complicidad que solo conocen aquellos que han naufragado las mismas aguas y han salido indemnes.

Ana quiso aclararle lo que parecía obvio: “No somos una pareja”, y de paso no ser maleducada y dejar sin respuesta a su cordial oferta, pero Juan respondió primero.

—No, gracias —dijo tranquilo y se dispuso otra vez a emprender la marcha.

Ana sintió que Juan también le respondía a ella. Le hablaba a través de otro y le decía que no era cierto eso que ella estaba pensando y que quizás esa tarde los invitaba a jugar a ser lo que ellos quisieran.

A veces ocurre que no hacen falta las palabras, porque el silencio que nos acompaña habla por  nosotros mismos».

Flor Vercellone es periodista, escritora y docente.

Nació en San Francisco en  1982 y se radicó en Córdoba capital desde 2001.

Es licenciada en Comunicación Social (UNC) y Locutora Nacional del ISER por el Colegio Universitario de Periodismo.

Desde 2005 se desempeña como periodista gráfica especializada en cultura, trabajando en los medios Hoy Día Córdoba y La Mañana de Córdoba y en ocasiones especiales para las revistas Ocio, Ardea. Es editora responsable de Babilonia Literaria, web cultural y literaria realizando trabajos de gestión editorial y talleres de formación.

Trabajó como docente en el Nivel Medio y fue coordinadora del programa Córdoba Mejora y desde el 2022 es bibliotecaria del colegio Dante Alighieri de la ciudad de Córdoba.

Lleva publicados tres libros: la novela “Todo por volver a verte” (El Ateneo) y los libros “La Cocina es puro Cuento. Historias y recetas de la cultura inmigrante piamontesa” y “La Cocina es puro Cuento. Historias y recetas de la cultura inmigrante sirio libanesa”, realizados bajo la modalidad de autoedición. 

 

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